NORUEGA – Oslo

OSLO: LA CAPITAL VIKINGA

¡Qué ganas le teníamos a la capital noruega! Uno de esos viajes que por un motivo u otro, en este caso el factor económico (Oslo probablemente sea la ciudad más cara del mundo), vas retrasando en beneficio de otras opciones. Sin embargo, siendo como somos unos verdaderos apasionados de la cultura escandinava y más en concreto de sus antepasados vikingos, no queríamos alargar la demora. Asi que con vistas para hacer en un futuro un viaje en coche por los fiordos noruegos, con más tranquilidad y planificación, decidimos aprovechar un puente de cuatro días para irnos a conocer Oslo, la capital de Noruega. ¿Que es cara? Sí, mucho. Pero como suelo decir, “siempre hay un roto para un descosido”: ante los precios realmente elevados, un montón de trucos y consejos que te iremos reseñando para que un viaje aquí no te suponga un ojo de la cara y parte del otro.

En mi caso, en realidad no era mi primera vez en Oslo. Hace cerca de diez años había ido para allá un fin de semana por motivos de trabajo (tenía que hacer un reportaje con Dimmu Borgir, una de las bandas más importantes de Noruega). El problema es que precisamente al ser un viaje por motivos laborales, apenas nos quedó tiempo para hacer turismo y me quedé con esa espinita ahí clavada. Eso sí, nos alojaron en un hotel increíble que parecía la casa de Norman Bates en “Psicosis”, el Scandic Holmenkollen Park (ahí abajo os dejo la foto); en esta ocasión no repetimos porque se nos iba de presupuesto (160 euros la noche) pero lo cierto es que aparte de ser un hotel precioso, se encuentra en una situación privilegiada, en lo alto de una montaña a las afueras de Oslo, con unas vistas increíbles de la ciudad, y justo al lado de la famosa plataforma de saltos de esquí de Holmenkollen. Un hotel con mucha historia, construído a finales del siglo XIX y que en sus inicios fue concebido como sanatorio. Cuentan de él que es uno de los más misteriosos de Escandinavia: nosotros te aseguramos que, en cualquier caso, sí es de los más bonitos.

Hotel Scandic Holmenkollen Park

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Foto: Chris Alban Hansen
Comencemos con los datos prácticos. Para ir a Oslo tienes tres aeropuertos: el principal (Gardermoen), a 50 kilómetros al norte de la capital, Rygge (60 kilómetros al sur de Oslo) y el de Torp Sandefjord, a 110 kilómetros de la ciudad. Lo más probable es que, como nosotros, aterrices en Rygge ya que es donde opera Ryanair. Los vuelos nos salieron bastante bien de precio (eso sí, cogiéndolos con mucha antelación), unos 110 euros ida y vuelta. Poco menos de cuatro horas para llegar desde España en vuelo directo.

Cuando llegues a Rygge (verás que el aeropuerto es pequeñísimo, nosotros sólo vimos unos cuantos aviones de Ryanair), en la propia puerta de salida tienes el autobús Rygge Ekspressen, que en una hora aproximadamente te deja en la estación central de buses de Oslo. El precio por billete (sólo de ida, no hay descuento por ida y vuelta) es de 180 coronas noruegas, aproximadamente unos 20 euros. No os preocupéis si llegáis tarde por la noche ya que los autobuses están coordinados con los vuelos y esperan a que lleguen los pasajeros aunque vengan con retraso (vamos, que sin transporte no os quedáis). Lo que sí os aviso es que cuando vengáis desde Oslo hacia el aeropuerto, los buses también se amoldan a los horarios de los vuelos: me refiero a que no salen cada hora sino que si por ejemplo hay un vuelo a las cuatro de la tarde, suelen salir de la estación unas tres horas antes. Para aseguraros de los horarios lo mejor es que echéis un ojo a la página de los buses http://ryggeekspressen.no/ .

