FRANCIA – Viaje a Carcassonne y Región de Midi-Pyrénées

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Francia es mucho más que París. No obstante, nuestro país vecino durante muchos años ha sido el país más visitado del mundo. Pocas naciones cuidan con tanto mimo y esmero su patrimonio cultural e histórico y teniendo en cuenta que pese a ser considerado un país caro para el turista, los precios han bajado muchísimo en los últimos tiempos, son infinitas las posibilidades que ofrece la antigua Galia a la hora de moverse dentro de sus fronteras. En mi opinión, la Francia rural es bastante más atractiva que muchas de sus grandes ciudades, y ya es decir visto el nivelón que se gastan las ciudades francesas. Lo comprobamos hace unos años cuando recorrimos la Alsacia y en este último viaje por el sur de Francia lo hemos vuelto a confirmar. Además, si viajas fuera de temporada, es decir, en pleno invierno, los precios bajan hasta unos niveles casi irrisorios en pueblos pequeños. A nosotros no nos echa para atrás el frío (a fin de cuentas, nada que no pueda solucionar un buen abrigo y un par de guantes) y obtendrás como recompensa poder pasear prácticamente solo por lugares que en verano son bulliciosas colmenas de turistas.

Aprovechábamos un puente a principios de Enero para embarcarnos en este viaje. ¿Quién puede resistirse a un vuelo Madrid-Toulouse a sólo 40 euros ida y vuelta? Además, los horarios con Ryanair eran fantásticos ya que salíamos muy pronto el primer día (aterrizábamos antes de las ocho de la mañana) y el último día volábamos por la noche, lo que nos permitía aprovechar el viaje al máximo. El vuelo a Toulouse dura apenas una hora, por lo que casi ni nos dio tiempo a echar una cabezada para desperezarnos y reponernos del madrugón, que ese día estábamos en pie desde las tres y media de la madrugada.

Estábamos a primeros de Enero y Toulouse nos recibía con un frío glacial y no, no exageramos: viajábamos a Francia en medio de una ola de frío que azotaba a toda Europa. Pero lo que realmente nos importaba es que no nos lloviera y en ese sentido habíamos tenido suerte: el parte meteorológico pronosticaba días de sol, aunque este en la práctica ejerciera de mero elemento decorativo. Esto nos permitiría disfrutar al máximo los lugares que habíamos incluído en nuestro planning de ruta.

En el aeropuerto de Toulouse recogíamos el coche que habíamos reservado con la compañía Hertz, a razón de 50 euros diarios. Apunte importantísimo a tener en cuenta porque os va a incrementar el gasto en el viaje: todas, absolutamente todas las compañías de alquiler de coche del aeropuerto ponen un límite aproximado de 200 kilómetros diarios. Lo que sobrepase esta cantidad sale a razón de 50 céntimos el kilómetro extra. Nos quedamos alucinados porque era la primera vez que nos topábamos con esta limitación a la hora de alquilar un coche y nos pareció un sacacuartos, sobre todo teniendo en cuenta que nosotros haríamos una media de 400 kilómetros diarios y al final pagaríamos en extras lo mismo que nos costaba el alquiler. Pero esto es como las lentejas: es lo que hay y si quieres las coges y si no, las dejas. La próxima vez que vayamos a Francia extenderemos la duración del viaje y llevaremos nuestro propio coche. A cambio, tuvimos suerte con el tema peajes ya que muchas de las carreteras francesas son de pago (otro negocio el que se tienen montado) pero en la práctica apenas acabamos pagando 20 euros entre unas cosas y otras, acaso porque al final buena parte de nuestro recorrido se desarrolló por carreteras secundarias de montaña, que era el único modo de acceder a ciertos pueblos. Así que al menos una cosa compensó la otra. La gasolina sólo estaba un pelín más cara que en España.

Toulouse no era una ciudad que nos atrajera demasiado y a fin de cuentas queríamos centrarnos en poblaciones pequeñas. Así que la desechamos desde el principio y desde el propio aeropuerto partimos en dirección a la que sería primera parada de nuestra ruta, la bellísima ciudad de Carcassonne, situada a unos cien kilómetros de Toulouse. Si por méritos propios Carcassonne ya era una ciudad famosísima en Europa por su inigualable patrimonio medieval, el rodaje aquí a principios de los 90 de “Robin Hood, príncipe de los ladrones” la convirtió en un destino turístico imprescindible a nivel mundial. Por ello nos felicitamos al haber escogido Enero para visitarla: algunos amigos habían estado en verano y nos habían comentado que era tal la aglomeración de gente que apenas se puede andar.

