ESTONIA – Tallín

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>Nuestra siguiente etapa en el viaje por Escandinavia nos llevaría a Estonia, más concretamente a su capital, Tallin. Como os comenté en la entrada del viaje a Finlandia, viajar de Helsinki a Tallin no sólo es muy cómodo sino también muy barato. El precio del trayecto en barco apenas llega a los veinte euros. Y no sólo merece la pena por el propio viaje en sí (ir surcando las aguas del Mar Báltico es una bonita experiencia) sino que además te presentas en Tallin en dos horas y media. Os recuerdo que tenéis que estar en la terminal de embarque una hora y media antes para los trámites de aduana y demás. Los barcos que realizan este trayecto entre ambas capitales varias veces al día son auténticas ciudades flotantes, barcos de varios pisos en los que todo está orientado a la diversión, con decenas de bares y discotecas e incluso supermercados con artículos libres de impuestos, por lo que hay muchos finlandeses que llegan, hacen la compra y regresan a su ciudad en el siguiente barco. Otros muchos aprovechan para ponerse hasta arriba de beber porque aquí el alcohol tampoco paga tasas (y os recuerdo que el precio medio de una cerveza en Helsinki es de nueve euros); yo no he entendido muy bien lo de emborracharse subido a un barco pero lo cierto es que estas naves son tan grandes que apenas notas el movimiento.

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Teníamos mucha curiosidad por conocer Estonia ya que aparte de ser uno de los países menos poblados de Europa, con poco más de un millón de habitantes, su situación histórica como república ex soviética nos resultaba de lo más atractiva. Los pobres estonios se han pasado la vida bajo el yugo de gobernantes extranjeros, desde los Caballeros Teutónicos hasta la Corona de Suecia, los nazis alemanes y finalmente la Unión Soviética, lo que ha provocado a lo largo de su historia la germinación de innumerables movimientos nacionalistas. El tiempo que pasamos en el país constatamos de largo que los estonios están muy orgullosos de ser quienes son, de sus raíces y costumbres y, sobre todo, de su finalmente conseguida independencia como nación, que no se consolidó hasta el año 1991. El camino hasta declararse como un país independiente ha estado plagado de sangre y lágrimas.

En cualquier caso (lo notarás cuando pasees por Tallin) el pasado soviético de Estonia continúa estando bien presente en la vida diaria del país, no obstante, una cuarta parte de la población es rusa y también viven aquí muchos ucranianos y bielorrusos; no es de extrañar ya que desde el año 2004 Estonia pertenece a la Unión Europea, con todas las ventajas que ello conlleva, lo que ha atraído a muchos expatriados de otras repúblicas ex soviéticas. La convivencia de culturas eslavas es la tónica habitual en estas tierras. Y una curiosidad más: pese a la cantidad de iglesias y templos que se agolpan en Tallin, Estonia es el país menos religioso del mundo: apenas un 20% de sus habitantes se declara practicante de algún culto. Supongo que tantos años de dolor y penurias les ha enseñado que el dios en el que más se puede confiar es uno mismo.

