ESTADOS UNIDOS – Road trip por la Ruta 61 – 8 – Texas

Dejábamos atrás el estado de Mississippi y nos íbamos a nuestra siguiente etapa, que nos llevaría a pasar unos días en Texas. A la hora de planificar el viaje, como vimos que eran bastantes kilómetros y nos veríamos obligados a hacer al menos una noche entre un punto y otro, decidimos buscar un sitio algo original para dormir y lo encontramos a medio camino. En el pequeñísimo pueblo de Murfreesboro (Arkansas), donde se encuentra el Diamond Old West Cabins, un hotel perdido en mitad del campo (por la noche no se veía ni una luz), que ha intentado recrear de manera bastante fidedigna los antiguos pueblos del viejo Oeste, como podéis ver en las fotografías. La verdad es que cuando logramos encontrarlo, después de que el GPS nos llevara por carreteras polvorientas que no conducían a ningún sitio, alucinamos al ver lo currado que estaba, mucho más conseguido incluso que lo que habíamos ojeado previamente en internet. Habíamos reservado una habitación cuádruple para las dos parejas: lo curioso es que como esta simulaba ser el establo, por dentro hasta tenía una especie de corral con sus correspondientes rejas, todo muy fuera de la norma. El precio fue de aproximadamente 140 euros entre los cuatro, prácticamente lo mismo que nos hubiera costado dormir en un hotel convencional, mereció un montón la pena la experiencia. Eso sí, cuando llegamos la recepción estaba completamente desierta pero otra pareja nos avisó que podíamos encontrar la llave de nuestra cabaña debajo del felpudo. ¡Todo muy de andar por casa!

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Como Murfreesboro es bastante pequeño y tampoco había mucho para ver, aparte de que estábamos reventados del viaje, bajamos únicamente al pueblo a comer en el restaurante mexicano Los Agaves, que por cierto espectacular, para mí de lo mejorcito de esas tres semanas. Con un camarero amabilísimo (mexicano,claro) que se volcó con nosotros en cuanto nos escuchó hablar en castellano (nos repuso gratuitamente los nachos al menos cinco veces), un lugar súper acogedor, con precios increíblemente baratos – aproximadamente unos 12 dólares por persona – y la comida deliciosa.

Como en Texas nos moveríamos entre Dallas y Fort Worth los días que estuviéramos allí (ambas ciudades están separadas por sólo 55 kilómetros), habíamos reservado el motel a las afueras de Fort Worth, el Microtel Inn & Suites Fort Worth. De los mejores del viaje en cuanto a calidad-precio: 60 euros por pareja/noche/habitación, con desayuno incluído y un cuarto grandísimo con microondas y frigorífico. Fue el único motel que nos aseguramos de que tuviera piscina ya que en Texas en verano las temperaturas son extremas. La utilizamos una de las tardes y nos estuvimos bañando nosotros solos, parece que en los moteles las piscinas son poco utilizadas por los clientes.

Lo mejor de nuestro hotel es que al estar a las afueras no había problema ninguno de aparcamiento y encima teníamos enfrente un restaurante-pub gigante que era la repera. Redneck Heaven, su nombre lo dice todo (los rednecks son los paletos yankees, se les conoce con ese nombre ya que en sus orígenes eran gente muy humilde que trabajaba en el campo y que tenían los cuellos colorados de tanto darles el sol, de ahí lo de “red neck”). La verdad sea dicha, Texas hace honor a su fama de estado de paletos-paletos, sólo había que ver la clientela del bar, un montón de tíos solos con sus botas de piel de cocodrilo y sus gorros de vaquero apurando una Budweisser detrás de otra, atentísimos a las pantallas donde retransmitían los partidos de los Dallas Cowboys, mientras las camareras (que iban prácticamente desnudas, no exagero, una de las noches que fuimos a tomar algo el sujetador era una cinta amarilla de esas que usan los policías en las escenas del crimen), cada vez que uno las daba 20 dólares, se arreaban unas a otras con un cinturón . Ese tipo de cosas que sólo se pueden presenciar en los baretos de Estados Unidos. Eso sí, hay que reconocer que el garito tenía siempre un montón de ambiente, con buena música y unos filetes de bisonte espectaculares.