Antes de comenzar a desgranar Carcassonne, quiero hacer una introducción acerca de los cátaros, ya que precisamente la ciudad estaba considerada la capital del País de los Cátaros, que abarcaba una región bastante extensa del sureste de Francia. El boom turístico que ha sufrido (o gozado) esta zona en los últimos años responde también al éxito del bestseller de “El código Da Vinci” de Dan Brown, aunque en mi opinión es una novela bastante mediocre y lo que es peor, equivocadamente documentada. Si quieres empaparte un poco de la historia cátara de un modo bastante más riguroso y fiel a la realidad, te aconsejo entonces que comiences por “Nosotros, los cátaros” de Michel Roquebert y “Los cátaros: la herejía perfecta” de Stephen O’Shea, bastante más interesantes y didácticos que la novela de Brown.

Pero ¿quiénes fueron los cátaros? Miles de hombres y mujeres que no sólo vivieron en el sur de Francia sino también en otras zonas europeas como la Lombardía italiana, el reino de Aragón, Alemania o Flandes. Sus creencias provenían del principio de los tiempos, cuando muchas sociedades primitivas se regían por la teoría de que en este mundo sólo existen dos fuerzas supremas, el Bien y el Mal, la primera representada por la parte espiritual del ser humano y la segunda por el Diablo, que se manifestaría en todas las posesiones materiales. Los cátaros pretendían vivir como lo hacían los primeros cristianos, basando su existencia en la pobreza y la sencillez, eran pacifistas al máximo, permitían el suicidio entre sus seguidores (algo considerado pecado mortal por la iglesia católica), ayunaban tres veces por semana, tenían prohibida la grasa y la mentira y consideraban abominables la Biblia y el símbolo de la cruz, lo que, obviamente, les supuso las antipatías de la todopoderosa Inquisición. Y también contrariamente a lo que pregonaba la iglesia de entonces, opinaban que la mujer no era un simple cuerpo para tener hijos sino que exigían su emancipación e independencia.

La Iglesia, que veía una amenaza en cualquier otra religión que pudiera robarle feligreses, les consideró herejes y ordenó su persecución y posterior ejecución: muchos de ellos murieron quemados, miles de personas asesinadas por razones absurdas. Así de “piadoso” era el cristianismo con aquellos que no se doblegaban ante él. Además, la Iglesia animó a los nobles a unirse a su cruzada prometiéndoles poder quedarse con las tierras confiscadas a los herejes, algo parecido a lo que se hizo en España con los judíos, por lo que en realidad la motivación de estas guerras contra el infiel tenía poco de religiosa y bastante más de económica. Fue un genocidio en toda regla que llevaron a la práctica miles de cazafortunas que buscaban enriquecerse a costa de estos pobres perseguidos y amparados por el Papa, la máxima autoridad eclesiástica.

A día de hoy, Carcassonne es una prueba viviente de lo que supuso el mundo cátaro. Un reducto de la Historia que debe ayudarnos a comprender los peligros que acarrea cualquier tipo de intolerancia, ya no sólo religiosa sino también racial o étnica.  Carcassonne era el principal feudo de los cátaros y en ella puso su punto de mira la Iglesia. Día tras día, la ciudad amanecía con decenas de hogueras y cadáveres chamuscados. A principios del siglo XIII, este era uno de los lugares de Europa donde más posibilidades tenías de morir ajusticiado: sólo bastaba con que algún vecino envidioso te acusara de hereje.

