FRANCIA – Paris

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Cuando uno piensa en el trío de ciudades indispensables que ha de conocer alguna vez en la vida cualquier viajero que se precie, siempre vienen a la mente tres nombres: Londres, Roma y París. En especial esta última: pese a que en los últimos años, sorprendentemente, ha sido superada en el ranking de “ciudad más visitada del mundo” por Hong Kong o Bangkok (parece que los destinos asiáticos continúan al alza), hemos de recordar que durante mucho tiempo ha sido la ciudad más popular de nuestro planeta, alcanzando algunos años la escalofriante cifra de 40 millones de visitantes. Ni siquiera los atentados terroristas del pasado noviembre consiguieron inyectar el miedo en los turistas: nadie quiere morirse sin haber pisado París alguna vez.

En mi caso, y curiosamente pese a lo mucho que he viajado, sólo había estado una vez hace muchísimo tiempo, cuando tenía 17 años, por lo que tenía muchos recuerdos algo difusos y la cuenta pendiente de regresar alguna vez. Me rondaba además la duda de comprobar si la capital francesa habría cambiado demasiado en estos 23 años de paréntesis o si podría decepcionarme este segundo viaje por tenerla tan idealizada ya que la recordaba como la ciudad más bonita que jamás había visto en Europa. Miedo me daba que me ocurriera como a muchos japoneses que sufren el “síndrome de París”, una dolencia psicosomática que les ataca cuando visitan la ciudad después de haberla idealizado mucho tiempo, imaginándola como un lugar idílico y exageradamente romántico donde todo es perfecto, y dándose de bruces con la realidad de los atascos de tráfico y la suciedad en las calles. Sin embargo, he de reconocer que, por fortuna, a mí no me ocurrió y en este segundo viaje volví con la placentera sensación de que París sigue siendo, con sus pros y sus contras, la capital más fascinante de todo el Viejo Continente.

Aclarado esto, me veo en la obligación de especificar que cuando uno llega a París, ha de hacerlo con las pilas de la paciencia bien cargadas ya que, efectivamente y al igual que en otros lugares como Roma o Venecia, hay rincones de la ciudad donde el trasiego de turistas llega a resultar altamente asfixiante, en especial en Montmartre y los alrededores de la Torre Eiffel. Es el precio que has de pagar por recorrer uno de los lugares más bellos del mundo; como tú, lo piensan otros cuantos millones de personas y esto no supone solamente aglomeraciones y colas de espera sino también la proliferación de carteristas y espabilados pendientes del descuido del visitante. Por ello, esa recomendación sí que me parece importante, la de no perder de vista tus pertenencias. A uno de nuestros amigos le quitaron en el metro el móvil de las manos en un segundo y menos mal que tuvo el coraje de encararse con el ratero y obligarle a que se lo devolviera. Y eso que, precisamente a raíz de los atentados, las calles de París están llenas de policías ojo avizor pero quitando Milán, no he visto una ciudad con más ladronzuelos por metro cuadrado. Así que ya sabes: hombre prevenido vale por dos.

Otro contra que parece echar a mucha gente para atrás a la hora de planear una escapada a París es su fama (a veces inmerecida) de que es una ciudad bastante cara. En algunos aspectos sí pero en otros, en absoluto. Acaso el mayor inconveniente sea el del alojamiento: los hoteles sí tienen precios elevados (y más si vas como nosotros,que nos coincidió con plena celebración de la Eurocopa) y, en general, la categoría o número de estrellas pocas veces coincide con lo que estás pagando. Más adelante os informaré acerca del hotel donde estuvimos nosotros ya que quedamos bastante contentos para los precios que se barajaban pero aquí no es llegar y besar el santo; tendrás que buscar y comparar muchos comentarios de viajeros para acertar con la elección. Desayunar sí es muy,muy caro: la primera mañana pagamos la novatada y nos cascaron 5 euros por un café y 4,80 por un té (a fin de cuentas, hablamos de agua caliente) y llegamos a ver en muchos restaurantes y terrazas precios tan “asequibles” como casi 8 euros por una taza de café minúscula y encima café del malo. ¿Mi consejo? Prescinde del café o el té por unos días, que tampoco te va a pasar nada. O llévate una cajita en la maleta y busca una habitación donde tengan hervidor. Claro que si estás de viaje podrás pagarte un café, otra cosa es que, como nos pasó a nosotros, no te de la real gana de que te timen de mala manera. Si mucha gente se negara a pagar esos precios, a los caraduras de los hosteleros no les quedaría más remedio que bajarlos. Pero en nuestro caso, nos negamos a participar en un negocio, el de los desayunos parisinos, que nos pareció totalmente abusivo.

Sin embargo, por otro lado (lancemos una lanza a favor de la capital francesa) hubo otros aspectos que sí nos sorprendieron para bien. Exceptuando la entrada a determinadas iglesias, que sí me pareció desproporcionada, en general los tickets para las principales atracciones sí me resultaron ajustados, teniendo en cuenta lo mucho que tiene para ofrecer, por poner un ejemplo, un museo tan mastodóntico como el Louvre. También me chocó que pese a lo caros que son los cafés, sin embargo muchísimos restaurantes ofrecen menú del día (sólo has de buscar la palabra “formule”), incluso en sitios súper turísticos, y puedes comer bastante bien y con unas bonitas panorámicas por menos de 15 euros. En ese sentido, creo que París ha aprendido la lección de que los extranjeros también saben y pueden tirar de supermercados; unido a la brutal competencia existente entre unos restaurantes y otros (París está plagada y no sólo por el turismo, los franceses adoran su gastronomía y también la de fuera), muchos establecimientos se han visto obligados a bajar sus precios si no quieren encontrarse con las mesas vacías. También es cierto que hay zonas y zonas: una de las más económicas es el Barrio Latino, donde sin dificultad ninguna puedes comer dos platos con postre por 10 euros. Y si como yo eres de los que suele comer con agua, no te cortes y pide una carafe d’eau (jarra de agua), que muchos franceses lo hacen: es gratis y supone una diferencia de cinco o seis euros respecto a lo que te cobran por una botella de agua mineral. Va a ser raro el camarero que te mire con cara rara (y si lo hace, peor para él): los restaurantes tienen obligación de servirla y allí es lo más normal del mundo.