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Desembarcábamos en Tallin y lo primero que hacíamos al llegar a la terminal de los ferries era irnos a sacar dinero a un cajero. Con tanto lío de países en este viaje, pensábamos que en Estonia aún usaban la corona pero no, desde hace pocos años ya utilizan como nosotros el euro. Mejor, así no teníamos que estar con cálculos ni conversiones. Después de venir de un país como Finlandia, con un nivel de vida altísimo y unos precios que daban miedo, era un descanso llegar a Estonia y comprobar que los precios eran algo más bajos que los que estilamos en España. Por poner un ejemplo, el alojamiento que habíamos escogido, los Central Apartment Kalamaja, apenas nos salía por 53 euros por noche y era un apartamento grandísimo con todo tipo de comodidades. Lo encontramos por Booking y fue todo un acierto; eso sí, dadles un telefonazo quince minutos antes de llegar porque los dueños tienen apartamentos en otras partes de la ciudad, para que os estén esperando. Nosotros nada más llegar comprobamos la amabilidad de los estonios cuando un señor, al vernos llamar y que nadie nos abriera, se ofreció a llamar a los dueños él mismo desde su móvil y así de paso ya charló con nosotros un ratito y nos contó lo enamorado que se había quedado de España cuando había visitado nuestro país. Lo bueno del apartamento es que estaba en la calle Valgebase, en una zona residencial tranquilísima llena de jardines y casitas antiguas, a apenas diez minutos andando de las murallas del centro histórico y muy cerca también de la principal estación de autobuses, vamos, que la ubicación era ideal. Además, teníamos a dos minutos un supermercado grandísimo que nos vino genial para hacer compra de cervezas locales (la más conocida es la Viru) y aprovisionarnos de cosas para el desayuno. Por cierto, el dueño del apartamento majísimo, él mismo nos dejó pedido un taxi para la mañana del día que nos íbamos, ya que el vuelo de Air Baltic a Estocolmo nos salía bastante temprano. Lo bueno es que el aeropuerto de Tallin está bastante cerca de la ciudad, a apenas diez kilómetros, y el trayecto nos costó poco más de diez euros.
Aunque en Tallin la mayoría de la población sólo habla estonio (principalmente) y en menor medida letón, lituano y ruso, al ser una ciudad bastante turística no tuvimos demasiado problema para hacernos entender y en general los estonios nos parecieron súper amables. Todo ello teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, son norteños, y que no es tan habitual lo de ponerse a charlar con cualquiera como en los países latinos pero lo cierto es que con la fama de fríos y distantes que tienen, a nosotros en general nos sorprendieron para bien.
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Antes de comenzar con nuestro paseo por la ciudad, comento que hay muchos turistas, los que viajan en crucero, que únicamente visitan Tallin durante unas horas, el tiempo que les permiten estar los del barco correspondiente. Por este motivo, el casco antiguo se encuentra literalmente petado de gente por las mañanas (hay calles en las que apenas se puede andar) y, sin embargo, cuando cae la tarde, la ciudad se queda casi desierta y nosotros paseábamos por muchas de esas calles sin cruzarnos prácticamente con nadie. Independientemente de que en mi opinión Tallin es una ciudad imposible de degustar a fondo en sólo una mañana, recomiendo encarecidamente lo de dormir allí precisamente para poder disfrutar de Tallin con calma por las tardes, que es cuando realmente te empaparás de su encanto. Además, hay vida más allá del centro histórico: nosotros estuvimos tres días y aún así podíamos haber estirado la visita bastante más. Comento esto porque aunque la ciudad parezca algo pequeña (no llega al medio millón de habitantes, un tercio de la población nacional vive aquí), a nivel patrimonio histórico tiene muchísimo que ofrecer. Lo bueno a cambio es que prácticamente puedes llegar a todos los sitios interesantes andando.
Comencemos ya. El casco histórico de Tallin no es que sea espectacular, no, es que literalmente está considerado como el casco medieval mejor conservado de toda Europa, que se dice pronto teniendo en cuenta las ciudades tan bellísimas con las que ha de competir. Antiquísimo (empezó a construirse en el siglo XIII aunque la primera fortaleza que se erigió data de nada menos que del 1050), es prueba palpable de cómo la ciudad comenzó a enriquecerse a raíz de su pertenencia a la Liga Hanseática, esa asociación de comerciantes que establecieron que sus rutas pasaran por ciudades como Gdansk, Hamburgo, Riga, Visby o Reval (que es como se conocía a Tallin en aquella época). Las elegantísimas mansiones que pueden encontrarse dentro de las murallas así lo atestiguan.