Para el alojamiento, teniendo en cuenta que los hoteles en Noruega son carísimos (aún más en Oslo) y si vas con presupuesto ajustado, os recomiendo el hostal Anker. Nos habían hablado de él varios amigos que se habían alojado allí y después de comparar con otros, es la mejor opción. Sale a unos 60 euros la habitación / noche: os recuerdo, eso sí, que es muy habitual que en los hoteles escandinavos no os incluyan las toallas ni ropa de cama (me ha ocurrido varias veces en Suecia o Dinamarca), por lo que puedes llevar las tuyas, que es lo que solemos hacer nosotros, o alquilarlas allí por 5 euros. Las habitaciones son muy básicas, dos camas del Ikea y poco más, pero son grandes y espaciosas, están limpias, tienen baño privado, wifi gratuito y hasta una pequeña cocinita con nevera. El ambiente del hostal bastante agradable, mochileros principalmente. Y lo mejor es que está super céntrico, a diez minutos andando de la estación central de buses y en pleno centro histórico de Oslo.

La segunda recomendación es que nada más llegar te hagas con la Oslo Pass. La puedes adquirir para 24 horas, 48 horas o 72 horas (nosotros cogimos la de dos días y al cambio fueron unos 50 euros, la compramos en la propia recepción del hostal; la venden en la mayoría de los hoteles y en la Oficina de Turismo que está enfrente de la estación central). Puede parecer algo cara pero si tienes en cuenta que te cubre la entrada a la mayoría de los museos (la entrada individual a los museos suele costar cerca de 15 euros) y que además te permite usar todas las veces que quieras el transporte público, en mi opinión merece la pena el gasto de largo. En cuanto al transporte, ya que lo mencionamos, aunque Oslo es una ciudad pequeña comparada con otras capitales europeas, recuerda que en cuanto comienza el otoño, con él llega el frío. Nosotros estuvimos en Octubre y no nos hizo demasiado, unos 10 grados y además ni lluvia ni nieve (hasta nos lució el sol), por lo que fuimos a casi todos los sitios andando, pero si vienes en invierno utilizar buses y tranvías se hace indispensable. Si llevas la Oslo Pass, no necesitas sacar ticket ni validarlo, te subes en el metro, el tranvía o el autobús y si te lo pide algún revisor, lo enseñas y arreglado.

Al primer lugar al que nos acercamos en Oslo nada más levantarnos fue a la península de Bygdoy, un área residencial de Oslo muy popular entre los locales, ya que van a darse por allí sus buenos paseos cuando el tiempo acompaña. Para llegar hasta allí cogimos en la misma puerta del hostal el bus 30, que en poco menos de media hora te deja en Bygdoy. Nuestra primera parada sería también en la que teníamos más interés: el Norsk Folkemuseum o Museo del Pueblo Noruego.

El Museo del Pueblo Noruego es el museo al aire libre más grande de todo el país. Aquí se reúnen casi 160 edificios (la mayoría de los siglos XVII y XVIII) que se han trasladado aquí desde diferentes puntos de Noruega para que nos hagamos una idea de cómo se vivía en las áreas más rurales y aisladas del país. Este museo, que lleva abierto desde 1894, tiene un área total de 140 kilómetros cuadrados y se exponen 230.000 objetos, a nosotros nos pareció enorme.

La joya de la corona del Norsk Folkemuseum es la Gol Stave Church que veis en la fotografía de abajo. Las stavkirke, que es con la palabra noruega que se conoce a este tipo de preciosas iglesias de madera, son templos cristianos medievales cuya antigüedad llega a remontarse más de 800 años (esta en concreto data del 1212). En Noruega quedan aún en pie casi 30 iglesias de este tipo diseminadas por todo el país (la de Urnes incluso es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO), aunque en el pasado llegó a haber más de 2.000. Una de las mayores curiosidades de las stavkirke es que suelen estar decoradas con representaciones de dragones y leones luchando y muchas de ellas acogen algunos de los mejores ejemplos de pinturas del medievo.En Noruega las 28 stavkirke existentes no sólo son un orgullo para el país sino que además están protegidas por la Ley de Memoria Cultural.

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La Gol Stave Church se trajo del pueblo de Gol y se salvó de ser demolida gracias a la Sociedad para la Preservación de Monumentos Antiguos Noruegos. Fue el rey Oscar II quien financió su restauración y relocalización (lo curioso es que actualmente en Gol hay una réplica de la stavkirke original).

