POLONIA – Varsovia, Cracovia, Gdansk, Wroclaw…

RECORRIENDO POLONIA EN COCHE

Nuestra aventura polaca comenzaba aterrizando en Cracovia. Volábamos desde Edimburgo con Easyjet (precio del trayecto 70 euros) y llegábamos a las nueve en punto de la mañana, ese día llevábamos en pie desde las cuatro, por lo que se presentaba un día duro. Como cuando llegamos aún no nos tenían preparado el coche de alquiler, aprovechamos para tomar una cerveza en una terracita; por cierto, el aeropuerto Juan Pablo II, pese a tener bastante tráfico aéreo, es pequeñito y no se pasan con los precios como en otros aeropuertos. Ahí ya comenzamos a notar la diferencia de precios con Escocia, de donde veníamos, e incluso con España. Polonia no es un país tan baratísimo como otros países del Este como Rumanía, donde habíamos estado hace dos años, pero sí es bastante más barato que nuestro país, yo diría que en general las cosas estaban como un 30% más baratas.

El coche, para los seis que íbamos, lo habíamos reservado a través de Rental Car, que nos remitió a una agencia local. Resultó que era de una gama bastante más baja que el que habíamos alquilado en Escocia y nos dio algún que otro problemilla, caso de que en ocasiones notábamos que le faltaba potencia al motor o que uno de los días nos volvimos locos en una gasolinera al repostar porque no había forma de ponerlo en marcha (luego descubrimos que tenía una curiosa cualidad y es que si no has cerrado bien el depósito de la gasolina, aunque lo vuelvas a cerrar, el contacto se quedaba bloqueado). Asi que allí nos veis a los seis empujando el coche para poder arrancarlo, con caída incluída de una de mis amigas en mitad de la maniobra. Vamos, para habernos grabado y mandarlo a “Vídeos de Primera”!! 😉

Si alquilais coche, os recomiendo encarecidamente que utilicéis GPS. Os va a ser de muchísima utilidad ya que el 99% de los carteles están en polaco y más si os metéis por carreteras secundarias, que nosotros fue las que más utilizamos. Y ahora os hago otro aviso con las autovías y autopistas. La primera es que los polacos conducen que da pavor, mucho ojito en la carretera. La segunda es que precaución extra ante los semáforos que de repente te aparecen en mitad de las autopistas: no he visto eso en ninguna otra autopista europea. No sé si lo harán para ahorrarse construir pasos a nivel pero son súper peligrosos porque de repente el coche de delante se para sin previo aviso. Y la tercera es que en las autopistas también existen cambios de sentido, la mayor parte de las veces sin señalizar, y tienes el mismo problema que con los semáforos. En cuanto a las carreteras secundarias, que son las que más abundan, cuidado también: son muy estrechas, suelen estar en bastante mal estado (pese a que se nota que las subvenciones de la Unión Europea se están aprovechando, había muchos tramos en obras) y atraviesan infinidad de pueblos. Lo cierto es que conducir en Polonia fue toda una experiencia.

De camino a Varsovia, que sería donde haríamos la primera noche, paramos a comer en un restaurante de carretera. Y primera sorpresa: el restaurante de al lado (donde no entramos porque estaba petado de gente pero no nos resistimos a hacerle la foto) era un avión. Tampoco creáis que fue el único que vimos, a lo largo del viaje nos dimos con otros cuantos reciclados. En fin, el tipo de cosas que sólo se ven en los países ex comunistas y que dan el punto kitch al viaje!

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Yo ya había probado la comida polaca en anteriores ocasiones pero claro, como en Polonia no la preparan en ningún sitio. Ya os iré relatando a lo largo del viaje la cantidad de cosas que probamos (sabrosísimas, un diez por la gastronomía polaca!) pero en esta primera paradita ya flipamos con los precios, menos de diez euros por persona. Los restaurantes me sorprendieron porque en general, están muy, muy cuidados en la decoración: a los polacos les encanta simular que son salones antiguos, con sus lámparas de araña, sus espejos dorados y sus manteles de ganchillo. Vamos, como ir a comer a casa de la abuela.

Varsovia está a unas tres horas y media de viaje desde Cracovia. Le íbamos a dar sólo un día ya que no tiene tantas cosas que visitar como otros lugares de la ruta pero sería una buena primera toma de contacto con el país. Al ser domingo, nos encontramos unos brutales atascos de tráfico a la entrada de la ciudad: el tiempo acompañaba, unos 25 graditos, que para ser Septiembre y tan al norte, se agradecía y mucho.