He realizado este resumen de la historia de los cátaros para que lo tengas siempre en mente a la hora de visitar Carcassonne, ya que te ayudará a entender mejor las duras condiciones de vida que sufrieron en el pasado sus habitantes. Trasladarse a dicha época es fácil: tras aparcar en los alrededores de La Cité y según nos íbamos acercando a la ciudadela amurallada, surgiendo imponente en el horizonte, se nos iban poniendo los pelos de punta ya que hay poquísimos lugares en el mundo que se hayan conservado tan impecablemente bien (a ello ha contribuido también los esfuerzos realizados por los restauradores). La Ciudad Medieval, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y una de las más importantes del mundo (tanto por extensión, ya que es la mayor ciudadela fortificada de Europa, como por valor histórico), está rodeada por dos círculos concéntricos de murallas de más de tres kilómetros de longitud y se encuentra en lo alto de una colina. El Puente Viejo, uno de los más antiguos de Europa, conecta la ciudadela con la Bastida de San Luis. Nosotros accedimos a la ciudadela por su entrada más espectacular, la Puerta Narbonaisse, con sus dos robustas torres ejerciendo como centinelas (hay otra entrada en la parte oeste, la Puerta de Aude, también bastante bonita). En la Puerta Narbonaisse tenemos un busto de la Dama Carcas (quien da nombre a la ciudad): según cuenta la leyenda, esta valerosa mujer, esposa del rey Ballak, se hizo cargo del gobierno a quedarse viuda y se enfrentó con bravura al ejército de Carlomagno; viendo como su pueblo agonizaba por el hambre, lanzó desde las murallas un cerdo relleno de cebada y esta, milagrosamente, se convirtió en toneladas de cereales que abastecieron a la población. Cuando el ejército enemigo se batía en retirada, la Dama Carcas hizo repicar las campanas para firmar la paz y un soldado exclamó “Señor, Carcas te sonne”. Y de ahí viene el nombre de Carcassonne.

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Mi recomendación antes de adentraros en el casco histórico es que deis un paseo por la palestra o liza, la zona de aproximadamente un kilómetro existente entre ambas murallas, ya que veros rodeados por una a cada lado pone bastante en situación acerca de las labores defensivas que hicieron famosa a Carcassonne en el pasado. Desde ahí fuimos en primer lugar a la Oficina de Turismo para hacernos con un mapa que nos sirviera de guía (se ofrecen visitas guiadas pero nosotros preferimos hacerla por nuestra cuenta).

Quizás visitar el Castillo Condal en pleno verano constituya una odisea de proporciones épicas pero para nosotros fue una delicia ya que pese a ser sábado, las bajas temperaturas parecían haber espantado al turismo y éramos muy poquitos los que aquella mañana de sábado lo recorríamos por dentro. La entrada cuesta poco más de ocho euros y en mi opinión es una visita imprescindible ya que aunque su interior no sea tan vistoso como el de otros palacios franceses como el de Versalles, es enorme y además te permitirá poder disfrutarlo paseando por las larguísimas murallas interiores.Rodeado por un profundo foso,  cuenta con nueve torres , una barbacana de acceso, galerías de madera desde donde antiguamente se lanzaban los proyectiles, un salón donde se expone una grandísima maqueta de la ciudad medieval, los restos de una capilla y el Museo Lapidario, donde se exponen estatuas y sarcófagos descubiertos en diferentes excavaciones. Desde el castillo, además, se obtienen unas bonitas vistas de la Basílica de Saint Nazaire, que era la antigua catedral hasta que este título pasó a manos de la Iglesia de Saint Michel.

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La ciudadela se puede recorrer perfectamente en una mañana y a nosotros nos encantó perdernos por esos callejones medievales que degustamos prácticamente en solitario.  Muchas de las tiendas estaban cerradas y unido al silencio, se incrementaba aún más esa sensación de soledad absoluta: casi podías palmar con las manos esa etérea sensación de que al entrar en un callejón o un patio fueras a cruzarte con una campesina rodeada de gansos o con un labrador con sus bueyes. En la Plaza Marcou, que es la más importante de la ciudadela, apenas nos cruzamos con diez o doce turistas y muchos de los restaurantes se encontraban semivacíos, por lo que los precios de los menús en estas fechas eran bajísimos: apenas 12 euros por persona. Nosotros escogimos para comer un coqueto restaurante, Maison du sire de Trecandel, y aprovechamos para probar el plato típico de Carcassonne, la cassoulet, un guiso de pato confitado, alubias, panceta y chorizo (vamos, de lo más light); lo cierto es que con el frío que hacía y después del palizón de día que llevábamos nos entonó el cuerpo.