En el museo se ha pretendido reconstruir cómo era la vida en el entorno rural en la época medieval. Hay que tener en cuenta que en Noruega, al contrario que en la mayor parte de Europa, donde las tierras pertenecían al rey,los señores feudales y la iglesia, imperaba el sistema alodial. Esto significa que los campesinos eran los dueños absolutos de sus terrenos y se heredaban de padres a hijos. Posteriormente, con el paso de los años (a partir del 1600), muchas de estas parcelas se dividieron en otras más pequeñas con sus correspondientes granjas (las granjas se conocían en noruego como “tun”). La mayoría de los edificios agrícolas solían situarse en lo alto de las colinas para evitar desperfectos en caso de heladas.

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Una de las cosas más características del paisaje agrario de Noruega son las “casas de tejado de césped”, como esta que veis aquí abajo. Hasta el siglo XIX eran el tipo de vivienda más habitual en las zonas rurales noruegas. En realidad, lo que vemos no es que sea todo hierba en el sentido literal sino que sobre todo es corteza de abedul, ya que es un excelente aislante, tanto para la lluvia como para la nieve.

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La recreación de la vida en los campos de Noruega es francamente magnífica. Se han traído granjas de lugares tan remotos como Setesdal, uno de los más aislados del país (el ferrocarril no llegó hasta casi el siglo XX y a la gente no le quedaba más remedio que moverse hasta allí a lomos de caballos). Gracias a este aislamiento muchas construcciones medievales se han conservado casi intactas. Los granjeros principalmente se abastecían en aquella época de cebada y de nabos y era habitual la elaboración de cerveza.

También se han traído granjas del valle de Numedal, otro área que estuvo muy despoblada hasta que se descubrieron las minas de plata; era muy habitual entre sus habitantes tener dos casas, la de invierno y la de verano. De Numedal se han traído viviendas de diferentes siglos para que veamos cómo evolucionaron los hogares a lo largo del tiempo. Algunas de las casas tienen inscripciones con runas en la puerta de entrada. Os recordamos que las runas eran los alfabetos de la antigüedad en Escandinavia. También se exponen granjas construídas por inmigrantes finlandeses y las casas de los colonos, que en Noruega son conocidos como husmann (era muy habitual que las granjas se arrendaran, con contratos orales o por escrito y cuyo alquiler se solía abonar en efectivo o en trabajo). Este sistema fue muy popular sobre todo en el sureste de Noruega. A mediados de 1800 había cerca de 65.000 colonos en el país. La casa de colonos más popular se llamaba uppstugu: solía contar con dos plantas y las paredes interiores generalmente estaban decoradas.

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En el museo podrás encontrar también una exposición súper interesante acerca del folklore noruego, donde se exhiben las vestimentas que usaban los agricultores y granjeros no sólo para trabajar sino también para asistir a la iglesia o para ocasiones especiales; estos últimos trajes, mucho más formales y elegantes, se denominaban bunad y más de un 60% de las noruegas tienen alguno en su armario. Muchos de estos trajes han sido utilizados en las comunidades rurales hasta bien entrado el siglo XX.

También se exponen vestidos y herramientas utilizados por el pueblo sami. Los samis o lapones viven repartidos entre las áreas más septentrionales de Noruega, Finlandia, Suecia y Rusia (en Noruega se calcula que viven unos 50.000 samis). La mayoría viven de la pesca en los fiordos, de la cría de renos y del turismo. Yo estuve hace años visitándolos en la Laponia finlandesa y quedé encantada, son una gente de lo más amigable con una identidad y cultura propias y únicas en el mundo.

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Las tiendas donde vivían los samis se llaman goahti y servían no sólo para acoger a las diferentes familias sino también a sus invitados. Cada uno de ellos tenía un lugar específico dentro de la tienda y un rincón donde poder guardar sus pertenencias.

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Otra de las curiosidades del Museo del Pueblo Noruego es que se expone el Old Town, un pueblo que se ha construído a base de edificios que se trajeron de los suburbios de Christiania, que es como se conocía a Oslo antiguamente. La mayoría de las casas son del siglo XVIII. Entre los edificios se puede encontrar hasta una prisión.