En Varsovia habíamos reservado el Vip Park & Stadium Apartments (Stanisława Augusta 75/44, Praga Poludnie, 03-846 Warsaw). Un pisazo impresionante, que tenía hasta sauna. Dos baños, wifi, aparcamiento privado y vigilado y sólo 18 euros por persona (por cierto, pese a que Polonia pertenezca a la Unión Europea, su moneda sigue siendo el zloty, al cambio un euro son cuatro zlotys). El único problema es que aunque se supone que el apartamento era para seis, en la práctica era para cinco, asi que tuvimos que hacer maniobras de urgencia para poder dormir todos. Ese sería el único pero, por lo demás el piso nos encantó. Iba a habernos venido a cobrar el propio casero pero finalmente me avisó que no le daría tiempo, por lo que finalmente el cargo me lo hicieron directamente desde Booking.

Al visitar Varsovia hay que tener en cuenta el pasado comunista de Polonia y lo que ha sufrido esta ciudad, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, cuando quedó arrasada prácticamente en su totalidad por los bombardeos de los nazis. Por aquel entonces, más de un tercio de la población de Varsovia era judía y los que no murieron, salieron huyendo. Tras la guerra, más de un 90% del centro histórico había desaparecido. Sin embargo, el gobierno comunista se puso manos a la obra con la reconstrucción, intentando que fuera tan fiel a la original que a dicha labor se la premió con el título de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Hay gente que considera que esta reconstrucción incluso fue demasiado fidedigna pero en mi opinión han hecho un trabajo increíble. Los arquitectos se basaron en pinturas y fotografías anteriores a la guerra y se utilizaron los escombros de los antiguos edificios bombardeados, por lo que de un modo u otro la vieja ciudad aún continúa estando muy presente.

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Lo más bonito de Varsovia se encuentra en la Stare Miasto, la Ciudad Vieja, el barrio más antiguo de la ciudad y cuyas casas de colores son las que veis en la fotografía de arriba.  Su corazón es la Rynek Starego Miasta, la Plaza del Mercado, donde se amontonan las terrazas, las heladerías y los puestos de souvenirs. No obstante, es el punto más visitado de la ciudad.

Uno de los monumentos más bonitos de Varsovia es el de la Sirena (nos encanta que haya tantos monumentos a sirenas repartidos por el mundo). La leyenda cuenta que hace muchos, muchos años dos sirenas hermanas nadaban por el Mar Báltico. Una de ellas, Szawa, llegó primero a Gdansk y luego siguió nadando por el río Vístula hasta llegar a lo que hoy sería Varsovia. Pero un mercader la atrapó, la encerró y tuvo que ser rescatada por Wars, un pescador (por este motivo la ciudad se llama Warsaw en inglés y Warszawa en polaco). Szawa, en agradecimiento, prometió a los ciudadanos defenderles con un escudo y una espada por el resto de la eternidad. Sin embargo, pudo ayudarles poco cuando durante 63 días 600.000 varsovianos resistieron más mal que bien los bombardeos de los alemanes.

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El centro de Varsovia la verdad que nos sorprendió muy gratamente, ya que todo el mundo que conocíamos que había estado en Polonia nos decía que la capital era feísima. Bueno, pues los suburbios quizás sí (mucho bloque de hormigón de la época comunista) pero el centro me pareció bien bonito, con callejones empedrados y un montón de iglesias relevantes (la Catedral de San Juan, la iglesia de San Jacek, la de San Kazimierk o la de San Martín).

El Castillo Real de Varsovia es otro de los puntos más visitados. También hubo de ser reconstruído tras los bombardeos alemanes. Se puede visitar por dentro (precio de la entrada 22 PLN) para admirar las Habitaciones de los Príncipes, la Sala de los Senadores o el Salón de los Caballeros. Frente a él se encuentra la impresionante Columna de Segismundo, de más de 20 metros de altura y que representa al rey Segismundo III portando la corona real.

El Castillo Real de Varsovia es otro de los puntos más visitados. También hubo de ser reconstruído tras los bombardeos alemanes. Se puede visitar por dentro (precio de la entrada 22 PLN) para admirar las Habitaciones de los Príncipes, la Sala de los Senadores o el Salón de los Caballeros. Frente a él se encuentra la impresionante Columna de Segismundo, de más de 20 metros de altura y que representa al rey Segismundo III portando la corona real.