Otra cosa que tampoco me pareció nada cara es el metro, de hecho es más barato que el de Madrid. El billete sencillo cuesta 1,80 pero como lo usarás bastante, te recomiendo que hagas como nosotros, comprar tickets de 10 viajes que salen aún más económicos (el trayecto se queda a 1,40). Y no te cortes en comprar recuerdos para amigos y familiares: en las tiendas de souvenirs los encontrarás tirados. Hay muchísimas tiendecitas de imanes, camisetas, cajitas de metal y calendarios (además todo bien bonito), regentadas su mayoría por pakistaníes y a precios bajísimos. Y el último consejo para ahorrar: París es una ciudad que más bien parece un museo al aire libre, pasear por sus miles de calles es una actividad totalmente gratuita y ocupará la mayor parte de tu tiempo. Asi que tampoco sufras pensando que la escapada parisina te va a salir por un ojo de la cara porque, de veras, no es tan fiero el león como lo pintan. Y más viendo cómo han subido de precio otras ciudades europeas.

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Antes de comenzar con datos prácticos para saber cómo moverse y qué visitar en la ciudad, vamos con el tema alojamiento. En un principio lo intentamos por medio de Airbnb pero al coincidir la Eurocopa, nos comentaron en varios apartamentos que ya estaban ocupadas esas fechas… pese a que sin embargo en la práctica aparecían libres. Es algo que ya nos ha ocurrido otras veces en dicha página cuando coinciden eventos deportivos o culturales, que a los dueños se les pone el símbolo del dólar en los ojos intentando sacar el mayor rendimiento económico a sus casas;en mi opinión, Airbnb debería prohibir dicha práctica: si las fechas están libres, lo están y fuera. Así que comenzamos la búsqueda de hotel: precios carísimos y comentarios descorazonadores de los usuarios en cuanto a comodidad y limpieza en la mayoría de ellos. Al final, tras dar muchas vueltas, conseguimos encontrar uno con el que al final quedamos contentísimos. Es el hotel Terminus Orleans, un dos estrellas bastante cuco con una estación de metro, la de Porte D’Orleans, en la misma puerta (tardábamos apenas quince minutos en estar en pleno centro de París). Muy limpio, con un recepcionista amabilísimo que además hablaba español, con un bar súper barato de comida turca a la vuelta de la esquina donde cenamos alguna noche y un Carrefour enorme a cinco minutos andando donde pudimos comprar cosas para el desayuno. Las habitaciones algo pequeñitas pero acogedoras; sin desayuno, 95 euros la noche. Parece caro pero os aseguro que para los precios hoteleros de París no lo es.

En nuestro caso, el aeropuerto que utilizamos fue el más importante, el Charles de Gaulle (volábamos con Air France). Para ir hasta la capital en un trayecto de unos 40 minutos lo más cómodo es el RER, el tren de cercanías, que sale desde el aeropuerto cada cuarto de hora. El precio del billete son 10 euros y con él también puedes usar el metro. Nosotros en París fue como nos movimos, en metro y andando; aunque el metro esté bastante viejo, es eficiente, los trenes pasan muy a menudo y, como os he dicho, es bastante barato. Una de las cosas que me llamó bastante la atención es que en muchos transbordos podías encontrar fruterías, puedes aprovechar para venirte cargado de fruta cuando regreses al hotel.

Comencemos con las visitas. Aunque París parezca muy grande (que de hecho lo es) también es perfectamente plausible abarcar los monumentos más importantes en tres o cuatro días. Lo que va a influir, y mucho, en lo que te vaya a cundir el itinerario es el tiempo que quieras dedicar a lugares como el Museo de Louvre o el Palacio de Versalles, que fácilmente te pueden ocupar una mañana entera cada uno. Aunque yo esta vez no los visité ya que ya los ví en mi primer viaje, de igual manera los incluiré en el relato para darte algunas recomendaciones. En mi opinión ambos merecen bastante la pena pero si vas por primera vez a París y llegas algo ajustado de tiempo, tal vez sea acertado sacrificarlos a favor de ver otros lugares. Yo sólo los recomendaría si tu visita abarca de cuatro días en adelante.

París, como he comentado antes, es una ciudad que hay que conocerla caminando. Vas a andar muchos kilómetros pero es la única manera de conocerla y disfrutarla a fondo. Mi recomendación es que precisamente a causa de las grandes distancias que vas a recorrer, intentes dividir el viaje por barrios y días. Así que comenzaremos por la zona donde se encuentra el símbolo que ha hecho famosa a París en el mundo entero: la Torre Eiffel.