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Después de pasarnos nuestras dos horas largas en el Norsk Folkemuseum, nos fuimos andando hasta el Museo de los Barcos Vikingos, otro de los que más nos interesaban en el viaje. Os remito a otra entrada que metí en mi blog hace tiempo, reseñando el libro “Territorio vikingo”, para acercaros a las costumbres de estos pueblos nórdicos, pero nunca está de más recordar cuál era su modo de vida. Injustamente maltratados por el paso de la Historia, que les ha cargado con la mala fama de bribones y maleantes, los vikingos fueron probablemente los mejores navegantes que hayan existido nunca y de ellos se cuenta que llegaron a América muchos siglos antes de que lo hiciera Cristóbal Colón. Eran paganos y politeístas (solían venerar a dioses que simbolizaban las fuerzas de la Naturaleza), tenían un rey, el konungr, que debía contar, como sus descendientes, con la aprobación de los miembros más influyentes de la comunidad, y principalmente eran navegantes, campesinos, comerciantes, artesanos, forjadores e incluso esclavos (los thralls, que a diferencia de los siervos, no tenían derechos legales y solían ser prisioneros capturados en otras tierras); sin embargo, al contrario que en otras civilizaciones posteriores, la mujer tenía un papel importantísimo, ya que eran las amas y señoras de los hogares y hasta se las permitía ir a la guerra y divorciarse (que ahora esos logros nos parecen algo normal pero en aquellos tiempos eran una rareza). Las mujeres guerreras se conocían como skjaldmö y fueron las que inspiraron a las valkirias: muchas de ellas incluso llegaron a comandar barcos. Aunque los matrimonios solían acordarse mediante compromisos familiares, fueron muchos los que se casaron por amor, volviendo a poner en evidencia esa teoría de que los vikingos eran unos bárbaros sin corazón. Aunque eso no quitaba para que también practicaran la poligamia y aparte de la esposa, los hombres contaran con unas cuantas concubinas, generalmente esclavas. Para los vikingos lo más importante era la familia y eran habituales las luchas entre ellos por motivos de ultrajes o deshonor. Que se rechazara a un miembro de la familia era lo más parecido al destierro. Al mismo tiempo, era común adoptar a los hijos de otros miembros del clan, lo que fortalecía los lazos entre las diferentes familias.

Para los que somos muy fans de la cultura vikinga (y nosotros lo somos) la visita al Museo de los Barcos Vikingos es una auténtica delicia. Ya sabéis que se les conoce como drakkar, que es como antiguamente llamaban los islandeses a los dragones, ya que los barcos solían contar con una cabeza de dragón de madera que, curiosamente, se desmontaba antes de que se echaran a la mar. Los drakkar se usaban además como barcos funerarios: si el jefe del clan era lo suficientemente importante, a su muerte se le enterraba junto a su barco. Aunque lo de enterrar es un decir, ya que generalmente el rito fúnebre exigía colocar el cadáver con su ajuar dentro del drakkar, prenderle fuego y dejar que se consumiera mientras navegaba a la deriva.

Precisamente el drakkar más importante del museo, el barco de Oseberg, fue utilizado como nave funeraria. Se calcula que se construyó en el año 820: tiene 22 metros de largo y capacidad para 30 remeros. Aunque durante algunos años sirvió para su función original, la de navegar, acabó sus días como tumba de dos mujeres influyentes (eso es lo que se cree en un principio, ya que una era una anciana y la otra una mujer joven , los arqueólogos no saben si alguna de ellas no pertenecía a la nobleza y en realidad pudiera ser una esclava). Incluso existe la teoría de que una de ellas pudiera ser una sacerdotisa. Dentro del barco se encontraron tres trineos de lujo, un carro (el único carro vikingo encontrado completo en el mundo), palos con cabezas de animales talladas, cinco camas y los esqueletos de quince caballos, seis perros y dos vacas.

