Sierra de Gredos (Ávila)

Este fin de semana hemos querido aprovechar que aún no nos habían visitado las temperaturas abrasadoras del mes de Julio para coger el coche e irnos a recorrer el precioso valle del Tiétar en la Sierra de Gredos. A sólo un par de horas de Madrid se encuentra este paraíso natural que no sólo es un oasis a nivel naturaleza sino también una prueba viviente de lo bien que algunos de sus pueblos, por no decir casi todos, han sabido salvaguardar su arquitectura y,especialmente,sus tradiciones, quizás protegidos por su situación estratégica entre montañas.

Madrugamos bastante para sacar todo el jugo posible al viaje y empezamos nuestro planning por el bellísimo pueblo de Candeleda. Este pequeño pueblo serrano probablemente sea uno de los más bonitos de toda Castilla León, con callejuelas repletas de macetas que regalan una bienvenida sensación de frescor en una zona donde los veranos pueden llegar a ser realmente duros (y los inviernos aún más). Las flores no sólo otorgan a Candeleda un atractivo visual inigualable sino que son la auténtica marca de identidad de la villa. Su importancia es tal que el ayuntamiento convocó no hace mucho su primer concurso de decoración de fachadas, denominado “Candeleda Floral”, animando a los vecinos a que embellecieran sus viviendas. No obstante, probablemente la casa más conocida de toda Candeleda sea esta, la Casa de las Flores, en plena plaza mayor, con una antigüedad de siglo y medio y ocho balcones atestados de macetas. Una auténtica delicia para la vista. No es casualidad que a Candeleda se la conozca como la Andalucía de Ávila por sus similitudes con los patios cordobeses.

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Una de las zonas más agradables para pasear por Candeleda es la zona de la judería, la mejor conservada de todo el valle del Tiétar. En el siglo XV fueron muchos los judíos que vinieron a vivir a la villa, intentándose refugiar de la persecución cristiana y buscando el amparo de los señores feudales. Los judíos tenían profesiones tan dispares como leñadores, cesteros o comerciantes aunque su principal labor la desempeñaron recaudando impuestos. Como en otros muchos lugares de la península, los judíos no eran muy populares entre el resto de la población y la judería siempre mantuvo su atmósfera de gueto, delimitando su territorio en la plaza del Herreñal y las calles próximas. Varias de ellas aún mantienen nombres como la Fortuna, la Moneda o la Plata, recordándonos que en este área se asentaban gremios de banqueros y prestamistas. Aún sigue existiendo también la calle de Talavera, ya que la comunidad judía de Candeleda mantuvo intensas relaciones comerciales con los judíos de dicha localidad.

El edificio más relevante de este antiguo barrio sefardita es la Casa de la Judería. Curiosamente, se encuentra ubicada en la calle Amargura ya que fue la calle que debieron recorrer los judíos cuando sufrieron el exilio y la expulsión de la villa. Esta vivienda es una fiel representante de cómo vivían los judíos en aquella época y pretendía reunir en una sola estancia todos los habitáculos necesarios para la vida agraria y ganadera, conservándose las cuadras y corrales para cerdos y burros y las bodegas que servían como despensas para el queso y el vino. Esta antigua vivienda, que en su momento y paradójicamente llegó a albergar la sede de la Inquisición, esa misma que persiguió a los judíos, ha logrado mantener intacta su arquitectura entramada, por lo que el ayuntamiento la ha convertido en la Casa de la Cultura y es habitual que se organicen en sus entrañas exposiciones de artistas locales.

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Monumento a la Cabra Hispánica en el centro del pueblo. Las cabras montesas son los animales más característicos de la fauna de Gredos. Aunque estuvo a punto de extinguirse (a principios de siglo su población en Gredos apenas llegaba a las dos docenas), por fortuna hoy en día hay más de 9.000 ejemplares diseminados por toda la sierra. El mejor momento para verlas es entre noviembre y diciembre, única época del año en que se juntan machos y hembras con motivo del apareamiento. El Puerto del Pico y el Circo de Gredos son los mejores lugares para divisarlas escalando riscos imposibles.

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Uno de los lugares que os recomiendo no dejéis escapar en vuestra visita a Gredos es el castro de El Raso,cerca del pico Almanzor, en la garganta del Alardos (que le servía como foso), uno de los asentamientos vetones que mejor atestigua cómo era la forma de vida de estos pobladores prerromanos. Estamos hablando de la Edad de Hierro, una era que se remonta varios siglos antes de Cristo, lo que otorga un mayor valor arqueológico a estas ruinas.