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Para llegar hasta aquí, la parada de metro más cercana es Trocadero. Si las calles de París en general están plagadas de turistas, en los aledaños de la Torre Eiffel ya ni te imaginas. Creo que sólo en los alrededores del Coliseo de Roma y en la Plaza de San Marcos de Venecia me he encontrado con tanto visitante por metro cuadrado. Las colas de acceso a la torre son tan largas que incluso se ha vallado el área más cercana para que sólo puedan entrar los que llevan su ticket correspondiente (y es una lástima porque ver la torre justo desde abajo impresiona mucho). Asi que si quieres subir hasta arriba, lo recomendable es que compres anticipadamente las entradas por internet para evitarte horas de espera. Existen diferentes precios dependiendo del piso al que quieras ascender y si la subida se realiza por las escaleras o en ascensor (recomiendo el ascensor, ya que por las escaleras sólo se puede llegar hasta el segundo nivel y además son más de 1.600 escalones, la torre se va hasta los 300 metros de altura). Si quieres tirar la casa por la ventana puedes comer o cenar en el restaurante Jules Verne, situado en el segundo piso y considerado uno de los mejores de París (con su correspondiente estrella Michelin) al “módico” precio de 190 euros por comensal. Si tu presupuesto es más limitado, tienes otro restaurante, el 58 Tour Eiffel, a 41 euros el menú. Y otra opción es tomarte una copa de champán en el Bar á Champagne a 15 euros la copa. Un último dato a tener en cuenta: es el monumento más visitado del mundo, diez millones de personas al año se acercan a rendirla pleitesía.

Mi consejo es que si quieres tener unas bonitas vistas de la torre, saques las fotografías desde los Jardines de Trocadero (que es desde donde tomamos la foto de ahí abajo). En el centro de estos se encuentra la Fuente de Varsovia, con su eterno espectáculo de chorros de agua, y en su parte posterior el Palacio de Chaillot, que acoge al Museo de la Marina y el Museo del Hombre, este último una de las colecciones antropológicas más interesantes de toda Francia. Si tienes la suerte de venir en Diciembre, una de las temporadas más altas y caras para viajar a París, te encontrarás los jardines con multitud de puestos navideños.

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Cerca de la Torre Eiffel, para los que seáis amantes de la literatura, se halla la única residencia que queda en pie en París donde vivió Honore de Balzac, uno de los grandes escritores franceses. Se encuentra en el 47 de Rue Raynouard. Además, la entrada es gratuita y en ella podrás admirar textos originales, pinturas y objetos personales del autor. Puedes combinarlo con el Museo Guimet de las Artes Asiáticas (cuya entrada no es cara, 7 euros), el mayor museo de arte asiático de Europa. Y hablando de arte étnico, mi tercera recomendación es el Museu du Quai Branly (con su impresionante fachada cubierta de plantas), donde se exponen más de 300.000 objetos traídos de todo el mundo. La entrada cuesta 9 euros y cierra los lunes.

Ya que estás aquí, aprovecha para dar una vuelta por el cercano Campo de Marte: su casi kilómetro de longitud hacen de él uno de los parques urbanos más importantes de la capital francesa. Estos inmensos jardines, que en la actualidad se usan para diferentes eventos culturales como conciertos o exposiciones (estas últimas fueron muy populares a finales del siglo XIX y de hecho la Torre Eiffel se construyó con motivo de la Exposición Universal de 1889) tienen un tremendo peso histórico en la historia política y social de Francia. Aquí se llevaron a cabo en 1791 los fusilamientos inesperados contra la muchedumbre proletaria que se manifestaba en contra de los privilegios abusivos de la nobleza y, sobre todo, de la familia real. Mientras Luis XVI huía con el rabo entre las piernas, 50 personas eran abatidas en el Campo de Marte, agitando aún más el convulso panorama popular que se vivía en París tras la toma dos años antes de la Fortaleza de la Bastilla (hoy desaparecida,se demolió pues el pueblo no quería conservar en pie tan macabro edificio y en su lugar se encuentra la Plaza de la Bastilla con la altísima Columna de Julio). La Bastilla era la prisión más cruel de todo el país, famosa por las torturas cometidas contra los reos allí recluidos. Precisamente uno de sus prisioneros más famosos (y en mi opinión uno de los mejores literatos que haya dado Francia, mi admirado Marqués de Sade) fue uno de los valientes que desde la ventana de su celda animaba a las clases populares a rebelarse contra los tiranos.

Así, el 14 de Julio de 1789 se convirtió en una fecha que marcaría a fuego la historia de Francia y que acabó convirtiéndose en fiesta nacional: la conmemoración del valor de miles de franceses que tomaron la prisión y decapitaron al alcalde de París, paseando por las calles su cabeza clavada en una pica. En las áreas rurales, los campesinos también se sublevaban contra los señores feudales y la Iglesia comenzaba a perder privilegios como los impuestos agrícolas: el pueblo estaba harto de los parásitos eclesiásticos que llevaban masacrándoles siglos, y los asesinatos de curas y sacerdotes comenzaron a ser el pan nuestro de cada día a lo largo y ancho del país. La posterior ejecución del rey Luis XVI y la reina María Antonieta, el valor que le echaron los sans-culottes (los “sin calzones”, izquierdistas de clases humildes que supusieron el grupo más numeroso de los revolucionarios), el apoyo de los jacobinos, quienes instauraron el Reinado del Terror,que llevó a la guillotina a miles de antirrevolucionarios, y la acusación de traición de Robespierre (quien también acabaría ejecutado) constituyeron los primeros y sangrientos pasos que llevarían a Francia de la monarquía a la república.