El drakkar de Oseberg

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El barco de Gokstad se construyó en el año 900 y fue hallado a finales del siglo XIX debajo de un túmulo de una granja. Es algo mayor que el barco de Oseberg (este tiene 24 metros de eslora) y también se usó como barco funerario: el poderoso hombre al que acogió se cree que murió en la batalla al haberse encontrado su cadáver con multitud de cortes en las piernas. Los ladrones saquearon el barco-tumba antes de que lo encontraran los arqueólogos, por lo que no había armas ni joyas en el ajuar funerario, pero sí se conservaron herrajes, camas, utensilios de cocina, un trineo y tres embarcaciones más pequeñas.

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Las cabezas de dragón que daban nombre a los drakkar. En el de Oseberg se encontraron cinco cabezas de animales talladas (cuatro se exponen y una estaba tan dañada que se está intentando restaurar dentro del museo). Las cabezas de dragón no sólo se encuentran en los drakkar sino también en antiguas viviendas vikingas e incluso en algunos tronos. Aunque no se sabe con exactitud cuál era su cometido, se cree que con ellas se buscaba la protección de los males.

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En el museo también se expone otro drakkar más pequeño, el barco de Tune, que también sirvió como pira funeraria. Aparte, hay una exposición aledaña bastante completa con utensilios y herramientas utilizados por los vikingos. La entrada al museo, igual que la del Norsk Folkemuseum, la cubre la Oslo Pass.

Otro de los museos que nos encantó visitar fue el Museo Kon-Tiki (también entra dentro de la Oslo Pass). Hace unos meses, cuando estrenaron la película noruega basada en la expedición, ya os hablé de las hazañas del explorador noruego Thor Heyerdahl pero nunca está de más volver a recordar esa travesía mítica. En 1947 cinco noruegos y un sueco demostraron al mundo lo que nadie quería creerse y que era la teoría más fuertemente defendida por Heyerdhal: que los pobladores precolombinos habrían surcado hace siglos las fieras aguas del Pacífico hasta llegar a la Polinesia. Y como el movimiento se demuestra andando, construyeron una balsa idéntica a la que suponían habrían utilizado aquellos primeros aventureros y se lanzaron a la odisea, para muchos locura, de cruzar el océano en ella. La llamaron Kon-Tiki, como el dios del sol al que, curiosamente, veneraban de idéntico modo los pobladores de Polinesia y de Sudamérica, uno más de los cientos de vínculos que sustentaban su hipótesis.

Entrada al Museo Kon-Tiki, representando a un moai, la típica escultura de la isla de Pascua, conocida por los aborígenes como Rapa Nui.

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Heyerdahl ganó en 1951 el Oscar al Mejor Documental por la película que filmó narrando un viaje que, evidentemente, pasó a la Historia. En esta rudimentaria balsa de madera que veis aquí abajo (y que yo me esperaba más grande, parece increíble cómo lograron conseguir su objetivo), recorrieron más de 6.000 kilómetros durante casi cuatro meses, enfrentándose a tormentas y tempestades, un sol abrasador, la desesperanza y el hambre. Aún así, consiguieron llegar los seis vivos, aunque naufragaron justo en los arrecifes que rodeaban una isla deshabitada de la Polinesia, vamos, que el Kon-Tiki sufrió y agonizó hasta que consiguió dejarlos a salvo. Poco después, fueron trasladados por la goleta Tamara a la isla más importante de la Polinesia, Tahití.

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Pero el Kon-Tiki no es el único barco que se expone en el museo. También se encuentra el Ra II, con el que en 1970 Heyerdahl cruzó el Atlántico en este barco construído con papiro, para demostrar de nuevo que los egipcios habían pisado también tierras americanas. El explorador noruego ya lo había intentado con el Ra I, aunque las tormentas y las malas condiciones en las que quedó la barca le impidieron llegar a su destino. Lo consiguió en esta segunda intentona: después de haber partido de Safi (Marruecos) y tras 57 días de navegación, atracó en las Islas Barbados.

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Igual que en otras ciudades la mayor parte de los atractivos se encuentran al aire libre (ojo, que Oslo también los tiene y los descubriréis más adelante en el relato), la capital noruega es una ciudad de museos, es en ellos donde se salvaguarda con mimo lo mejor de la esencia nórdica y en mi opinión no deberías perderte ninguno de los que te recomiendo en esta entrada de blog. Incluso aunque no seas mucho de museos, que sabemos también que no son del gusto de todo el mundo (a nosotros, sin embargo, nos encantan y creemos que es donde más y mejor se aprende), en Oslo hay que ir a visitarlos sí o sí porque si no, te vas a perder lo mejor de su cultura y de su historia. Por ello insisto en lo de hacerte con la Oslo Pass porque le vas a sacar mucho provecho.