Cassoulet de Carcassonne

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Desde Carcassonne a Rocamadour teníamos dos horas y media de viaje en coche y como preveíamos que en la mayoría de los pueblos nos sería difícil encontrar establecimientos abiertos (y no sabéis hasta qué punto tuvimos razón), decidimos curarnos en salud y de camino parar en un supermercado E.Leclerc gigante y abastecernos de pan, embutido, cervezas artesanales para por la noche en el hotel, un par de bandejas de sushi y el mejor souvenir que nos podíamos traer a España: paté francés. En los supermercados es mucho más barato que en las tiendas gourmet y tienes cientos de marcas para elegir, eso sí, si no vas a facturar maleta, coge recipientes que no sobrepasen los cien gramos ya que te los pueden considerar líquido (cuesta creerlo pero es así).

Nuestro alojamiento se encontraba a apenas quince kilómetros de Rocamadour, en el pequeño pueblo de Meyronne. Y cuando digo pequeño, es pequeño de verdad, apenas 250 habitantes. El GPS se volvió un poco loco hasta que consiguió dar con Au Picatal, que era la preciosa casa rural en mitad del campo donde habíamos reservado habitación. Los precios de temporada baja, magníficos: apenas 60 euros la noche con desayuno casero incluído. La casona de piedra la llevan una pareja jovencita majísima con un par de niños pequeños que se deshicieron en atenciones con nosotros. Habitación grandísima con techos abuhardillados y un baño precioso: lugar magnífico y super recomendable.

Cuando nos levantamos por la mañana, hacía aún más frío que el día anterior: a las siete y media de la mañana el termómetro marcaba como quien no quiere la cosa nueve grados bajo cero. Menos mal que habíamos venido preparados con plumíferos, botas y gorros: afortunadamente, ni una nube en el cielo ¡nos volvíamos a librar de la lluvia! Asi que nos dimos un buen desayuno para coger fuerzas y cogimos el coche rumbo a Rocamadour, el que está considerado el pueblo más bonito de toda Francia y el tercer lugar más visitado del país tras París y el Monte Saint Michel. Anualmente millones de personas pasan por este pueblo minúsculo de apenas 600 habitantes. Si en ese momento nos dicen que lo íbamos a recorrer casi solos , no nos lo hubiéramos creído. Pero así fue.

Rocamadour es uno de esos pueblos “imposibles” que cuesta creer que existan. Colgado de un risco vertiginoso de más de cien metros de altura, desafiando la ley de la gravedad en las cercanías del río Alzou, cuyo caudal se pierde entre la vegetación, os recomiendo que antes de bajar a recorrer Rocamadour os acerquéis a disfrutarlo desde el mirador que hay justo enfrente. Las vistas, como podréis observar, son impresionantes.

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Rocamadour, ubicado en el departamento de Lot, atrae cada año tantas visitas no sólo por su belleza y la espectacularidad de su diseño urbanístico, que hacen de él uno de los pueblos más bonitos de Francia, sino también porque al igual que Lourdes, Fatima o Santiago de Compostela es meta final para miles de peregrinos, ya que aquí se encuentra el Santuario de la Vírgen Negra y las reliquias de San Amador, que es quien en realidad da nombre al pueblo (Roca de Amador). San Amador, según cuenta la leyenda (porque esto de la religión para nosotros los ateos es lo que al final supone: un cúmulo de leyendas) en realidad sería Zaqueo, un rico de Jericó que se convirtió al cristianismo al conocer a Jesús en persona y que acabó emigrando con su esposa Verónica a tierras francesas. En 1166 se encontraba enterrado su cuerpo incorrupto y ya teníamos la excusa perfecta para montar un santuario en su honor y el de la Vírgen Negra: dicha vírgen ya era famosa entre los marineros por tocar la campana (que también se guarda aquí) para salvarles de encallar durante las tempestades (lo que llama la atención es que su santuario se encuentre en un pueblo que se encuentra tan lejos del mar). Curiosamente, la razón de que su rostro sea negro es tan sencilla como que el humo de los cirios, año tras año, fue tiznándolo hasta oscurecerlo: nada que ver con otras muchas vírgenes negras que eran así representadas por originarse su culto en antiguos ritos celtas en los que se adoraba a las diosas de la fertilidad.