La carne de bisonte, la especialidad del Redneck Heaven

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Nuestro recorrido por Texas comenzaría por Dallas, la ciudad más grande de todo el estado, esa que de por vida asociaremos al petroleo y, sobre todo, a la conocida serie de televisión del mismo nombre que popularizó a la urbe en todo el mundo durante trece años. Y es que hablar de Dallas es traerte a la cabeza a ese malo malísimo que fue JR y todas las intrigas que se desarrollaban en su familia. Por cierto, que os comento que el rancho donde se rodaba y que servía a la vez de casa ficticia de los Ewing, el Southfork Ranch, ofrece visitas guiadas por un precio de unos 12 dólares. Nosotros al final no fuimos porque habíamos leído que decepciona un poco y que es más pequeño que lo que esperas pero los que seais muy fans de la serie, tened presente que ahí está la opción.

Dallas, pese a no ser una ciudad excesivamente grande (poco más de un millón de personas), cuenta sin embargo con uno de los skylines más impactantes de todo el territorio estadounidense y el sexto más grande del país, con un montón de rascacielos entre los cuales una veintena superan de largo los 150 metros de altura. Acaso el más conocido sea Torre Reunion, uno de los grandes símbolos de Dallas, con un restaurante giratorio en su azotea y que ofrece, previo pago de 15 dólares de entrada para acceder al mirador, algunas de las mejores vistas de la ciudad.

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El Renaissance, con sus 56 pisos de altura y sede de la compañía Blockbuster, es el segundo rascacielos más alto de Dallas.

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Aunque anteriormente he comentado que Dallas no es muy grande en cuanto a población, en extensión a nosotros nos pareció enorme. Quizás a ello contribuyó el calorazo que hace en verano en esta parte del país, por lo que necesitas coche sí o sí. Intentamos ir andando de un rincón a otro pero al final desistimos e imitamos a los locales, que van motorizados a cualquier sitio. Los pocos peatones que se veían por la calle era viajeros como nosotros cámara en mano, texanos esperando en la parada del autobús y oficinistas que iban a su lugar de trabajo. Además, os aviso que en las rutas de acceso a la ciudad se montan unos atascos de tráfico impresionantes, debido precisamente a que Dallas está viviendo un segundo boom en el sector de la construcción y no sólo se levantan grandísimos edificios, también muchísimas carreteras se encuentran en obras (que hay que ver qué mérito el de los obreros, casi todos mexicanos, trabajando con el alquitrán bajo un sol implacable, para que luego venga a decir Donald Trump que los inmigrantes son unos parásitos que no aportan nada al país).

Si hay un hecho que colocó a Dallas en su momento en el punto de mira del mundo entero, fue el asesinato el 22 de Noviembre de 1963 del presidente John Fitzgerald Kennedy. A día de hoy, un 61% de los estadounidenses sigue sin creerse que el crimen fuera llevado a cabo por un hombre solo, Lee Harvey Oswald, quien casualmente fue asesinado sólo dos días después de la muerte de Kennedy y se llevó el secreto a la tumba. Las estremecedoras imágenes de ese tiro que voló la tapa de los sesos del presidente (y que no se emitieron hasta diez años después, lo cierto es que son crudísimas) componen uno de los capítulos más inquietantes de toda la historia de Estados Unidos. Nadie parece creerse la versión oficial (yo entre ellos) : son mucho más probables las distintas teorías que hablan de otros posibles ejecutores, como la mafia (a quien Kennedy hostigaba sin tapujos pese a que su familia siempre anduvo ligada a sus turbios negocios), la propia CIA, resentida con Kennedy por su negativa a invadir Cuba, la KGB, refugiados anticastristas… Kennedy y sus políticas se crearon múltiples y poderosos enemigos en muy poco tiempo. Y pese a la de libros y películas que han intentado arrojar algo de luz al magnicidio (quizás la más famosa “JFK” de Oliver Stone), la realidad es que a día de hoy no sabemos con seguridad quien ordenó la eliminación de Kennedy. Y probablemente no lleguemos a saberlo nunca.

Esta de aquí abajo es la Kennedy Memorial Plaza, donde se construyó en 1970 este cenotafio (o tumba abierta) en memoria del presidente.