Seguimos pues con los museos. En este caso, el museo de Edvard Munch, el pintor más genial de la historia de Noruega. Reconozco que su estilo es muy particular y no muy del agrado de todo el mundo. Pero nosotros somos muy fans de su obra y la visita al Munch Museum era imperdible, sobre todo teniendo en cuenta que coincidía una exposición conjunta con Gustav Vigeland (del que hablaremos más adelante). La exposición sólo estará hasta Enero, lo que suponía una ocasión única para admirar bajo un mismo techo la obra de ambos artistas. Hay que recordar que Munch y Vigeland pasaron de la amistad más profunda al odio más irreparable, cuenta la leyenda que por culpa de una mujer.

El caso es que pese a que en el museo no se encontraba “El grito”, la obra más célebre de Munch, por encontrarse en una exposición temporal en Holanda (en cualquier caso normalmente se expone en la Galería Nacional), a nosotros la visita al museo nos encantó. Para acceder al museo hay unas medidas de seguridad tremendas, hay que dejar el bolso en consigna y pasar por un escáner (recordemos que “El Grito” fue robado en 1994 en menos de un minuto, aunque fue recuperado dos años después).

La obra de Munch estuvo caracterizada por un cocktail explosivo: mujeres, sexo, muerte y problemas mentales (como muchos otros genios, Munch estuvo internado en un sanatorio en Dinamarca). Sus pinturas reflejan todo ese dolor existencial que arrastró a lo largo de su vida, convirtiendo sus obras en un universo único e inigualable.

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“Ansiedad”, uno de mis cuadros favoritos de Munch. Con esta obra el artista quiso representar a los desubicados de la sociedad, con los que él se identificaba, gente que camina hacia su propia muerte bajo un cielo infernal, negándose a adaptarse a los estereotipos y los tiempos modernos.

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El tema de la muerte fue una constante en la obra de Munch: su obsesión con el más allá le venía de joven, cuando su hermana Sophie murió con sólo 15 años (incluso hay un cuadro suyo inspirado en este hecho, “Muerte en la habitación de la enferma”). Un buen ejemplo es este genial “Madonna en el cementerio”.

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Las esculturas de Vigeland también se podían admirar en esta exposición temporal

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Otra de las visitas que más nos gustó fue al Castillo y la Fortaleza Akershus, probablemente la construcción más bonita de todo Oslo. Cuando Oslo fue nombrada capital de Noruega en 1299, el rey Hakon V ordenó la construcción de una fortaleza que protegiera a la ciudad de amenazas exteriores y que, al mismo tiempo, acogiera un castillo que sirviera de residencia a la familia real. A día de hoy, y tras más de siete siglos en pie, nunca ha podido ser tomada por enemigos extranjeros y ha llegado a servir de prisión (se la conocía como “la esclavería” y llegó a tener más de 500 reclusos). Actualmente, aparte de para diferentes eventos diplomáticos, tiene en su interior el Museo de Medio Ambiente, el Museo de Defensa y el Museo de la Resistencia (la exposición de este último es muy interesante, 42 noruegos fueron ejecutados entre estas paredes por el ejército alemán).

Aunque el castillo original no se ha conservado completamente, aún quedan algunas partes de la Torre de la Doncella, la Torre del Canónigo y la Torre Temeraria. Esta de aquí abajo pertenece al castillo renacentista, la Torre Romerike.

