“En la barrera” (Gabi Martínez)

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¡Cuántas satisfacciones me ha proporcionado Altair a lo largo de mi vida! Su librería de viajes en Madrid (que se veían forzados a cerrar en 2014 tras 17 años abierta) fue mi particular fábrica de sueños desde el momento de su apertura: podía tirarme horas deambulando entre sus estanterías, hojeando y descubriendo cientos de libros que te invitaban a volar con la imaginación como única maleta y sabía que cada vez que entraba allí, era con el propósito de salir después cargada de bolsas, llenas de novelas rebosantes de ilusión y aventuras. Durante años fue mi cantera particular de planes y proyectos viajeros, por eso me dolió tanto la noticia del cierre de sus puertas debido a la crisis: es una lástima que en épocas de penurias económicas, la gente en lo primero que se aprieta el cinturón es a la hora de comprar libros, que al fin y al cabo suponen una inversión en vida. Afortunadamente, aún sigue en pie su sede de Barcelona, la mayor librería especializada en viajes de toda Europa, a la que intento acercarme siempre que visito la Ciudad Condal.

Pero Altair es mucho más que una librería. Es una revista que durante mucho tiempo nos ha transportado a lugares lejanos y que a menudo ocupa un lugar privilegiado en el revistero de casa. Y es, además, una interesantísima editorial, probablemente la mejor en lo que a literatura de viajes se refiere, que continúa ofreciéndonos algunas de las mejores obras de este género. Gracias a ellos hemos descubierto mundo sentados al calor del hogar y meses más tarde hemos cumplido nuestros viajes soñados desde niños inspirados por sus páginas.

Hace un par de meses, Altair me hacía llegar un libro indispensable para todos los que soñamos con pisar alguna vez ese continente mítico, Australia. Y lo hace de la mano de un autor, Gabi Martínez, al que descubrí por casualidad hace casi veinte años, un día que rebuscando libros en un mercadillo callejero, compré una pequeña novela de bolsillo llamada “Sólo marroquí”. Por aquel entonces, yo era una pipiola de veinte años y aún no había pisado Marruecos pero fue el empujón definitivo para que posteriormente viajara a nuestro país vecino por primera vez y me quedara tan enamorada de su cultura y de sus gentes que he regresado después en varias ocasiones. Ese es el ejemplo que os comentaba antes: como las páginas de un libro y unos cuantos sueños impresos pueden animarnos a hacer el petate y descubrir ese maravilloso mundo que nos espera ahí fuera.

Años después me topé con otro libro suyo, “Los mares de Wang”, que relataba un intenso viaje por China, y continuaba maravillándome la capacidad de este catalán para llevarnos a lugares remotos y hacernos sentir como si estuviéramos con él, allí mismo, disfrutando de esos mismos paisajes que le deslumbran y conmocionan.Ahora, con “En la barrera”, nos embarcamos en un viaje inolvidable, el que nos lleva a la Gran Barrera de Coral australiana, uno de los vergeles naturales del planeta y tan seriamente amenazado en los últimos tiempos por el nocivo cambio climático, que está poniendo en serio peligro la vida de un ecosistema coralino único en el mundo. La Gran Barrera, que con sus 2.600 kilómetros de largo puede divisarse desde el espacio y que acoge además más de un centenar de islas, languidece en los últimos años debido a que por la subida de la temperatura, muchos de sus corales (se habla de más del 90%) se desprenden de las algas que los abrigan y caen en el letal proceso del blanqueamiento, que los condena a una muerte segura poco tiempo después. Es imprescindible que las autoridades pertinentes, sea como sea, pongan freno a esta barbarie ecológica que puede suponer la desaparición de uno de los grandes tesoros naturales del hemisferio sur, el sistema vivo más grande del mundo.

“En la barrera” denuncia esta precaria situación límite pero también se nos permite ahondar en las conflictivas relaciones existentes entre aborígenes y blancos, persistentes desde que los europeos llegaron a estas tierras en el siglo XVII. Los auténticos y primigenios habitantes de Australia fueron masacrados desde que comenzó la colonización: para los recién llegados era más fácil considerarles más cercanos a los animales que a los humanos y así acabar con ellos cada vez que estos no accedieran a sus deseos imperialistas. Hoy en día, los aborígenes son una minoría marginada con serios problemas de alcoholismo y ludopatía. Adaptarse a esta sociedad impuesta, que les llegó sin comerlo ni beberlo, sigue siendo complicado para ellos. Hablamos de personas que durante miles y miles de años vivieron aislados del resto del mundo, sin ningún tipo de contacto humano más allá de sus fronteras, y a los que se reprimió brutalmente, llegando al punto de que el gobierno les secuestrara a sus hijos para cedérselos a familias “civilizadas” o, como se relata en la novela, dar lugar a anécdotas tan dantescas como el rapto de una mujer blanca que se creía estaba injustamente retenida por la comunidad aborigen y que, tras una reyerta en la que la pobre mujer perdió la vida, se descubrió que era una aborigen albina que lo único que quería era continuar una vida en paz con los suyos.

Paralelamente al relato del viaje por estas tierras inhóspitas y a la vez paradisíacas plagadas de cocodrilos y serpientes, Gabi Martínez va alternando pasajes y textos de escritores como Bill Bryson (de quien ya reseñamos en estas mismas páginas su libro “En las antípodas”), Bruce Chatwin y diferentes filósofos, historiadores o científicos que intentan acercarnos al complejo habitat australiano, único en su especie. Recorreremos la parte norte del país, desde la Golden Coast hasta el Estrecho de Torres (que separa a Australia de Papúa Nueva Guinea y que es un quebradero de cabeza para los australianos, ya que viven con el miedo de que por dicho área entren plagas y epidemias que diezmen a sus especies endémicas). Bajo un sol implacable, saltando de furgoneta en furgoneta, acompañaremos al autor por pueblos cada vez más desolados, en los que acampan los “coraltraficantes” que hacen de estos seres vivos un burdo negocio, conoceremos historias de mujeres suicidas que se dejan picar por arañas, serpientes e insectos varios con la intención de investigar antídotos contra estos venenos letales, de antiguos presos que escaparon de las cárceles australianas para encontrarse con una prisión aún peor (el desierto, la jungla, los páramos, las enfermedades), de australianos que viven en pueblos polvorientos donde el teléfono no llegó hasta los años 80 y se lucha contra los cocodrilos subido en una barca de madera y con un rifle al hombro.  Australia, ese misterio vivo, de millones de kilómetros de extensión, que atrae para luego devorar, de un modo u otro, a todo el que decide llegar y no volver jamás sobre sus pasos.

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