Continuaremos a lo largo de nuestro relato rememorando los grandes momentos de la historia de París (que,le pese a quien le pese, siempre ha sido un ejemplo de la lucha de las clases más bajas). Pero, de momento, nos vamos a ir andando en una larga caminata hasta otra de las imágenes más conocidas de París; los Campos Elíseos. Dos kilómetros son la extensión de la avenida más famosa de toda Francia, popularizada aún más por el hecho de que aquí es donde finaliza cada verano el tour de Francia, la carrera ciclista más importante del mundo, y donde se celebran los desfiles militares cada 14 de Julio. Aquí se concentran las tiendas de moda más exclusivas de la ciudad (ya sabéis que París está considerada la ciudad de la moda), así como las mejores salas de espectáculos. La avenida comienza en el Arco del Triunfo, que conmemora las victorias de Napoleón. Previo pago de 12 euros, puedes acceder a su museo interior y subir a su mirador para divisar París a 50 metros de altura.

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Los Campos Elíseos acaban en la célebre Plaza de la Concordia. Su nombre, realmente, no parece hacer honor a su sangriento pasado, ya que durante la Revolución Francesa la muchedumbre derribó la estatua ecuestre que aquí se levantaba en homenaje al monarca y en su lugar colocaron el instrumento que con razón más temió la aristocracia gala: la guillotina. La muerte por decapitación fue escogida por el proletariado francés para demostrar a las clases altas que los condenados a muerte no entendían de títulos nobiliarios y tanto ricos como pobres acabarían de la misma manera. Y de dicha ejecución no se salvaban ni los muertos, se llegó a decapitar a políticos que previamente ya se habían suicidado. Se consideraba que hasta era una muerte piadosa ya que anteriormente eran verdugos los que blandían el hacha y estos erraban en múltiples ocasiones, alargando la agonía del condenado. Se calcula que casi 1.500 personas murieron decapitadas durante la Revolución, entre ellos el propio rey Luis XVI, quien llegó escoltado en carroza (genio y figura hasta la sepultura) y cuyas últimas palabras fueron “muero inocente” (parece que ni en sus últimos momentos fue capaz de reconocer todas las barbaridades que cometió contra el pueblo durante su reinado).

Avenida de los Campos Elíseos
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Tras la guerra civil, se le cambió el nombre a Plaza de la Concordia y la guillotina con el tiempo fue sustituida por un símbolo que nada tuviera que ver con la monarquía ni los movimientos revolucionarios, un testigo digamos neutral: el Obelisco de Luxor. Es sabido por todos que los franceses han sido siempre unos enamorados de la cultura egipcia, especialmente Napoleón, quien durante la campaña militar en la que intentó sin éxito apropiarse de Egipto, llegó a pasar una noche dentro de la Pirámide de Keops,y cuando salió les dijo a sus soldados “si os contara lo que he visto dentro, no me creeríais”. Incluso la leyenda cuenta que su amada Josefina le pidió que si iba a Tebas la trajera de souvenir un obelisco. El caso es que si Josefina pretendía ver en las calles de París un obelisco egipcio, su sueño se acabó cumpliendo, ya que en 1834 llegaba a la ciudad este regalo de Egipto, de más de 3.000 años de antigüedad y casi 200 toneladas de peso (el transporte desde su país de orígen fue una auténtica aventura). A los parisinos no les gusta ser menos que nadie y si Roma tenía unos cuantos obeliscos egipcios, a ver por qué ellos iban a ser menos. La lástima es que el monumento más antiguo de todo París hoy en día se encuentra ubicado en el centro de una rotonda donde el humo de los coches está contaminando seriamente su exterior de granito, sin que las autoridades francesas ofrezcan una solución al respecto.

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Cerca de la plaza se halla la gigantesca noria (la Grande Roue), la mayor de Francia, que te permitirá ver París a varios metros de altura (aunque el viaje dura apenas diez minutos y cuesta diez euros). Continuaremos nuestro recorrido por el parque público más antiguo de París, los Jardines de las Tullerías. Antiguamente se encontraba aquí el palacio de mismo nombre, mandado construir por la reina Catherine de Médicis y quien deseaba para su propio disfrute unos jardines al estilo florentino que posteriormente fueron escogidos por la monarquía y nobleza de aquella época para la celebración de sus fiestas multitudinarias. Actualmente, es uno de los lugares favoritos de parisinos y turistas para pasear al aire libre entre estatuas de Rodin o Le Paultre. Además, si vienes aquí también puedes aprovechar para visitar el Museo Orangerie, dentro de un invernadero de naranjos, donde se exponen entre otras obras de Monet, Renoir y Cezanne: el primer domingo de cada mes la entrada es gratuita. Y ya que andas por este área, recuerda que en sus inmediaciones hay otro Arco del Triunfo, el del Carrusel, con sus columnas de mármol rosa.

Jardines de las Tullerías

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Arco del Triunfo del Carrusel

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Estamos, por tanto, ya en el Museo de Louvre, uno de los más importantes del mundo, con ocho millones de visitantes al año. Como os comenté antes, esta vez no entramos ya que decidimos emplear dicho tiempo en recorrer otras partes de la ciudad pero como la primera vez que fuí a París sí que gasté allí una mañana entera, hablaré un poquito de este gigantesco recinto ya que, te guste o no el arte en todas sus expresiones, es una visita interesantísima en la capital francesa.

Al igual que en la Torre Eiffel, es más que recomendable que compres las entradas anticipadamente por internet ya que las colas son de órdago. El precio del ticket es de 15 euros,nada caro si tienes en cuenta que el tamaño de la exposición permanente, ubicada en un antiguo palacio real, se va hasta los 160.000 metros cuadrados y hay expuestas más de 35.000 obras (aunque parezca increíble, en los almacenes del museo hay guardadas cerca de 400.000).