Los vetones eran un pueblo que sustentaba su economía en tres pilares principales: la agricultura, la ganadería y las guerras. Por este motivo, como la mayoría de los castros, se encuentra en un alto,en este caso sobre la colina la Cabeza de la Laguna, lo que facilitaba sus tareas defensivas y el acceso del ganado a los pastos. Aquí se descubrió hace menos de un siglo una importante necrópolis con más de un centenar de enterramientos con sus ajuares correspondientes, que incluían accesorios como pendientes o armas, y no se enterraba a los cadáveres dependiendo de su clase sino que se mezclaban en las mismas tumbas tanto a ricos como a pobres. Se calcula que en un área de 20 hectáreas se agrupaban más de 600 casas y el número total de pobladores nunca descendió de los 2.500. Las casas eran enormes, algunas de ellas llegaban a superar los 150 metros cuadrados. En la parte superior del castro se han reconstruído dos viviendas de la época para que nos hagamos una idea de cómo era la forma de vida de los vetones. Existió también en el exterior del castro un santuario dedicado al dios Vaelico, el protector de los bosques y las montañas.

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Aprovechando que Madrigal de la Vera no quedaba lejos, nos acercamos con el coche a dar una vuelta y tomar una cerveza fresquita para reponernos de la caminata bajo el sol. Madrigal es el primer pueblo que te encuentras de Extremadura y pertenece ya a la comarca de La Vera, famosa por sus arroyos y gargantas. En Madrigal aprovechamos para abastecernos de mermelada casera (en el centro del pueblo tienes una tienda de Casa Alonso, que ofrece unas mermeladas denominadas Sabores del Guijo totalmente artesanales y con sabores tan diferentes como tomate, pimiento o castaña).

Uno de los lugares más bonitos de todo Gredos es la villa medieval de Arenas de San Pedro, que llegó a dar cobijo a personajes tan ilustres como Francisco de Goya. Aquí se encuentran unas de las pozas naturales más bonitas de nuestro país, las del río Arenal, totalmente gratuitas y gestionadas por el ayuntamiento. Destaco el mimo con el que las autoridades cuidan este paraje natural al no permitir comer en las explanadas de hierba que se extienden en las riberas del río,lo que permite que todo se mantenga impoluto. Nosotros aprovechamos para comer en el chiringuito que hay al lado, donde te permiten llevar tu propia comida a cambio de que al menos consumas las bebidas del bar. La mejor manera de meterle mano a los tomates de huerta que habíamos comprado en Candeleda (qué gusto comer tomates de verdad!). Por cierto, aunque las pozas naturales sean preciosas, el agua está congelada, casi todo el mundo estaba tomando el sol pero apenas había gente bañándose.

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El Castillo de la Triste Condesa, construido en el año 1400, es el edificio más relevante de Arenas de San Pedro. Lo curioso es que al contrario que la mayoría de los castillos, que solían situarse en lo alto de colinas no sólo para mejorar su defensa sino también para dejar claro quien mandaba sobre los plebeyos, éste se encuentra justo en el centro del pueblo. Antaño, sirvió como residencia señorial, prisión y cementerio. Actualmente, tras un intento fallido de reconvertirlo en Parador, se utiliza para diversas actividades culturales; de hecho, cuando lo visitamos se estaba preparando un festival de música e impactaba ver un escenario modernísimo entre torreones de seis siglos de antigüedad.

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Puente medieval del siglo XIV, aunque erróneamente se le conoce como Puente Romano. Su existencia responde precisamente a la cercana ubicación del castillo, ya que por aquí pasaban los carruajes que venían a pagar sus impuestos y además se cobraba un peaje a todo el que quisiera cruzarlo, ya que era el único vado de la zona. En uno de sus extremos se encuentra la Plaza de las Víctimas, recordatorio de los civiles masacrados por las tropas napoleónicas y cuyos cadáveres fueron almacenados aquí en un tanatorio improvisado.

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Terminamos nuestra excursión acercándonos a Mombeltrán, otro de los pueblos más bonitos del valle del Tiétar, pese a lo pequeñito que es, poco más de mil habitantes. Aquí destaca el Castillo de los Duques de Alburquerque, una construcción del siglo XV que preside orgullosa la villa de Mombeltrán, pese a los pocos esfuerzos hechos por la familia Alburquerque para mantenerlo en buen estado. Al estar en manos privadas, sólo se puede visitar por dentro concertando una cita previa (la verdad que era un poco surrealista encontrarse en la puerta un cartel que rezaba “si quieres visitar el castillo por dentro, llama a Álvaro a este número de móvil”). Y es que aunque el Castillo de Mombeltrán fuera declarado hace medio siglo Bien de Interés Cultural, a día de hoy parece yacer devorado por el más triste de los olvidos.

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