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Para bajar (o subir) a Rocamadour hay que hacerlo por la Grand Escalier. 216 escalones que antiguamente los penitentes subían desollándose las rodillas para mostrar su devoción (ahora hay ascensores pero nosotros ni nos planteamos usarlos). Entre estos devotos se encontraban personajes tan importantes como Enrique II de Inglaterra, Leonor de Aquitania o el rey Luis IX de Francia. Y aquí tenemos el bellísimo Santuario de Rocamadour, con sus siete capillas (en la antigüedad existían doce más, estas son las que se han podido conservar): la basílica Saint-Saveur,  la capilla de Sainte-Anne, la cripta de San Amador,  y las capillas de Saint-Blaise, Saint-Jean Baptiste, Saint-Michel y la de Notre-Dame, esta última la más importante y santuario de la vírgen. La entrada es gratuita así que fuimos visitándolas una a una. En alguna de ellas nos llamó la atención ver enmarcadas camisetas de equipos de fútbol que se habían entregado como ofrenda, suponemos que para agradecer el haber vencido en alguna competición europea. Hay que ver qué apañados son estos santos, que lo mismo te multiplican los panes y los vinos que ayudan a que te piten un penalti a favor. Otra de las curiosidades del santuario es que en su exterior se encuentra clavada una espada que perteneció a Roldán, el sobrino de Carlomagno. Un poco más arriba se encuentra el señorial Palacio de los Obispos de Tulle y en lo alto de Rocamadour, el antiguo castillo (aunque su uso es privado y sólo se pueden visitar las murallas).

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Nosotros habíamos dejado el coche en la parte de arriba del pueblo. Fijaos si había poca gente que cuando descendimos por el camino en zigzag que serpentea desde el castillo y donde paramos en la Gruta de la Natividad, nos cruzamos con tres personas y las tres nos saludaron con el correspondiente “bonjour!”. En todo el pueblo no vimos a más de diez personas en total. Todos los comercios completamente cerrados: absolutamente todos, desde cafeterías y restaurantes a tiendas de souvenirs y delicatessen. Habrá quien vea un inconveniente en esto; nosotros, una ventaja. ¿Sabéis qué privilegiados nos sentíamos al estar paseando por la calle principal, la Rue Couronnerie, con el único sonido de nuestras voces? El casco antiguo en verano se encuentra lleno de gente y con un trenecito que transporta a los más vaguetes, la gente ha de esperar turno para cederse el paso en la entrada principal del pueblo, la Porte du Figuier: imaginad entonces lo que es recorrer estas antiquísimas aceras medievales cuando aún están desiertas.

Así estaba la calle principal de Rocamadour: completamente vacía.

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Vistas desde arriba de Rocamadour

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Como pese a que lucía el sol el día estaba resultando realmente frío y aún nos quedaba una hora y pico de coche para la zona de Conques, donde teníamos el alojamiento, nos preparamos unos bocadillos y tiramos hacia Conques, ya que queríamos verlo de noche antes de volver a visitarlo al día siguiente. Hicimos bien en comprar comida porque todos los pueblos que fuimos atravesando eran pueblos fantasmas. Ni un mísero restaurante abierto y en muchos casos ni luces en las casas. Con el frío que hacía se hubiera agradecido un té calentito. Para llegar a Conques nos perdimos unas cuantas veces por esas sinuosas carreteras de montaña hasta el punto de que en una ocasión acabamos en un camino rural en el que las pasamos canutas para salir. Y ahí radica el encanto de estos pueblecitos: estar perdidos en medio de la nada. En Conques aguantamos diez minutos porque caída la noche se te helaba hasta el pensamiento. Así que decidimos tirar para Escandolieres, el diminuto pueblo donde haríamos noche. Esta vez nos quedábamos en una finca llamada La Roumec (imprescindible el navegador, en serio). Era una casona gigante de piedra que llevaban un matrimonio simpatiquísimo de jubilados ingleses. Como éramos sus únicos huéspedes, nos dejaron la mitad de la casa para nosotros solos. Teníamos a nuestra entera disposición la mitad de las dos plantas, es decir, una habitación triple súper acogedora con baño, un salón rústico con su correspondiente estufa de leña que nosotros mismos nos encargábamos de avivar y en la parte de arriba una cocina grandísima con su correspondiente comedor. Todo ello por sólo 50 euros la doble y encima nos incluía un desayuno casero de esos que parece que ya sólo se ven en las películas, con una mesa llena de croissants, botes de confitura, zumo de naranja y bollos recién horneados. Estábamos encantadísimos.