Monumento a los Héroes de la Resistencia del Movimiento del Gueto. El gueto de Varsovia fue el mayor creado por los nazis en toda Europa. Aquí se encerraron a más de 400.000 judíos, un 30% de los habitantes de Varsovia (no sólo polacos, también de otros países). Estuvo en actividad durante tres años y era el paso previo a la deportación a otros campos de concentración como el de Treblinka. De los 400.000 habitantes del gueto, sólo llegaron al final de la guerra 50.000 personas. Entre el 19 de Abril y el 16 de Mayo de 1943 se produjo el Levantamiento del Gueto de Varsovia. Los judíos habían construido bunkers, túneles subterráneos y conseguido que muchos polacos les pasaran armas de contrabando. Comenzó una batalla campal entre judíos y soldados de las SS que duró varios días y acabó con edificios quemados y 7.000 judíos muertos. El gobierno alemán demolió la sinagoga como símbolo de su victoria y aprovechó el aplastamiento contra los sublevados para utilizarlo como llamada de advertencia para los que osaran resistirse. En la durísima película “El pianista”, protagonizada por Adrien Brody, se retrata muy bien cómo fueron estos días nefastos para la historia de Polonia.

Una barbacana era una fortaleza defensiva medieval que solía salvaguardar torres o muros interiores. La de Varsovia hubo de ser reconstruída en parte tras los bombardeos (databa de 1548). Tiene más de un kilómetro de longitud y en su interior hay una exposición permanente acerca de las antiguas murallas medievales de Varsovia.

Con una arquitectura totalmente diferente a la de la Ciudad Vieja, el Palacio de la Cultura y de las Ciencias continúa siendo a día de hoy el edificio más alto de Polonia con sus casi 240 metros de altura. Fue un regalo de la Unión Soviética y fueron muchos los polacos que pidieron su derribo cuando cayó el Muro de Berlín. Pero hicieron bien en no destruirlo. Es una parte más de la historia del país y su desaparición hubiera constituído una pérdida irreparable.

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Antes de dejar Varsovia, os recomiendo para cenar un restaurante preciosísimo, situado en Świętojańska 2, en el casco antiguo, propiedad de Magda Gessler, presentadora de la versión polaca de “Pesadilla en la cocina”. Aunque el servicio fue algo lento (casi media hora para traernos los postres) el local por dentro es muy,muy bonito y la comida espectacular. Los pierogi que pedí, de los mejores que probé en toda Polonia. Así aprovecho para contaros un poco de este plato, el más famoso de la gastronomía polaca. Son una especie de raviolis rellenos de mil maneras diferentes, hay un montón de variantes aunque los más comunes son los rellenos de queso, puré de patatas y cebolla.  Están exquisitos… y advierto que llenan muchísimo.

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A la mañana siguiente madrugamos bastante porque nos quedaban un montón de kilómetros hasta llegar a Gdansk. Son casi cinco horas de viaje y como os comentaba, las carreteras no están en muy buen estado y hay camiones para aburrir, aparte que los polacos son muy dados a los adelantamientos suicidas. La comida la hicimos bastante frugal en una estación de servicio (te ponen unos perritos calientes gigantescos por sólo 2 euros) para poder llegar a Gdansk al mediodía. El precio de la gasolina, por cierto, muy similar al de España.

Mi recomendación si vienes a Polonia es que de una manera u otra intentes incluir en el recorrido la bellísima ciudad de Gdansk, en el norte del país y capital de Pomerania, aunque te quede bastante alejada de Cracovia, que está en la otra punta. Al menos a mí me pareció una ciudad muy linda. Quizás te suene más bajo el nombre de Danzig (que es como la conocen los alemanes). Hay que tener en cuenta que a lo largo de sus mil años de vida, ha sido durante mucho tiempo una de las ciudades más ricas de Polonia, debido a que formaba parte de la Liga Hanseática (asociación de ciudades mercantiles del Mar Báltico) y era un punto comercial importantísimo. Aparte, sus joyeros y orfebres eran de los mejores de Europa y diseñaban y vendían joyas a muchas familias reales europeas.