Pese a que cuando visité el Louvre disfruté muchísimo admirando de cerca obras de arte irrepetibles como “La Gioconda” de Leonardo da Vinci (¡aunque no me esperaba que el cuadro fuera tan pequeño!), la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, El Escriba Sentado egipcio o La Nave de los Locos de El Bosco, he de reconocer que el recorrido por el Louvre me removió sentimientos encontrados, ya que muchas de las obras llegaron a París como botín de guerra de expediciones militares, vamos, un expolio en toda regla. Por lo que para el visitante, sí, es una delicia disfrutar de todas estas obras maestras bajo un mismo techo pero también es una lástima que sus países de orígen las estén reclamando (y con razón) desde hace años, sin que nadie haga caso a sus ruegos.

La conocida pirámide de cristal que mediante un paso subterráneo da acceso al museo y el propio edificio del Museo del Louvre

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El siguiente paseo nos llevará hasta la Plaza de la Vendome (antiguamente conocida como Plaza de las Conquistas o, durante la Revolución Francesa,Plaza de Picas), una de las más grandes de la ciudad y también de las más lujosas, ya que aquí se acumulan las más importantes joyerías y las tiendas de alta costura (mejor que vengáis entre semana ya que los domingos cierran; aunque no compres nada, siempre puedes admirar las joyas en los escaparates o ver las joyerías por dentro). Pero Vendome no es sólo el sumum de la sofisticación sino también el escenario de la muerte de uno de los mejores compositores de todos los tiempos, el polaco Chopin, quien pasó en un apartamento de esta plaza los últimos meses de su vida.La Columna Vendome, con sus 44 metros de altura en homenaje a Napoleón Bonaparte (quien aparece vestido de general romano) y el Ministerio de Justicia son sus atracciones más notables.

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Un lugar que nos sorprendió bastante que no estuviera apenas plagado de turistas (y en una ciudad como París eso es bastante complicado) es uno de sus rincones más románticos: los jardines del Palacio Real, cuyo edificio actualmente alberga el Consejo de Estado y el Ministerio de Cultura. Lo cierto es que cuando dimos una vuelta por allí básicamente lo que había era parisinos tomando el almuerzo del mediodía o gente que iba a la Biblioteca Nacional, que contiene más de seis millones de volúmenes. Los jardines, aparte de ser un remanso de paz entre tanto tráfico, están rodeados de elegantes galerías y pueden constituir el refugio perfecto para hacer un descanso entre tanta caminata. Y os recomiendo que no os vayáis sin ojear el coqueto pasaje Beaujolais, donde hay una tienda de juguetes antiguos realmente entrañable.

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Otra de las curiosidades del Palacio Real es que en el Patio de Honor (el palacio anteriormente se denominaba Palacio del Cadenal porque lo mandó construir Richelieu) se encuentra una curiosa obra artística: las Columnas de Buren (aunque su nombre oficial es “Las Dos Mesetas”). Su autor, Daniel Buren, está muy disgustado con el estado de conservación de su obra cumbre, que lleva aquí desde 1986, hasta el punto de que se planteó destruirla. Y parte de razón tiene porque la obra se concibió para que estuviera acompañada de un circuito de agua que lleva años sin funcionar. En cualquier caso, recuerda que si pasas por allí y logras colocar una moneda en la columna más alta, el deseo que hayas pedido teóricamente será cumplido.

Palacio Real al fondo con las Columnas de Buren en primer plano

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Hablando de “obras polémicas”, aquí tenemos el Kiosko de los Noctámbulos de Jean-Michel Othoniel y que sirve como entrada de metro de la estación de Palais Royal, realizada con perlas y cristal de Murano. Ha sido muy criticada pero la verdad que a nosotros nos pareció súper original.

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Una de las particularidades más atractivas de París es la veintena de galerías, acristaladas muchas de ellas, que aún se mantienen con vida. Construidas una gran parte en el siglo XIX, muchas de ellas en el barrio de Grands Boulevards, de las 150 iniciales aún se conservan dos decenas que merece la pena recorrer, si no todas, sí alguna de ellas. Estas galerías se construyeron en el interior de los inmuebles para albergar comercios e incluso varias de ellas se “especializaron”: en el Passage des Princes hay jugueterías y en el de Jouffroy librerías. A nosotros una de las que más nos gustó fue la Galería Vivienne, monumento histórico desde el año 1974 y en la que puedes encontrar muchas tiendas de lujo, varias de ellas dedicadas al vino.

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Uno de nuestros musicales favoritos (que precisamente fuimos a disfrutar el verano pasado) es “El Fantasma de la Ópera”. ¿Y sabéis en qué edificio se inspiró? Correcto, habéis acertado: en la Ópera de París o, como la conocen ellos, la Académie Royale de Musique. La fachada, ornamentada a más no poder con esculturas de ángeles y caballos, pretendía demostrar al mundo que no hay ciudad que ose hacer sombra a París. Tiene más de 15 salas y aunque se puede visitar (11 euros la entrada), ha de hacerse reserva previa.

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La Iglesia de la Madeleine, con sus 52 columnas corintias, parece más bien un templo de la antigua Grecia que uno católico, es de los más curiosos de la ciudad. Y además, si te gusta la música clásica, anota que dentro se organizan a menudo conciertos.