Hablando de murallas, todo el casco antiguo se encuentra completamente amurallado, lo que da a la ciudad un aire de cuento de hadas embriagador. Es una auténtica delicia entrar y salir del casco antiguo por alguna de sus numerosas puertas, a cual más bonita. Esta de aquí abajo, por ejemplo, es la Monastery Gate, por la que accedimos la primera mañana. Si no fuera por los coches y los turistas, parecería que fuéramos a encontrarnos de un momento a otro con Merlín el Encantador.
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Recorrer el perímetro de las murallas, tanto por el exterior como por el interior, es algo en lo que te aconsejo que gastes un par de horas (si no más). Hay un montón de torres, de distintas formas y diferentes épocas, levantadas a lo largo de los muros defensivos y además varias de ellas se pueden visitar por dentro. Algunas de ellas como la Maiden Tower, que antiguamente ejerció como cárcel para prostitutas, es sin embargo hoy en día una coqueta cafetería. Algunas de las más bonitas son la Nun’s Tower, la Kiek in the Kök (en cuyo interior hay un pequeño museo acerca de las fortificaciones de Tallin), la Sauna Tower, la Golden Leg Tower, la Epping Tower y la robustísima Fat Margaret, que se construyó con la intención de impresionar a los visitantes que llegaran por primera vez a Tallin. Aquí os dejamos las fotografías de algunas de ellas.
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El corazón del Old Town es, como no, la Raekoja Plats (nombre que se usa desde 1923) o lo que es lo mismo, la Town Wall Square. Aquí se encuentra el bellísimo Ayuntamiento, el más antiguo de toda Escandinavia y las naciones bálticas y el único ayuntamiento de estilo gótico del norte de Europa. Lo cierto es que visto desde lejos parece más una iglesia que un consistorio. Los tallinenses tienen mucho cariño a este precioso edificio porque aquí se encuentra la pequeña estatua del simpático Old Thomas, el símbolo de la ciudad, un campesino que era todo un prodigio manejando el arco y las flechas y al que Tallin quiso recompensar sus virtudes dándole de por vida el puesto de guardián de la ciudad.
El Ayuntamiento fue construido en la antigua Plaza del Mercado y aparte de acoger un almacén gigantesco y una amplísima sala de reuniones, en el pasado llegó a ser utilizado como teatro y en la actualidad, aparte de usarse para tareas administrativas, también alberga en su interior un museo, que se puede visitar en Julio y Agosto, y una sala de conciertos. Sus más de 600 años de antigüedad no han hecho mella ninguna en su apariencia majestuosa.
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Si visitas Tallin cuando comienzan las buenas temperaturas en verano, te encontrarás la Town Hall Square llena de acogedoras terracitas y si vienes en invierno, comprobarás que la plaza es utilizada, como hace siglos, para organizar uno de los mercadillos navideños más bonitos de Europa alrededor de un altísimo árbol de Navidad. Aquí también encontrarás la Raeapteek, una de las farmacias más antiguas de Europa, en funcionamiento desde el siglo XV. Hoy en día es uno de los edificios más visitados de la ciudad y una de sus curiosidades es que, según cuenta la leyenda, aquí se inventó el mazapán mientras los boticarios experimentaban con nuevos medicamentos. Cerquita tienes el Kalev Marzipan Room, una tienda-museo donde podrás admirar (y comer) un montón de mazapanes a cual más original.
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He comentado antes la cantidad de restaurantes que puedes encontrarte en la plaza pero la mayoría de ellos son exageradamente turísticos y con precios bastante altos para los niveles de vida estonios. En ese sentido, quizás hayas visto en otros blogs que se aconseja comer en el restaurante Olde Hansa, que en nuestra opinión es una trampa para turistas donde te soplan 40 euros por barba con el rollo de que sus camareras van disfrazadas de cortesanas. Nosotros nos asomamos a echar un vistazo y francamente, nos pareció un sitio bastante artificial. Asi que optamos por ir al restaurante que llevábamos anotado y que, sinceramente, nos pareció uno de los grandes descubrimientos de Tallin, el III Draakon. Este pequeñito restaurante medieval (medieval hasta el punto de que no tienen luz eléctrica y cenas a la luz de las velas), no sólo es auténtico a más no poder, con sus mesas de madera, sus muros de piedra y su cubertería de barro (vamos, como si estuvieras en plena Edad Media) sino que encima la comida está riquísima (optamos por sidra artesanal, salchichas caseras, costillas y una deliciosa sopa de alce, uno de los platos estrella del medievo estonio) y apenas pagamos 20 euros por una cena para dos. Asi que ya sabes, cuando vayas a Tallin, no olvides que el III Draakon es uno de los lugares más especiales de la ciudad para darte un homenaje gastronómico.