En Gdansk habíamos alquilado esta vez un dúplex en pleno centro, lo que nos venía de lujo para dejar aparcado el coche y despreocuparnos de él. Pero antes de irnos al casco antiguo, hagamos un paseo hasta sus astilleros, ya que aquí se escribió uno de los capítulos más importantes de la historia de Polonia. En 1980, Lech Walesa fundó aquí Solidaridad, el primer sindicato de trabajadores del Bloque Soviético y que supuso el inicio de las hostilidades de los ciudadanos hacia el gobierno comunista, aunque ellos siempre defendieron que las cosas se consiguieran pacíficamente. Solidaridad llegó a tener diez millones de afiliados, lo que suponía una seria amenaza para un gobierno acostumbrado a que nadie le levantara la voz. Aunque el gobierno intentó destruirlo una y mil veces, esto sólo contribuyó a incrementar su popularidad entre la ciudadanía, hasta el punto de que en 1989 se presentaron a las elecciones y Walesa se convirtió en el nuevo presidente del gobierno de una Polonia libre, cargo que ocupó durante cinco años.

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El Paseo del Muelle, a las orillas del río Motlawa y donde aparte de este impresionante galeón hasta vimos entrenándose a unos regatistas, es probablemente el más bonito de todo Gdansk. Esta ha sido desde su nacimiento una ciudad portuaria, por lo que uno de los lugares más visitados es precisamente el Museo Marítimo. Pero lo que más destaca y es sin duda el auténtico símbolo de la ciudad es la Grúa de Gdansk, esa que veis en la fotografía de abajo. Construcción única en Europa, es un edificio medieval del siglo XIV, con una estructura central totalmente de madera, flanqueada por dos torres circulares de ladrillo. Antiguamente, se manipulaba a mano (sí, sí, habéis leído bien) y sus poleas podían llegar a subir una carga de hasta dos toneladas a una altura de 30 metros. Se encuentra en la Ulica Dlugie Pobrzeze: esta calle, una avenida llena de restaurantes bien bonitos, se llamaba antiguamente Puente Largo y era una larguísima pasarela de madera donde atracaban los barcos.

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El Gran Molino de Gdansk fue uno de los edificios industriales más grandes de la Europa medieval. Se encuentra en una pequeña isla en el Canal Radunia y hoy en día acoge un centro comercial. Construido en el siglo XIV se mantuvo en funcionamiento durante más de 500 años, llegando a producir más de 200.000 kilos de harina por día y funcionando al mismo tiempo como molino, granero y panadería.

Nuestro dúplex en Gdansk estaba a dos minutos andando de lo que los locales conocen como la Ruta Real, llamada así por haber sido testigo de pomposas ceremonias y multitudinarios desfiles. Precisamente en la Brama Wyzynna, la puerta principal de Gdansk, era donde el monarca de turno recibía las llaves de la ciudad y la bienvenida de sus súbditos. La Puerta Alta, conocida así por su situación por encima del nivel del agua y plagada de inscripciones, entre las que destaca la de “la justicia y la piedad son las bases de todos los estados”, es además la entrada al casco antiguo y donde podrás recopilar información turística.

La segunda puerta en importancia es la Puerta Dorada (la de la foto de abajo). Fue fundada por la Asociación de San Jorge con gran influencia del estilo flamenco.

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En el centro de Gdansk la calle con más animación es la Dluga o Calle Larga, llena de restaurantes, pubs, cafeterías y joyerías repletas de ámbar, muy típico de la zona (verás que lo venden por todos lados).  Una avenida señorial al máximo que me recordó muchísimo a Ámsterdam, con sus casas recargadas de gárgolas y una atmósfera antiquísima. Aquí se puede encontrar el bellísimo Ayuntamiento, construido en el siglo XIV. Antiguamente fue hogar de monarcas pero hoy acoge en su seno el museo de la ciudad (entrada 10 zlotys).

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Otro de los símbolos de la ciudad, situado en Dlugi Targ, el Mercado Largo, es la bonita estatua de Neptuno, que pretende simbolizar la estrecha relación de Gdansk con el mar.

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El Mercado Largo, uno de los lugares con más vidilla de la ciudad

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La Torre de la Prisión, levantada en el siglo XIV, ha sido testigo de los interrogatorios más sangrientos y de las torturas más perversas. Aquí se llevaban a cabo también las ejecuciones de los condenados. Hoy en día alberga el Museo del Ámbar, donde hasta podrás encontrar una guitarra Stratocaster fabricada con este material.