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El barrio de Opera es uno de los más animados de París a nivel comercial. Es recomendable, pese a que no tengas intención de comprar nada, que te des una vuelta por las Galerías Lafayette porque ya de por sí el edificio en el que se encuentran, siete plantas coronadas por una magnífica cúpula, justifica por sí solo la visita. Y callejea, callejea y callejea. Puedes encontrar restaurantes tan originales como este.

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Los macarons son los dulces más famosos de Francia y en París los encontrarás en un montón de pastelerías. Son unas pequeñas galletas hechas de clara de huevo, azúcar y almendra y es el mejor souvenir que puedes llevar a los amigos, además, te los preparan en unas cajitas muy monas. No son baratos (pueden salir a uno o dos euros por galleta) pero son una delicatessen. Ladurée, que tiene una docena de tiendas repartidas por París, tiene fama de confeccionar los mejores.

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Otro largo paseo para admirar desde el exterior el mítico Hotel Matignon, un antiguo palacete que sirve como residencia oficial del primer ministro, Manuel Valls, y la Catedral Americana (que en realidad se llama de la Santísima Trinidad), una de las iglesias góticas más bonitas de París. Y llegamos a otro de los palacios imprescindibles parisinos: Los Inválidos. Aunque en un principio se construyó a finales del siglo XVII como asilo para soldados heridos o jubilados de guerra, si hoy es conocido en el mundo entero es porque aquí se encuentra la tumba de Napoleón Bonaparte. Es un recinto gigante que acoge también el Museo del Ejército así como dos iglesias, la del Domo (con su inconfundible cúpula dorada, doce kilos de oro se utilizaron para cubrirla) y la Catedral de San Luis de Los Inválidos.

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Nuestra siguiente parada va a ser una de las visitas que me quedó pendiente en mi primer viaje: las Catacumbas de París. La parada de metro más cercana es Denfert-Rochereau y mi consejo es que madrugues mucho para verlas. Nosotros nos levantamos tempranísimo sabiendo que las colas que se forman para entrar son inacabables y aún así nos tocó estar esperando hora y cuarto para poder acceder (abren a las 10:00 y cierran los lunes). Comento lo de madrugar bastante porque en caso de que no lo hagas, te arriesgas a gastar una mañana entera sólo esperando entrar y con la de cosas que hay que ver en París, en esta ciudad sí que se cumple el dicho de “el tiempo es oro”.

Las Catacumbas de París han estado cerradas al público durante varios años precisamente por el nulo valor ético de muchos de sus visitantes, que en una avergonzante falta de respeto hacia los más de seis millones de personas que aquí yacen, se llevaban como souvenirs huesos y calaveras. Asi que reabiertas, la solución es que cuando sales te registran el bolso para comprobar que no te llevas nada. Y me parece muy bien.

La entrada a las catacumbas cuesta diez euros y, en mi opinión, es uno de los tickets mejor pagados de todo el viaje. De los más de 300 kilómetros de galerías subterráneas, que abarcan 11.000 metros cuadrados, sólo dos están abiertos al público debido a que antiguamente mucha gente bajaba aquí a realizar rituales satánicos y misas negras pero lo cierto es que la visita puede llevarte fácilmente entre una y dos horas. Te aconsejo que aunque vayas en verano intentes echar una chaqueta porque abajo hace bastante fresquito, aproximadamente unos catorce grados.

Tras descender por unas larguísimas y estrechas escaleras de caracol (130 escalones nada menos), llegaremos a las galerías, que gracias a que se controla estrictamente el número de visitantes, vamos a recorrer prácticamente solos, lo que añade una dosis extra de misterio a nuestra visita. No se te ocurra salirte de la ruta especificada y adentrarte por túneles cerrados por tu cuenta: aparte de que te puede caer una multa considerable, es muy peligroso ya que las catacumbas son un laberinto y ha habido gente que se ha adentrado en estas galerías y nunca ha vuelto a salir. Para controlar estas “expediciones ilegales”, se creó una guardia urbana, los “cataflics”,que varias veces por semana recorren los pasillos para controlar cualquier acceso no autorizado. En estos túneles no abiertos al público, algunos de ellos inundados, se encuentran salas increíbles, muchas de ellas decoradas por artistas espontáneos que quisieron dejar sus pinturas en las paredes de piedra para la posteridad.

Las catacumbas las crearon en la antigüedad los romanos, que comenzaron a usar el subsuelo de París como canteras. Conocidas por los parisinos como Las Carriéres de Paris, se encuentran a más de 20 metros de profundidad. A partir de 1786, pasaron a convertirse en el mayor osario de la capital francesa: debido a las epidemias que azotaban el distrito de Las Halles y la acumulación de restos óseos en otros cementerios de la zona, así como las malas condiciones del cementerio de los Santos Inocentes, donde muchos fallecidos se enterraban sin ataúd y aparecían flotando cuando había inundaciones, se decidió trasladar aquí las osamentas de más de seis millones de cadáveres, en un proceso que se alargó durante 15 meses.

Entrada a las Catacumbas donde se puede leer “¡detente! este es el imperio de la muerte”

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El orígen de estas antiquísimas catacumbas es marino y para demostrarlo, se exponen en algunos de los pasajes fósiles de conchas y moluscos que se encontraron en muchos de los pozos. Pero lo realmente espeluznante es darse de bruces con los millones de huesos acumulados que, con evidente mimo, fueron colocados en forma de muralla cuando empezaron a traerse aquí, dando forma a una siniestra obra de arte en la que los muertos son los verdaderos protagonistas.