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La calle Pikk (la Pikk Tänav en estonio) a mí fue uno de los lugares que más me gustó de Tallin. No sólo es una de las calles más largas e importantes del casco viejo, también conserva algunos de los edificios más bonitos de la ciudad, tanto medievales como otros de art noveau. La calle comienza en la antes mencionada Torre de Fat Margaret, que antiguamente se usó como armería y como prisión y actualmente acoge el Museo Marítimo de Estonia.
Great Coast Gate
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La calle Piik es refugio de los artistas locales y es donde se pueden encontrar las mejores galerías de arte, entre las que destaca la Navitrolla, por lo que es un buen lugar para hacerse con souvenirs. Aquí se encuentra también la Sociedad Filarmónica de Tallin, que a menudo ofrece conciertos de música clásica, el bonito café Maiasmokk (en activo desde 1864 y el lugar con más glamour en la era soviética), el hotel Three Sisters, uno de los más emblemáticos de la ciudad, y la Casa de la Hermandad de los Cabezas Negras, una asociación de mercaderes solteros germanos que en tiempos medievales se ocupaban de las labores defensivas de la ciudad. Al final de la calle se halla también la iglesia luterana de la Santísima Trinidad.
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La Iglesia de San Olav, que tardó nada más y nada menos que cuatro siglos en estar acabada, cuenta con una torre de 124 metros de altura (en su época, en el siglo XII, fue considerada el edificio más alto del mundo). Puedes subir a su torre para admirar Tallin desde las alturas. Aunque en la actualidad ejerce como iglesia baptista, lo cierto es que su interior es bastante espartano. Una de las curiosidades de la Iglesia de San Olav es que cuando los soviéticos se “adueñaron” de Estonia en 1944, una de sus prioridades era impedir a la población tener contacto con el mundo occidental, por lo que usaron la torre como base de operaciones para bloquear la señal de televisión que llegaban desde la vecinas Finlandia y Suecia. Los rusos temían la propaganda política extranjera pero en realidad a los estonios lo que más curiosidad les producía era ver si era verdad que en los canales suecos se retransmitían películas eróticas.
Coquetísima peluquería en las calles de Tallin
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En la calle Pikk podemos encontrar el edificio donde el Comité para la Seguridad del estado, es decir, la KBG instaló durante la Guerra Fría sus oficinas centrales y su emisora de radio y donde los sospechosos de ir contra el gobierno eran interrogados y la mayoría de las veces también torturados. Las ventanas eran tapiadas para que no se pudiera ver nada de lo que ocurría en el interior ni se escucharan los gritos de los prisioneros. Una placa en el exterior recuerda que “aquí comenzó el sufrimiento de miles de estonios”.
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Por cierto, si estás interesado en conocer un poco más del pasado comunista de Tallin, que abarcó desde 1944 a 1991, te recomiendo que te dejes caer por el Museo de la KGB en el Hotel Viru, que en su momento fue el más grande de toda la Unión Soviética. En su último piso, el 23 (aunque oficialmente los ascensores sólo llegaban hasta el 22) era donde trabajaban los espías rusos y las habitaciones donde se encuentran los viejos teléfonos que les comunicaban directamente con Moscú se encuentran en idéntico estado a cómo fueron halladas después de que se abandonaran precipitadamente en el año ’91. El Viru era el único hotel donde podían alojarse los pocos extranjeros a los que se permitía la entrada a Estonia y había micrófonos y espías disfrazadas de camareras y bailarinas por todas partes.
