Americana: un pedazo de USA en Brasil

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El mundo no deja nunca de sorprendernos. En este caso, nos vamos a Brasil,  al municipio de Americana, cuyo nombre ya anticipa la singularidad de lo que vamos a contaros. Y es que esta ciudad fue fundada por 10.000 confederados estadounidenses que prefirieron emigrar antes que sufrir la deshonra de haber caído derrotados en la Guerra Civil. Hoy en día, los descendientes de aquellos emigrantes constituyen un 10% de la población, intentando mantener más vivas que nunca sus tradiciones del siglo XIX.

Cuando finalizó la Guerra Civil de Estados Unidos en 1865, fueron muchos los confederados que se negaban a vivir bajo las nuevas reglas: no lograban aceptar la desaparición de la esclavitud ni el no poder contar con miles de trabajadores negros a su servicio. Se acababan los buenos tiempos para los explotadores. Asi que cuando el emperador Pedro II de Brasil envió a USA a reclutadores de granjeros de algodón, que los buscaron en los estados de Alabama, Louisiana, Georgia, Carolina del Sur y Texas, los confederados vieron la ocasión idónea para comenzar una nueva vida.

Lo que más atrajo a los confederados es que en Brasil continuaba vigente la esclavitud, lo que les permitía conservar sus deshonrosos privilegios. Además, el emperador quería a toda costa sacar provecho de los campos de algodón brasileños, por lo que motivó a los granjeros norteños con exención de tasas e impuestos.  Era la oportunidad perfecta para fundar una nueva comunidad que mantuviera las costumbres de su añorado sur de Estados Unidos. Constituyó además el mayor éxodo de la historia del país: a partir de entonces fueron conocidos como The Lost Colony of Confederacy.

Contrariamente a lo que se cree, la mayoría de los confederados emigrantes no eran terratenientes sino granjeros bastante pobres que salieron ganando con el cambio. Invirtieron todos sus ahorros en el viaje, que duraba varias semanas y costaba entonces 30 dólares. Las familias únicamente llevaban encima una tienda de campaña, su mobiliario más imprescindible, semillas y suministros agrícolas y los enseres más básicos para los seis primeros meses.

Aunque los confederados se las prometían muy felices, sus inicios en Brasil no fueron precisamente un camino de rosas. El clima tropical, al que no estaban acostumbrados, y las duras condiciones de trabajo obligaron a muchos a regresar a Estados Unidos: finalmente sólo un 40% de los emigrados, unas 95 familias, permanecieron en el país. Sin embargo, el emperador y su gobierno consideró un éxito la empresa: los colonos trajeron consigo técnicas innovadoras para la agricultura, las desconocidas en Brasil lámparas de queroseno, nuevos cultivos como los melocotones y el arroz e incluso empezaron a implantar entre la población el baseball. Con lo único que no contaban es con que se aboliera la esclavitud en Brasil en 1888 y se acabara el chollo de los esclavos: ahora la mano de obra eran trabajadores nativos que, aunque poco, cobraban un salario por su trabajo.

Los confederados fueron muy conservadores en lo que se refiere al uso de sus costumbres. Como buenos racistas que eran, se negaron a aprender portugués y fundaron sus colonias ajenos a las tradiciones locales, refugiándose en ghettos separatistas. Construyeron sus propias iglesias baptistas, escuelas donde se enseñaba la historia de esa USA que tanto añoraban y no la de Brasil, y por todos los rincones de la comunidad ondeaba la bandera confederada. Cantaban canciones sureñas mientras preparaban su comida de siempre (empanadas de carne, frijoles, galletas) y mantuvieron apellidos como Stonewall o Fergurson que les distanciaran de los locales.

Sin embargo, pese a este aislamiento de los inicios, con el paso de los años comenzó a corromperse esa “raza pura” que deseaban preservar. Empezaron a ser habituales los matrimonios mixtos: llegaban al mundo los primeros descendientes de los confederados, brasileños que se enorgullecían de su doble linaje. Las banderas confederadas desaparecían poco a poco en los hogares y el cultivo de algodón se cambió por el de caña de azúcar. Muchos confederados asumían esta transición como algo natural, aunque los más puristas se empeñaran en continuar hablando en inglés y reduciendo al mínimo sus relaciones con los brasileños.

Ha pasado siglo y medio desde que los confederados arribaran en Brasil pero los 120.000 descendientes de su estirpe intentan mantener viva la llama de sus orígenes. No sólo muchos de ellos han viajado a Estados Unidos, invitados por los Sons of Confederate Veterans, para visitar los escenarios de las batallas más sangrientas de la Guerra de secesión.  Anualmente celebran la Festa Confederada, un festival donde las banderas confederadas toman las calles y las principales avenidas de Americana se tiñen de rojo. Miles de personas sacan del armario sus uniformes de soldados de la Guerra Civil, se prepara cocina sureña y se organizan bailes como los de antaño. Los miembros orgullosos de la Fraternity of American Descendents viven su día grande, dejando claro, eso sí, que al contrario que sus antepasados ellos reniegan de la segregación y el esclavismo. Para ellos este evento tiene mucho más que ver con las raíces del rock n’ roll, de las que tanto se enorgullecen, que con cualquier tipo de ideología xenófoba.

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