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En el Mausoleo Real se encuentran los sarcófagos con los restos de Haakon VII, Maud de Gales, Olaf V y Marta de Suecia

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En el interesantísimo Museo de la Resistencia se hace un recorrido por el papel de Noruega en la Segunda Guerra Mundial. Noruega ha sido un país que se ha caracterizado por participar en muy pocas ocasiones en conflictos bélicos y siempre se ha enorgullecido de su naturaleza pacifista. Sin embargo, pese a que en la Segunda Guerra Mundial Noruega pretendió seguir aferrada a su neutralidad, su posición estratégica, desde donde se podía controlar todo el Atlántico Norte, y sobre todo, su infinidad de fiordos, que podían suponer el mejor de los refugios a barcos, portaaviones y submarinos, la convirtieron en objeto de deseo de ambos bandos. Tras el incidente de Altmark, cuando barcos británicos y alemanes entraron en aguas noruegas, el país se vió obligado a repeler con escasa fortuna la invasión nazi germánica, que llegó casi sin previo aviso. Los alemanes además tenían aliados noruegos (Vidkun Quisling y su partido fascista), aunque a diferencia de otros países como Polonia aquí se logró frenar la deportación de judíos noruegos. Sin embargo, no hay que olvidar el vergonzoso Lebensborn, un plan terrorífico para “fabricar” niños arios mediante la unión de soldados alemanes y madres noruegas rubias de ojos azules: más de 10.000 niños nacieron fruto de estas uniones (entre ellos, la vocalista de ABBA Anni-Fryd Lyngstad). Cuando los alemanes perdieron la guerra, la mayor parte de estos niños fueron repudiados y acabaron en orfanatos o casas de acogida. Fueron las víctimas inocentes de un conflicto que ni siquiera entendían debido a su corta edad.

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Fantásticas vistas del espectacular fiordo de Oslo

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El Nobel Peace Center (ya sabéis que los premios son otorgados por Suecia y Noruega) ofrece un recorrido por la vida y obra de los premiados. Se encuentra en el edificio de la antigua estación de tren y desde su inauguración en 2005 ha recibido casi medio millón de visitantes.

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El paseo marítimo es un lugar ideal para pasear, sobre todo si lo coges con sol, como nos ocurrió a nosotros. Está lleno de restaurantes (carísimos, evita esta zona para comer) y es un trasiego contínuo de locales y turistas.

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El vanguardista Museo de Arte de Astrup Fearnley

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¿Qué sería de Noruega sin sus adorables trolls? Esta mítica figura del folklore escandinavo, un ser mágico que pese a su apariencia humana era un monstruo camuflado, ha sido uno de los personajes clave en los cuentos de hadas y brujas que los niños noruegos leen en su infancia. Verás que por todo Oslo hay un montón de tiendas con souvenirs basados en trolls: son la auténtica mascota noruega.

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El ayuntamiento de Oslo, el Radhus, acoge cada 10 de Diciembre la ceremonia del Nobel de la Paz. En su interior, aparte de las oficinas administrativas, se encuentran galerías de arte. Es uno de los mejores exponentes en Noruega del estilo brutalista.

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La preciosa Universidad de Oslo

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La Karl Johans Gate es la principal calle de Oslo, la versión noruega de nuestra Gran Vía madrileña. Esta larguísima avenida, llena de tiendas y restaurantes, es la principal vía comercial y de ocio de la capital noruega. Está flanqueada por bellísimos edificios como el que veis abajo

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La Catedral de Nuestro Salvador de Oslo es la más importante de la ciudad. Es bastante sobria en comparación con otras catedrales europeas; sin embargo, ha acogido ceremonias importantísimas como el enlace entre el príncipe heredero Haakon y Mette-Marit.

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En las calles de Oslo nos encontramos un curioso chiringuito, La Churroneta, que ha abierto un valenciano para que los noruegos se pongan tibios de churros españoles. En la misma calle había un montón de puestos donde pudimos hacernos con Cd’s de segunda mano.

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Detalle de una de las fachadas del centro histórico

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El edificio de la Ópera de Oslo, construído en pleno fiordo, es bellísimo tanto por fuera como por dentro (aunque no entramos a ninguna obra, sí pasamos a visitarlo). Pretende emular a un témpano de hielo que emerge del mar y está recubierto de mármol de Carrara.

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El Tigre de Oslo, situado frente a la Estación Central de trenes, es un homenaje a la propia ciudad, ya que a Oslo se la conoce como Tigerstaden (la Ciudad del Tigre).