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Las bonitas fachadas de Gdansk, su mayor atractivo turístico

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Un par de recomendaciones gastronómicas. La primera, el restaurante Euro (Dluga 79), considerado uno de los mejores de la ciudad (unos 18 euros por persona). Tienen un menú amplísimo de comida tradicional polaca, del que recomendaremos su variada carta de sopas y sobre todo, el pescado (recordad que esta es una ciudad pegada a la costa). Para el cerveceo, nos encantó el Ámsterdam Bar (Garbary 6), un local súper acogedor con una lista de cervezas grandísima. Esa es una de las cosas que más nos gustó de Polonia, la veneración de los polacos hacia la cerveza artesanal y de calidad, entrabas en cualquier sitio y tenías miles de marcas para elegir. Y a muy buen precio, una buena pinta no llegaba casi nunca a los dos euros. Además, allí los envases suelen ser más grandes que en España, lo más común es el medio litro. Las más populares son Zywiec, Tyskie , Zubr y Tatra (cada polaco se bebe 93 litros de cerveza al año). Yo, que me considero una fan acérrima de las lambic de frutas, me hice adicta a la Cornelius!

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El día siguiente, pese a que seguíamos teniendo nuestro alojamiento en Gdansk, le pasaríamos en el Castillo de Malbork, la visita que más ganas tenía de hacer en este viaje polaco y que, efectivamente, fue la que más me impresionó. Se encuentra a poco más de 60 kilómetros de Gdansk y bien se merece una escapada: es un lugar francamente espectacular. El castillo de ladrillo más grande del mundo.

Para que veais las diferencias entre unos precios y otros: en Escocia, de donde veníamos, cualquier visita a un castillo secundario (no hablo de Stirling o el de Edimburgo) no solía bajar al cambio de los 12 euros, y hablo de castillos en ruinas que te ventilas en media hora. La entrada a Malbork, 39 zlotys (10 euros) con audioguía en español incluída. Y te tiras toda la mañana recorriéndolo porque más que un castillo es una ciudad fortificada con decenas de dependencias de todo tipo. Los cinéfilos os vais a sentir la mayoría del tiempo como en la película “El Nombre de la Rosa”. Qué lugar más espléndido.

La impactante puerta de entrada de Malbork

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El castillo de Malbork (o de Mariemburgo, el Castillo de María) fue construido en el siglo XIII por la Orden de los Caballeros Teutónicos, una organización religioso-militar al estilo de la Orden de los Templarios y estaba formada principalmente por nobles alemanes. Malbork es la fortaleza gótica más grande de toda Europa: al estar situado en la ribera del río Nogat, permitió a los Caballeros cobrar un impuesto a los barcos que navegaban por sus aguas y ser partícipes, casi monopolizándolo, del comercio de ámbar. Así, gracias a estas riquezas, fueron añadiendo edificios al castillo principal y levantando una ciudad en miniatura que se convirtió en una de las fortalezas más inexpugnables del norte de Europa.

Las murallas de Malbork salvaguardan un área que se va hasta los 21.000 metros cuadrados, lo que significa que es el triple de grande que el Castillo de Windsor, por poner un ejemplo.  Malbork sirvió al mismo tiempo como monasterio, centro de intrigas políticas y fortaleza militar, ya que a fin de cuentas, la labor principal de los Caballeros Teutónicos, por muy religiosos que parecieran, era exterminar a todos aquellos paganos que se negaran a convertirse al cristianismo. Vamos, que eran unas Cruzadas en toda regla pero en el Báltico.

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Estos monjes-guerreros germanos se olvidaban de la piedad y la clemencia a la hora de torturar a los prisioneros, haciendo gala de una crueldad que sólo trajo más odio hacia ellos. Cuando un caballero era capturado, los infieles le lanzaban a las llamas con la armadura puesta para que se cocinara vivo.

En Malbork llegaron a vivir más de 3.000 soldados, que se autocastigaban con una vida monacal muy estricta (parece que el cristiano es a lo que ha venido al mundo, a sufrir) y en la que les estaba totalmente vetada la vida sexual: por dicho motivo, muchos monjes se ataban la ropa cuando se iban a la cama, no fuera a ser que alguno de sus compañeros pretendiera ser cariñoso en mitad de la noche. Sin embargo, se permitían otros lujos, como la primitiva calefacción de entonces (piedras calentadas en hornos que se situaban bajo el suelo). nos llamaron también mucho los retretes, situados en las alturas (un agujero enviaba los desperdicios al patio) y donde el papel higiénico eran hojas de col.