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Aquí yacen bajo tierra los cadáveres de ricos y pobres, de revolucionarios que participaron en los combates del castillo de Las Tullerías, de prisioneros y de nobles: la muerte no hizo distinción con ninguno de ellos. A lo largo de muchos tramos comprobarás que hay inscripciones que señalizan de qué cementerio se trajeron los distintos esqueletos pero, obviamente, la mayor parte de los cadáveres pasarán a la eternidad de forma anónima.

Las Catacumbas, practicamente desde el momento en que se inauguraron, se convirtieron en un macabro museo que visitaron personalidades de todo el mundo, desde príncipes austríacos al propio Napoleón II. Incluso en la Segunda Guerra Mundial, los partisanos (los combatientes de las guerrillas de la resistencia) las utilizaron para esconderse, sin tener la más mínima idea de que los propios nazis tenían aquí también su propio bunker particular (o quizás sí lo sabían y decidieron controlarlos).

La Cripta de la Pasión, con forma de tonel, es uno de los monumentos más tétricos del recorrido

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Nos vamos ya a Montmartre, mi barrio favorito de París (y supongo que de todo el que visita la ciudad). Y es que si hay un vecindario que represente fielmente esa idea que tenemos de París bohemio, romántico, de pintores con bigote y bailarinas de cabaret, este es Montmartre. Ubicado en una colina a orillas del río Sena, Montmartre ha sabido conservar impecablemente su espíritu de pequeño pueblecito (que, a fin de cuentas, es lo que era antes de anexionarse a París en el siglo XIX), con sus empinadas calles empedradas y sus balcones llenos de flores. Sin duda alguna, es el barrio más colorido y alegre de París.

Comenzaremos el recorrido por Montmartre por una de sus imágenes más conocidas: la del mítico Moulin Rouge. El cabaret más famoso de París, en pie desde finales del siglo XIX (y además, construído por un español, Josep Oller) fue uno de los primeros en ofrecer espectáculos de striptease. Teniendo en cuenta que en aquella época el cabaret se encontraba en un ambiente rural bastante conservador, imaginaos el escándalo que supuso para la época contemplar a señoritas que sensualmente se iban desnudando con la excusa de “encontrar una pulga que se les había colado dentro del vestido”. Sin embargo, este tipo de espectáculos enseguida se popularizó entre la clase burguesa, que hacía colas interminables para disfrutar de una oda a la lujuria mientras bebían copas de champagne. Y aunque el Moulin Rouge vivió una etapa de decaimiento durante la Segunda Guerra Mundial, cuando fue convertido en un simple club de baile, con el paso de los años recuperó su esplendor y actualmente es el cabaret mejor reputado de París, con entradas que de largo superan los 100 euros y con más de 80 artistas amenizando los shows de cada noche.

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Hablando de cabarets, nosotros tuvimos la suerte, ya que ese era otro de los motivos de nuestro viaje, de unas noches más tarde ir al Folies Bèrgere, ya que asistiríamos al exclusivo concierto que los americanos Foreigner ofrecían en la capital, una de sus pocas fechas en Europa bajo recinto cerrado. Y qué maravilla de local. El Folies es, junto al Moulin Rouge, el cabaret más mítico de París y aquí han llegado a actuar estrellas de la música como Frank Sinatra.

Interior del cabaret Folies Bèrgere
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Antes de subir a la colina de Montmartre, quedémonos en los alrededores de la Place Pigalle ya que aquí se encuentra el que es conocido como “barrio rojo”, muy en sintonía con el de Amsterdam pero este bastante más elegante. Entre sex shops y muy cerca del Moulin Rouge, se encuentra el Museo del Erotismo, que abre todos los días hasta las dos de la madrugada (lo ideal, obviamente, es disfrutarlo de noche). Para entras has de ser mayor de edad y lo que dentro se expone abarca la historia del erotismo desde la antigüedad, desde estatuas y libros hasta un intenso recorrido por la historia de los burdeles del siglo XIX, así como la exhibición de viejas películas pornográficas.

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Nos vamos ya a Montmartre, conocido también como el Barrio de los Pintores. Ármate de paciencia porque si hay turistas alrededor de la Torre Eiffel, aquí te vas a encontrar el mismo panorama, sobre todo en la Plaza de Tertre, donde precisamente se dan cita todos estos pintores. Hace décadas, este fue el hogar de genios de la pintura como Picasso, Monet, Dalí (quien tiene un museo en su honor) y Van Gogh.

Pinturas en la Plaza de Tertre

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Las callecitas de Montmartre, como podéis observar en las fotografías, son encantadoras

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El Moulin de la Galette es un leal recuerdo de la época en que Montmartre era un campo de viñedos (aunque parezca mentira, aún sobreviven algunas vides en la viña de Clos Montmartre, que cada mes de Octubre celebra su fiesta de la vendimia y donde más de cien vendedores exponen sus vinos en un ambiente típicamente medieval). El viejo molino, durante la esplendorosa belle epoque, fue reconvertido en una de las salas de fiesta con más solera de la capital pero posteriormente se cerró y hoy está catalogado como Monumento Histórico.

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La Basílica del Sagrado Corazón, en la cima de Montmartre, es una de las iglesias más bonitas de la ciudad, aunque es una auténtica locura la de gente que hay intentando visitarla. La mayor parte de ellos llegan en el funicular pero nosotros preferimos subir andando. A los pies de sus escaleras, por donde apenas se puede andar, existe un fantástico mirador que ofrece unas vistas soberbias de la Ciudad del Amor.