Este tercer día madrugamos bastante ya que iba a ser ajetreado, el planning era visitar cuatro pueblos diferentes que aunque no estaban excesivamente alejados unos de otros (como mucho una hora de camino entre el destino A y el B), al ser carreteras secundarias de montaña había que ir despacito, lo que a cambio nos permitía disfrutar de unos paisajes espectaculares y unas inolvidables panorámicas. La Francia rural es una gozada en dicho sentido y constantemente atravesábamos riachuelos de aguas cristalinas y bosques donde el único automóvil era el nuestro.

Nuestra primera parada era Conques, que de largo me pareció el pueblo más bonito de todo el viaje (incluso más que Rocamadour) y que tanto me recordó a esos nevados pueblos de piedra de los Pirineos. Este se encuentra ya en el departamento de Ayreon, que está plagado de aldeas preciosas. A Conques le precede el puente romano sobre el río Dourdou y es otro gran centro de peregrinación (de hecho forma parte del Camino francés de Santiago); buena culpa la tiene la Abadía de Sainte-Foy, una de las obras cumbres del arte románico y en donde se puede admirar una soberbia escena del Juicio Final donde salen representados 125 personajes. Conques, rodeado por completo por frondosos bosques y conservando aún algunas de sus murallas, con esas vistosas casas de piedra de tejados negruzcos, es sin dudarlo uno de los pueblos más bonitos de toda Francia. Sus fuentes, con más de mil años de antigüedad, sus calles llenas de recovecos, las fachadas carcomidas por el tiempo y el clima severo, la soledad de ese maravilloso claustro donde sólo escuchábamos el piar de los pájaros y las impactantes vistas que este nos proporcionaba nos regaló uno de los momentos más idílicos de este viaje. De las cien personas que viven aquí en invierno vimos apenas a dos o tres y eso que era domingo y el sol invitaba a pasear.

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Nuestra siguiente parada sería un pueblo muy, muy pequeñito pero encantador: Saint-Cirq-Lapopie. Se encuentra enclavado en el verdísimo Parque Natural de Causses du Quercy, surcado por ríos y repleto de praderas y montañas salpicadas por galiottes, refugios de piedra muy rudimentarios que utilizaban los labradores para guardar sus herramientas y los pastores para guarecerse del frío. También perviven los cayrous, vallas de piedra que delimitaban las diferentes parcelas agrícolas.

Saint-Cirq-Lapopie, como buen pueblo montañoso que es, se encuentra en lo alto de una colina, casi cien metros por encima del río Lot, donde aún se conservan antiguos molinos y cuando llega el buen tiempo las embarcaciones de recreo navegan por sus aguas. Como comentaba antes, el camino hasta aquí es igual de vistoso, ya que la carretera se va estrechando, corriendo paralela a acantilados abruptos. Y aunque esta pequeña villa medieval no albergue grandes monumentos, a excepción de las ruinas del castillo de la familia Cardaillac (desde las que se obtienen las mejores panorámicas) y la Casa-Museo Rignault (que sólo abre de Abril a Octubre), su verdadero encanto reside en esas calles laberínticas encajonadas entre casonas centenarias. Entre ellas, destaca el Albergue de los Marineros, la Casa de la Fourdonne, con esos robustos bancos de piedra a sus pies, y la Maison Daura, una casa medieval del siglo XIII que en la actualidad acoge a diversos artistas. Las rústicas fachadas, con sus característicos entramados de madera que tanto nos recordaban a la arquitectura alsaciana, las arcadas que protegían los callejones, la tranquilidad que nos rodeaba en la escondida Plaza de Carol… momentos que se quedan en tu retina de por vida.

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Una hora más de camino en coche para llegar a otra de las perlas del sur de Francia: Najac. Otra delicia de recorrido que bordea las gargantas del río Aveyron. Najac es un pueblo atípico ya que se compone principalmente de una larguísima calle que discurre en la cima de una montaña, brindándonos una imagen tan curiosa como esta…

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Como en todos los pueblos que visitamos, la entrada del coche está prohibida ya que la mayoría de las calles son peatonales y lo suyo es recorrerlas a pie. No sólo no tuvimos problema en los parkings, que estaban vacíos, sino que encima nos salían gratis: otra ventaja respecto a visitar estos pueblos en temporada alta. De todos los pueblos que visitamos, Najac fue el que nos exigió mayor esfuerzo físico: la única manera de recorrerlo es haciendo piernas, subir para luego bajar. Comenzamos el recorrido por su castillo del siglo XIII, en la cima de una montaña de 200 metros de altitud. Este se construyó durante dos periodos, primero bajo la orden de los Condes de Toulouse y después bajo la de Alfonso de Poitiers. Destaca su Torre del Homenaje de 40 metros de altura. Cerca aún se mantiene en pie la Porte de la Pique, que formaba parte del edificio defensivo perteneciente a las murallas.