Iglesia de San Olav
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Este de aquí abajo es el Great Guild, exponente magnífico de la arquitectura de Tallin y uno de los edificios medievales mejor conservados de la ciudad, teniendo en cuenta que estuvo en funcionamiento continuado desde principios del siglo XV hasta 1920, acogiendo diferentes eventos organizados por el gremio de los comerciantes. Actualmente alberga el Museo Histórico de Estonia (entrada 5 euros), que recorre la historia del país desde los tiempos neolíticos.
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La Iglesia de San Nicolás, fundada en 1230, es una de las más curiosas de la capital ya que en su interior se encuentran las pinturas de la Danza de la Muerte. Este estilo arquitectónico, que puede encontrarse también en otras ciudades como París o Basilea, fue muy popular en la Baja Edad Media, acaso debido a enfermedades como la peste negra, que se llevaron consigo miles de vidas. Con estas pinturas se pretende simbolizar la fragilidad de la vida humana y la inevitable llegada de la muerte, que a todos nos afecta por igual. En las pinturas se puede ver danzando a los esqueletos con reyes y sacerdotes.
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El cine Soprus es el más antiguo de toda Estonia y recibe cerca de 7.000 visitantes diarios. Fue uno de losa edificios más importantes de la época estalinista y en la actualidad, aparte de organizar festivales cinéfilos, emite películas de cine independiente.
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El Catherine’s Passage es uno de los rincones más pintorescos de Tallin. Es un pequeñito callejón medieval, conocido antiguamente como la Calle de los Monjes, que afortunadamente se mantiene intacto y que actualmente guarda en su interior coquetas tiendecitas de artistas locales, algunas de ellas escondidas en subterráneos y donde principalmente se vende cerámica y cristal. Las casas aledañas son del siglo XV y algunas de ellas han sido restauradas para que no se pierda la esencia de siglos pasados. Al lado se halla el Claustro del Monasterio de los Dominicos del año 1246.
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En las calles de Tallin el tiempo parece haberse detenido hace seiscientos años…
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Nos vamos a la zona de Toompea, la colina que se encuentra 30 metros por encima del casco histórico y desde la que se obtienen unas bellísimas vistas de la ciudad. La subida se hace por unos callejones empedrados. Desde la antigüedad, esta parte de Tallin ha sido la más codiciada por los gobernantes, ya que permitía controlar todo el área circundante y los castillos que a lo largo de la historia se han emplazado aquí resultaban más fáciles de defender. La aristocracia danesa fue una de las primeras en escogerla como lugar de residencia y desde entonces las asperezas entre los nobles y los vasallos (que vivían en la parte baja) han sido contínuas.
El Danish King’s Garden es uno de los lugares más bonitos de esta zona. Según cuenta la leyenda, una bandera cayó del cielo mientras las tropas de Dinamarca invadían la ciudad (y al parecer, de ahí viene el orígen de la actual bandera danesa).
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Las vistas de la ciudad desde los miradores son impresionantes
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Probablemente el edificio que más me gustó en todo Tallin: la Catedral de Alexander Nevsky. Y es que cuando uno se imagina las gélidas tierras rusas ¿qué es lo primero que le viene a la cabeza? Las típicas iglesias ortodoxas con cúpulas de cebolla. En ese sentido, cuando te ves frente a la catedral, creeme, te parecerá estar en el corazón de San Petersburgo pues simboliza muy bien el poder de los zares antes de la revolución. Fue construida a finales del siglo XIX, cuando Estonia era una provincia más del imperio ruso, y estuvo a punto de ser demolida unos años más tarde por las autoridades locales, que la asociaban con la dominación soviética. Menos mal que se impuso el sentido común y la mantuvieron en pie: nunca he entendido esa cabezonería de muchos gobiernos de destruir lo que otros construyeron antes, en vez de valorar el valor histórico y arquitectónico de muchos edificios.