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Nos vamos ahora al que posiblemente sea el rincón más bonito de todo Oslo: el Parque Vigeland. Con una extensión de 32 hectáreas, fue creado a principios de siglo, previo encargo del ayuntamiento, por el más célebre escultor de Noruega, Gustav Vigeland. Casi 60 estatuas representando diferentes estados por los que puede pasar un ser humano: quizás uno de los más conocidos es este, Father and Children.

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Más esculturas del Parque Vigeland

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El Monolitten, con 17 metros de altura y 121 figuras humanas entrelazadas, es la obra cumbre de Gustav Vigeland

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Palacio Real de Oslo, residencia oficial de los monarcas de Noruega

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Cambio de guardia. Si os fijais, la cuarta por la derecha es una mujer (los noruegos son un ejemplo en lo que a igualdad de sexos se refiere).

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Pese a que las cervezas en Escandinavia están carísimas en general, a una media de 9 euros la pinta, no quisimos dejar de tomar unas cuantas en el club más rockero de la ciudad, el Rock In. Grandísimo, muy céntrico y con muy buena música.

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Hablando de música: si por algo ha sido conocida Noruega en los últimos años ha sido por ser la sede absoluta del movimiento Black Metal. Son miles de fans de todo el mundo los que viajan hasta Noruega persiguiendo a las bandas de culto y de hecho Oslo tiene tan asumido que ha pasado de ser una corriente musical a un reclamo turístico que en los propios folletos de la ciudad te señalan los “puntos calientes” del circuito (como muestra os pongo la foto del cartel del festival Inferno que tenían a la entrada de nuestro hostal).

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A nivel musical, he de reconocer que a mí las bandas de Black Metal nunca me han dicho demasiado. Sin embargo, siempre me ha atraído mucho el fenómeno social que supuso en los años 90 el auge de todos estos grupos de inadaptados que pregonaban el regreso a las religiones paganas, el culto al satanismo y la quema de iglesias cristianas, hasta el punto de que uno de mis gatos se llama Vikernes, que fue uno de los líderes del movimiento, vocalista de Burzum y asesino de Euronymous de Mayhem, su banda “rival”. Una sociedad como la noruega, profundamente pacifista, se vió sacudida de la noche a la mañana por esta horda de neovikingos que sembraron el terror en las calles de Oslo durante varios años. Son muchos los mitómanos los que se acercan a la calle Schweigaards para fotografiarse en el lugar donde se encontraba Helvete, la tienda de discos de Euronymous donde comenzó todo este disparate. Y un último apunte: si os interesa el tema, os recomiendo el libro “Lord of Chaos: The Bloody Rise of the Satanic Metal Underground”, le compré hace años y mis paseos por Oslo me trajeron sus páginas a la cabeza más de una vez.

Otro apunte: tema gastronomía. Comer o cenar en Oslo es carísimo, incluso aunque quieras tirar de cadenas de comida rápida. Aun así, también es cuestión de saber organizarte. Los restaurantes asiáticos, por ejemplo, son abundantes y una buena opción: nosotros uno de los días comimos en un vietnamita fabuloso, Taste of Asia, y no salimos a más de 15 euros por persona; otro nos metimos en un japonés y nos pusimos hasta arriba de sushi por 11 euros por comensal. Como no queríamos irnos sin probar el salmón noruego, otra de las noches nos abastecimos en el súper de al lado del hostal y lo convertimos en una deliciosa cena. Y si aún así quieres tener una experiencia diferente, haz como nosotros y vete una de las noches a cenar a Nilsen Spiseri (calle Tollbugata 8): es un restaurante muy acogedor donde podrás probar la carne de ballena, que es la que veis ahí abajo, y tampoco resultó excesivamente caro, cenamos por 50 euros los dos.

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En las calles de Oslo te puedes encontrar esculturas como esta, promovida por el Osvald Group, una organización de carácter comunista que con este monumento pretendieron plasmar de forma material la resistencia noruega ante el ejército nazi. Una resistencia que les llevaría a convertirse (quien se lo iba a decir a ellos!) setenta años más tarde y gracias al descubrimiento de enormes balsas de gas y petróleo en uno de los países más ricos del mundo.

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