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El Castillo de Malbork fue el más importante del centenar de castillos que la Orden Teutónica repartió por todo el norte de Polonia. Acceder a él era una tarea ardua y casi imposible: puentes y pasarelas obstaculizaban el paso a los enemigos, un foso aislaba a Malbork por completo y cientos de arqueros disparaban flechas desde ventanucos minúsculos. Había vigías vigilando día y noche: la orden Teutónica vivía siempre en estado de alerta ante ataques imprevistos. Además, la importancia de Malbork se incrementó cuando el Gran Maestre se trasladó a vivir aquí desde Venecia: aún se puede visitar el gigantesco salón donde se organizaban las reuniones entre él y el resto de caballeros y donde su silla-trono ocupaba un lugar privilegiado.

Dentro del castillo, entre otras dependencias, se encontraban las capillas (una de ellas semidestrozada por las guerras y que los polacos no han querido restaurar como símbolo y recuerdo de las barbaries bélicas), los dormitorios de los monjes, cocinas grandísimas, bibliotecas para el estudio, un cementerio, jardines donde los monjes experimentaban con la botánica, un granero… no les faltaba de nada. Unos edificios y otros estaban comunicados por pasadizos y corredores por los que era muy fácil perderse (a nosotros mismos nos pasó unas cuantas veces pese a estar las rutas señalizadas).

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A la salida, aprovechamos que en el pueblo se celebraba un mercadillo medieval para hacernos con unas cuantas cervezas artesanales polacas. ¡Ricas,ricas!

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Para bajar la comida, en vez de volver a Gdansk y como aún era pronto y hacía calorcito, decidimos coger el coche y acercarnos a la acogedora ciudad de Elblag a dar una vuelta y tomarnos una cerveza en sus encantadoras terracitas. Una ciudad sin apenas turistas por la que es una delicia pasear. Aquí en la Puerta del Mercado Antiguo.

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De Gdansk a Wroclaw teníamos casi 500 kilómetros, la mayor parte por carreteras regionales, por lo que madrugamos bastante al día siguiente. Menuda odisea para encontrar un lugar para comer a mitad de camino, apenas encontrábamos restaurantes y para uno que encontramos, todo el menú estaba en polaco y la camarera, que era una arisca de cuidado, ni se limitaba a mirarnos cuando la hablábamos, asi que nos dimos la vuelta y nos fuimos. Al final logramos encontrar un restaurante estupendo casi llegando a Wroclaw, donde degustamos la sopa borsch tan típica del norte de Europa, a base de remolacha (yo la hago a menudo en casa y está sabrosísima). No olvidéis tampoco probar los callos polacos, mucho más suaves que los españoles a la hora de condimentarlos.

En Wroclaw habíamos reservado el hotel más barato de todo el viaje, el Wieniawa (24 euros la habitación doble) y la verdad que nos encantó porque es una auténtica reliquia comunista. Estaba todo viejísimo pero muy limpio, lo que le daba un toque muy retro al asunto. El personal amabilísimo y aunque el desayuno no está incluído, compensa pagarlo: cuesta sólo 4 euros y es un buffet enorme donde tienen cabida hasta las tartas.

Wroclaw, conocida por los españoles como Breslavia, recibe todos los años un montón de turistas alemanes al no encontrarse demasiado lejos de la frontera. Es la ciudad más importante de la región de la Baja Silesia y la cuarta ciudad polaca en lo que a población se refiere. Su centro neurálgico es la Plaza del Mercado, la mayor del país por detrás de la de Cracovia. El Ayuntamiento, que se encuentra aquí, tardó casi tres siglos en construirse y dentro se encuentra el Museo Histórico. Destaca también la Iglesia de Santa Isabel con su campanario de 80 metros de altura.

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La Marquet Square (o Rynek, como la conocen los polacos) estaba animadísima, ya que Polonia disputaba un partido, creo que de voleibol, y allí estaban todos los locales animando en las terrazas. Un ambiente bastante diferente al de hace siglos, cuando en esta plaza se exponían las cabezas de los ajusticiados. Muy cerquita tienes la Plac Solny, la Plaza de la Sal, con sus inconfundibles puestecitos de flores.

Estas de aquí abajo son las casas de Hansel y Gretel, dos edificios medievales unidos por una arcada, uno de los lugares más queridos por los locales

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Uno de los símbolos más entrañables de Wroclaw son sus enanitos. Están desperdigados por toda la ciudad (hay más de 150) y uno de los pasatiempos de los turistas es precisamente ir a su caza y captura (nosotros encontramos unos cuantos). Los polacos los conocen como krasnale: su origen proviene de mediados de los 80, cuando el grupo revolucionario Alternativa Naranja comenzó a repartirlos por diferentes rincones como símbolo de su lucha contra el gobierno.