La catedral se puede visitar por dentro, aunque tengas que aguantar pacientemente a que entre y salga gente (es uno de los templos más visitados por lo exótico de su fachada): la entrada es gratuita y aunque está prohibido fotografiar su interior, a nosotros nos pareció que la visita mereció mucho la pena.
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La Catedral de Santa María, conocida en estonio como Toomkirik, es la más antigua de la ciudad y con un sangriento pasado (los monjes que comenzaron a construirla sobre las bases de otra antigua de madera fueron asesinados por los Caballeros Teutónicos). Aquí es donde se encuentra la sede del arzobispado de Tallin y en su interior se encuentran enterrados algunos de los personajes más relevantes de la historia de Estonia.
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Aquí tenemos el Castillo de Toompea, que desde el siglo IX, cuando los caballeros germánicos levantaron la primera fortaleza, ha sido construido, demolido y vuelto a reconstruir una y otra vez. Por aquí han pasado todos y cada uno de los conquistadores de Estonia. Hoy en día es la sede del Parlamento y se puede visitar su interior de lunes a viernes. La torre de 46 metros que veis en la fotografía, la de Pikk Hermann, cuenta con su propia leyenda: cualquiera que consiga ondear la bandera de su país en lo alto habrá demostrado que gobierna en Estonia.
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Un último apunte antes de irnos a las afueras de Tallin a visitar el Estonian Open Air Museum: os recomendamos para comer este restaurante, el Hell Hunt. Menudo descubrimiento. Una carta larguísima de cervezas artesanales y un menú de escándalo (no os vayais sin probar las empanadillas rusas y, sobre todo, el pato con puré de patatas): salimos a unos 18 euros por persona y además el local es precioso.
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Uno de los lugares que vete a saber por qué la mayoría de los que visitan Tallin suelen pasar de largo es el Estonian Open Air Museum. De hecho, cuando cogimos el autobús para ir para allá (se encuentra a las afueras de la ciudad, en Rocca al Mare), vimos que éramos los únicos no-estonios, lo que ya nos llamó bastante la atención. Y lo constatamos cuando llegamos al museo y vimos que practicamente no había apenas visitantes, lo que nos dió bastante pena ya que nos pareció un lugar interesantísimo. Para nosotros mejor porque lo recorrimos practicamente solos (apenas nos cruzamos con un par de turistas) pero es una lástima que el gobierno se haya esforzado tanto en montar un museo al aire libre tan gigantesco como este y casi todo el mundo se limite a visitar el centro histórico.
El Museo al Aire Libre de Estonia se encuentra en mitad de un frondoso bosque, cubre casi 80 hectáreas (vamos, que te puedes tirar pateando toda la mañana, nosotros no creo que entre unas cosas y otras andáramos menos de ocho o diez kilómetros) y es una recreación maravillosa de lo que era la vida en el campo en Estonia hace varios siglos. Se han trasladado casi un centenar de casas de todo el país y se han reunido creando un idílico pueblo al aire libre. Todo ello, como digo, en mitad de la naturaleza y escuchando mientas caminas el canto de los pájaros. Una gozada. Además, la entrada sólo cuesta 8 euros: me pareció bastante barata para todo el provecho que se saca a la visita.
Dentro del museo, que como os digo abarca un área grandísima, se pueden encontrar desde diferentes granjas a saunas, capillas de madera, barracas de pescadores, tabernas, molinos de viento y de agua, cuarteles de bomberos y hasta una escuela. Además, las casas se pueden visitar por dentro, ya que se mantiene el mobiliario original así como las herramientas de labranza, para que te hagas una idea bastante fidedigna de cómo vivían antaño en el entorno rural. Como veis en las fotos, es una visita la mar de didáctica; os recomiendo que si venís a Tallin, no os vayais sin gastar una mañana entera en el Estonian Open Air Museum, quizás el secreto más valioso de la capital báltica.
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