El Castillo de Najac, al fondo de la calle principal de Najac

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En un extremo de dicha avenida se encuentra la Iglesia de San Juan Evangelista, construida por los propios habitantes de Najac, pena que les impuso hace siglos la Inquisición cuando les consideró ovejas descarriadas que flirteaban con el catarismo. Aunque a simple vista parezca una iglesia bastante sencilla, fue el primer edificio gótico levantado en la región . Desde aquí se tienen las mejores vistas del valle.

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En el otro extremo tenemos la plaza más importante, la Plaza de Faubourg, que en el pasado acogía el mercado de la ciudad y cualquier celebración relevante (como en la mayoría de los pueblos). En el centro se ubica la Fuente de los Cónsules del año 1344. Las casas que la rodean datan del siglo XV y aún conservan los soportales que permitían a mercaderes y clientes resguardarse de la lluvia. Aquí encontrarás la Oficina de Turismo, que como verás en la foto se encuentra precisamente en una casona bellísima. Otros edificios destacables en el casco histórico son la Casa del Gobernador (que estaba en pleno proceso de restauración) y la Maison du Senechal.

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El punto final de nuestra ruta nos llevaría hasta otro pueblo realmente entrañable: Cordes Sur Ciel. Su nombre (Cordes sobre el cielo) le viene que ni pintado pues los días de niebla parece flotar sobre las nubes. Nos enamoramos perdidamente de él cuando vimos fotos suyas en internet y nos parecía el mejor escenario posible para cerrar este road trip por tierras galas. Hablando de coche, fue el único pueblo donde pagamos parking: es el más grande de todos (900 habitantes) y todo el pueblo es zona azul. Por fin un lugar donde nos cruzábamos con gente por la calle. Ya empezábamos a pensar que éramos los últimos habitantes del planeta Tierra.

Cordes sur Ciel es otro de los enclaves míticos de la Ruta de los Cátaros, ya que fue una villa clave en las cruzadas religiosas y sus habitantes sufrieron las iras de la Inquisición, como tantas otras aldeas de este área. Se le considera un pueblo rodeado de leyendas y un halo de misterio y no cuesta envolverse en dicha atmósfera cuando recorres sus empinadas calles empedradas y te ves rodeado por unas fachadas donde la vegetación es omnipresente. La ciudad vivió una esplendorosa época de prosperidad gracias al comercio y aquí levantaron sus palacetes góticos los nobles de la época. En muchas de estas fachadas aún sobrevive la figura del dragón, asociada de por vida a esta villa amurallada. Las viejas mansiones acogen en sus plantas bajas talleres de artesanías y acogedoras tiendas que han sabido respetar con el mayor de los orgullos la arquitectura original. Todas las semanas se organiza un mercado local y en verano se congregan aquí los artistas de la zona para vender sus productos confeccionados a mano.

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La Puerta de L’Horloge es una de las imágenes más emblemáticas de Cordes. Otras reseñables son la Puerta de Ormeaux, la de Jane y la de Portanel.

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En la Plaza del Mercado podrás abastecerte de productos típicos como vinos, patés o mermeladas. Aquí se encuentra un pozo de más de 100 metros de profundidad en el que según cuenta la leyenda reposan los restos de los tres inquisidores que vinieron aquí a hacer de las suyas y que fueron recibidos por la cólera de los vecinos. Bien merecido se lo tenían.

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Aunque no sea demasiado grande, Cordes sur Ciel llegó a tener en el pasado más de 5.000 habitantes (lo cual era mucho en dicha época) y herencia de aquella importancia son la iglesia de Saint-Michel y los Museos Charles Portal, el Museo del Chocolate y el Museo de Arte Moderno. Antes de despedirnos, te aconsejamos que, si vienes en verano, aproveches para visitar Cordes sur Ciel a mediados de Julio, ya que aquí se celebra una de las fiestas medievales más importantes y multitudinarias de toda Occitania.

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