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A la mañana siguiente enfilábamos hacia la última parte del viaje, a la que es considerada la más bella ciudad de Polonia y en añadidura de Europa. Nuestro siguiente destino, qué ganas había ya, era Cracovia, donde pasaríamos tres días.

El alojamiento elegido esta vez, el mejor del viaje. Por medio de Airbnb cogimos un pisazo de dos plantas en pleno centro, en un edificio antiquísimo al que la única pega a ponerle era que no tuviera ascensor y nos tocara cargar los tres pisos con las maletas. Pero por lo demás, una pasada, a dos minutos andando de la Stare Miasto, la plaza principal, con habitaciones grandísimas, todas las comodidades y una cocina gigantesca.

Ya que hemos mencionado la Plaza del Mercado, vayámonos a ella para comenzar nuestro recorrido. La Rynek Glowny, como la conocen los polacos, es la más grande del país: cada lado mide más de 200 metros. En el centro de esta se encuentra el bonito Mercado de los Paños, el Sukiennice, un edificio de estilo renacentista del siglo XIV que es donde habitualmente trabajaban los comerciantes textiles y que hoy está repleto de tenderetes de souvenirs.

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Torre del Ayuntamiento, donde se encuentra el Museo Histórico de Cracovia (entrada 7 zlotys). En el sótano, donde antiguamente se encontraban las mazmorras, se ha construido un teatro. Muy cerquita se encuentra la Basílica de Santa María, con sus dos torres de diferentes alturas. El famoso toque de trompeta, el Hejnal, suena cada hora para recordarnos cómo se daba la voz de alarma en la época medieval.

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El Castillo de Wawel es el monumento más visitado de Cracovia. Ubicado en lo alto de una colina, está considerado uno de los grandes orgullos de Polonia. Cuando la capital se trasladó a Varsovia, quedó parcialmente abandonado y ocupado por prusianos y austriacos pero actualmente reporta grandes beneficios económicos al ayuntamiento de la ciudad.

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Cerca del castillo nos encontramos con la Catedral de Wawel, con más de mil años de historia y un referente para los polacos, ya que era donde se coronaba a sus reyes, muchos de los cuales están aquí enterrados (se puede visitar la cripta con los sarcófagos reales). Aquí también se encuentra la tumba de San Estalisnao, el patrón de Polonia.

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Si vienes a esta parte de la ciudad, no dejes de fotografiarte con el dragón de Wawel, la “mascota” de Cracovia. La leyenda cuenta que el dragón aterrorizó en la antigüedad a los habitantes hasta que un humilde zapatero le ofreció un cordero relleno de azufre y el dragón, al contacto con las llamas que salían de sus fauces, explotó. Cada cinco minutos sale una llamarada de la boca de la estatua.

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La Barbacana de Cracovia fue otro de los rincones que más nos gustó. Estas robustas murallas medievales tienen tres metros de grosor y aparte de defender la ciudad, constituían el punto controlado de entrada y salida de locales y visitantes.

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Hablando de murallas, aún queda algún tramo en pie, como este que veis en la fotografía

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La Iglesia de San Pedro, uno de los edificios más bonitos de Cracovia, con las esculturas de los Doce Apóstoles en el exterior. Polonia es un país profundamente religioso y del personaje del que más orgulloso se sienten es del Papa Juan Pablo II (nos encontramos un montón de monumentos a su persona desperdigados por el país).

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Una de las mañanas la gastamos en Kazimierk, el barrio que acogió a los judíos durante más de 500 años, hasta que llegaron las tropas nazis en la Segunda Guerra Mundial y se llevaron a todos sus habitantes. Aún así, hoy en día sobreviven varias sinagogas (entre ellas, la Sinagoga Vieja, la más antigua de Polonia, aunque la única que sigue en activo, la Remuh, es curiosamente la más pequeña) y se ha convertido en un barrio muy bohemio.

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En el barrio judío nos topamos con un mercadillo muy curioso, donde se vendía un montón de parafernalia de la Polonia comunista, y aprovechamos para comer en un restaurante judío, con su menú kosher correspondiente. Un restaurante encantador, por cierto, y muy bien de precio. Se llama Hamsa  & Humus Happiness Israeli Restobar (Szeroka 2) y pudimos probar la deliciosa mousakka libanesa o estos variados entrantes para abrir apetito, servido en esta curiosa bandeja que simulaba una jamsa (la jamsa es un símbolo típico de las culturas judía y musulmana, una especie de talismán).