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Los que seáis fans del “turismo de cementerios”, recordaros que en Montmartre se encuentra uno de los más bonitos, en la Avenue Rachel, y aquí se encuentran enterrados Alejandro Dumas, Emile Zola y Francois Truffaut, entre otros. Aunque quizás aún más conocido, este ya a nivel mundial, sea el de Père-Lachaise, el lugar donde reposan los restos de Balzac, Moliere, Oscar Wilde, Maria Callas, Simone Signoret, Molière, Yves Montand, Chopin, Delacroix y la más visitada de todas, la de Jim Morrison, mítico vocalista de The Doors fallecido con sólo 27 años.

A la hora de ir de viaje, cada uno disfruta de sus propios freakismos y uno de los míos es la particular adoración que siento por el director de cine francés Jean-Pierre Jeunet. El creador de obras maestras como “Delicatessen”, “Largo domingo de noviazgo” o “La ciudad de los niños perdidos” tiene en su haber la que para mí es obra cumbre de su filmografía, “Amelie”, una de las películas más bonitas que se haya rodado nunca y que suelo ver cada año tres o cuatro veces pues siempre la encuentro nuevos detalles. Por tanto, mi visita a Montmartre, donde se grabaron varias escenas de la película, suponía un intenso recorrido por algunos de los escenarios donde vivía sus aventuras la entrañable Amelie Poulain. Y aquí están algunas de ellas…

Au Marché de la Butte, la frutería en la esquina de la calle Androuet regentada por el señor Collignon, el frutero ficticio de la película. Ha sido tal el éxito del film que en la propia frutería, además de manzanas y naranjas, se pueden comprar recuerdos y fotografías.

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El Cafe des Deux Molins, en la Rue Lepic. Esta era la bonita cafetería donde Amelie trabajaba de camarera y que hoy se ha convertido en templo de culto para todos los fans de la película.

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Y un último apunte respecto a Montmartre: aunque el barrio sea muy turístico, nosotros comimos aquí, en la terraza de un restaurante muy agradable, Le Sancerre, por apenas 15 euros por persona y eso que era pleno domingo. Para que os apuntéis la recomendación.

Hablando de gastronomía, y ya que vamos a ir acabando nuestro viaje en el Barrio Latino, me gustaría hablar un poquito de los bistros , las tabernas o tascas tan tipicamente francesas de las que antaño tiraban las clases populares, que venían aquí a ahogar sus penas entre tragos de vino tinto. Sin embargo, hoy muchas de ellas se han convertido en acogedores restaurantes decorados con mucho gusto pero que mantienen sus precios económicos. Algunos de los más risueños se encuentran en el Barrio Latino, que es un lugar inmejorable para venir a dar una vuelta al caer la noche y de paso quedarse a cenar.

El Barrio Latino es el barrio étnico por excelencia: aquí viven o deambulan personas de todas las nacionalidades, por lo que igual te puedes comer un kebab que una pizza italiana. Pero lo ideal es entrar en alguno de los bistros, que además ofrecen menús de lo más competitivos, a poco más de 10 euros un par de platos y postre. Nosotros cenamos en el encantador La Petite Hostellerie, situado en una casona de 1680 en la Rue de la Harpe, con un camarero amabilísimo que hablaba un perfecto castellano, y donde se sirven delicias francesas como los escargots (caracoles), magret de pato o mejillones a la marinera, todo en un ambiente de lo más romántico, ideal para parejas.

Interior de La Petite Hostellerie

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El Barrio Latino ha sido siempre un barrio de estudiantes, ya que aquí se encuentra una de las universidades más importantes del mundo, la de La Sorbona, pero también podemos encontrar el Museo Cluny, dedicado al arte medieval, el Panteón (donde se encuentran enterrados Víctor Hugo y Voltaire), los grandísimos Jardines de Luxemburgo o las iglesias de Saint Sulpice y Saint Severin. Hay un montón de calles peatonales que invitan a pasear (especialmente en la Rue Mouffetard, donde los domingos se celebra un mercadillo) y podrás deambular entre librerías y tiendas de discos de segunda mano a sólo unos pasos de las orillas del Sena.

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Las siniestras gárgolas parisinas

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Pero si hay una iglesia que sobresale en París sobre todas las demás y que se merece ser el broche final de este viaje a la Ciudad de la Luz, esta es la bellísima Catedral de Notre Dame, que curiosamente fue el primer monumento que visitamos en dicho viaje. Añadiendo la recomendación de la visita al Palacio de Versalles (que, como os comento, esta vez no visité pero sí en mi viaje anterior, probablemente el palacio más bonito de toda Europa y aún más sus jardines, reserva una mañana entera para ir a verlo), Notre Dame y su imponente fachada, en la que se inspiró Víctor Hugo para crear la historia del jorobado Quasimodo, es una de las catedrales más bonitas del mundo, tanto por dentro como por fuera. Su imagen es el mejor recuerdo que puedes llevarte de la capital francesa. París oh la lá…¡qué ganas de regresar!

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. oviversai dice:

    Me ha encantado leerte. Muchos de los enclaves parisinos que nombras los vi durante los 5 días que pasé en la ciudad de la luz. Pero como voy a pasar un año allí por trabajo, preferí dejar muchísimas cosas para poder disfrutarlas con calma cuando vaya en septiembre. Tomo nota de muchas de tus recomendaciones, es de gran ayuda tu publicación.

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    1. Muchas gracias! Me alegro que te haya servido de ayuda porque París es una ciudad con tantísimo que ofrecer que parezca que nunca tengas tiempo suficiente. En tu caso, un año dará mucho de sí, asi que serás tú quien no descubras nuevos secretos!! 😉

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