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Ya que tocamos de nuevo el tema de la gastronomía, dos recomendaciones más:

La primera, el restaurante Miod i wino, un restaurante medieval de comida polaca tradicional que para fortuna nuestra estaba en la esquina de nuestra casa (Slawkowska 32) y considerado de lo mejorcito de la ciudad. Aún así, no salimos ni a 25 euros por persona, con sorbete de vodka incluído. Platos espectaculares como los que veis ahí abajo, caso de la sopa de champiñones en plato de pan o el pato a la salsa de cerezas. ¡Qué lugar más magnífico!

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Nuestra segunda recomendación, ya saliéndose de la gastronomía polaca, es el restaurante ucraniano Smak Ukrainski (Kanonicza 15). Qué local más encantador, situado en una gruta subterránea, y qué comida más estupenda. En nuestro caso era la primera vez que probábamos la gastronomía de Ucrania y salimos encantados. Desde los deliciosos vinos de Crimea, muy dulces, a la deliciosa sopa borsch blanca (que en vez de remolacha utiliza rábano), el goulash de ternera, las ensaladas ucranianas, cerdo al estilo de los Cárpatos… ¡qué rico estaba todo!

Otro de los lugares que fuimos a visitar fue el barrio de Podgorze, lo que era el antiguo gueto judío, donde se seleccionaba a los judíos que se enviaría a los campos de concentración.  Aprovechamos para acercarnos a visitar la fábrica de Oscar Schindler (esa que popularizó Spielberg con la oscarizada “La lista de Schindler”). La entrada cuesta 19 zlotys (unos 5 euros) y es una visita muy didáctica ya que la fábrica, hoy convertida en museo, expone a lo largo de un montón de salas cómo fue la invasión nazi en Polonia. Debido a su ubicación geográfica, Polonia siempre había sido un país que se disputaron rusos y germanos. Aunque al principio los alemanes llegaron a Polonia con intenciones supuestamente pacíficas, poco a poco comenzaron a demostrar su carácter autoritario, cerrando universidades, censurando cualquier voz crítica y recluyendo a miles de judíos en el gueto, privándoles de escuelas, hospitales, libertad para entrar y salir y los productos básicos para sobrevivir, ya que las cartillas de racionamiento aportaban menos de 900 calorías por persona y día. La mayoría de ellos acabaron en campos de concentración, aunque Oscar Schindler logró salvar a 1.200 judíos colocándoles a trabajar en su propia fábrica.

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Para el final del viaje dejaríamos la excursión a uno de los lugares más bonitos de Polonia, las Minas de Sal Wieliczka. La entrada es bastante cara para ser Polonia (79 zlotys, 20 euros) e íbamos a haber ido en transporte público hasta que vimos en una agencia de viajes del centro histórico que por ir seis nos ofrecían un tour de transporte+entrada por 25 euros, así que la contratamos y nos vinieron a recoger a la misma puerta de casa. Además, nos entraba la audioguía en español.

Las minas se encuentran a unos 15 kilómetros de Cracovia y aparte de ser una de las minas más antiguas del mundo, también son de las más visitadas: casi un millón de personas por año. Están situadas a más de 300 metros de profundidad (tuvimos que bajar andando el equivalente a cuarenta pisos) y no son aptas para claustrofóbicos. Te va a llevar toda la mañana visitarlas porque durante varios kilómetros, los que están abiertos al público, se recorren un montón de salas subterráneas, lagos y hasta capillas (sí sí, aquí hay gente que celebra sus bodas).

Las minas, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, tienen un montón de estatuas, candelabros, lámparas y altares construídos única y exclusivamente con sal. De hecho, si pasas la yema del dedo por las paredes y luego lo chupas, comprobarás que hasta los muros son de este material. La sal era un bien muy preciado en la antigüedad, cuando no existían los congeladores y era la única forma de mantener en buenas condiciones los alimentos. Incluso a muchos de los mineros se les pagaban sus honorarios con sal (de hecho, de ahí viene la palabra “salario”). La concentración de sal es tan grande en algunos de los lagos de la mina que supera con creces la del agua del Mar Muerto: si te caes dentro de alguno de ellos, no tienes peligro de ahogarte ya que tu cuerpo flotará.

Las impresionantes estatuas de sal

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El rincón que más nos gustó, la Capilla de Santa Kinga, donde hasta hay una réplica de “La última cena” de Leonardo DaVinci hecha enteramente de sal, al igual que la lámpara de la fotografía. ¡Un lugar extraordinario para decir adiós a nuestras aventuras por Polonia!

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