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Este edificio de aquí abajo (lo habréis visto mil veces por televisión) es desde donde se supone que Lee Harvey Oswald disparó los tres tiros que intentaban acabar con la vida de Kennedy. Esto hubiera supuesto que los tres disparos se realizaran en sólo cinco segundos y con un arma que, según se comprobó después, tenía la mira telescópica defectuosa. De estas tres balas, una de ellas provocó siete heridas diferentes en Kennedy y en el gobernador John B. Connally, que iba en la parte delantera de la limousina, otra incógnita sin resolver (de hecho, se la conoce como la “bala mágica”). Lee Harvey Oswald defendió de todas las maneras posibles, en los dos días que le dejaron vivo, que él era un cabeza de turco al que querían encasquetar el muerto y nunca mejor dicho. Por ese motivo, no entramos a visitar el Sixth Floor Museum que se encuentra en este edificio, porque no nos creemos la historia “oficial” que allí se cuenta.

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El punto exacto, en la Dealey Plaza y colindante con Elm Street, donde Kennedy fue acribillado. Como podéis ver en la fotografía, en la calzada está marcado con una cruz el lugar del disparo.

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Localizado en pleno barrio de West End se encuentra el Old Red Museum, en mi opinión el edificio más bonito de toda la ciudad y en cuyo interior se expone un recorrido por la historia de Dallas desde su fundación en el año 1841.

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Museo del Holocausto, fundado por más de un centenar de judíos supervivientes de la Segunda Guerra Mundial.

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Uno de los rincones más entrañables de Dallas: el monumento a Rosa Parks, la mujer negra que en 1955 se negó en Alabama a cambiarse de asiento en el autobús y ceder el sitio a un blanco (recordad que en aquella época los buses eran segregados y los negros debían ir sentados en la parte de atrás). Su valeroso gesto, que la condujo a la cárcel, encendió la mecha que desencadenaría la lucha por los derechos civiles de los negros, encabezada por Martin Luther King. Rosa Parks se convirtió en la primera mujer afroamericana en tener un monumento dentro del hall del Capitolio de Washington. La estatua de Rosa Parks en Dallas se encuentra justo al lado de una de las principales paradas de buses de la ciudad para que los pasajeros recuerden a esta mujer que, según reza el dicho, “logró levantarse sentándose”.

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La Pioneer Plaza, un lugar francamente bellísimo. Ubicada junto al Confederate War Memorial, donde se rinde homenaje a los caídos en la Guerra de Secesión, su mayor atractivo es conservar la mayor estatua de bronce del mundo, compuesta por 49 esculturas de las long horns cows, las vacas tan típicas texanas. A nosotros nos encantó.

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Hay un lugar interesantísimo que, sin embargo, parece pasar desapercibido para muchos visitantes, que se encuentra en Old Park y no es otro que el Dallas Heritage Village. Y comento lo de que injustamente parece ser ignorado por los turistas porque la mañana que nos acercamos a verlo estuvimos haciéndolo completamente solos, hasta el punto de que algunas de las casas estaban cerradas y el señor que trabajaba en recepción, al ver que éramos españoles y lo interesados que estábamos en la visita, nos las abrió para que las pudiéramos recorrer por dentro y además ejerció de improvisado guía, explicándonos con un montón de detalles cómo era la vida antaño en estas tierras.

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El Dallas Heritage Villa, cuya entrada (9 dólares) nos pareció bastante barata para lo extenso que es, fue construído gracias al traslado de un montón de casas de todo Texas que fueron traídas hasta aquí para que intentemos comprender el modo de vida de los texanos en el siglo XIX. Son un total de 38 viviendas diseminadas, entre las que se incluyen bancos, oficinas de correos o escuelas, que pudimos visitar por dentro y admirar el mobiliario, impecablemente conservado, de hace dos siglos.

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Esta de aquí arriba es la primera cabaña de madera de la familia Miller, con la curiosidad de que le añadieron ventanas de cristal, que no eran lo habitual en dicha época. Como el señor Miller era maestro, construyó esta escuela improvisada, donde se daban clases a los niños de las granjas cercanas. En esta pequeña cabaña llegaron a vivir cerca de 20 personas.

Los Miller, que eran una familia acomodada de terratenientes de plantaciones de algodón, construyeron con la ayuda de sus esclavos esta preciosa mansión de madera de cedro y roble, que es donde ellos residían. La casa, inspirada en la arquitectura griega, fue diseñada de tal modo que se aprovechara al máximo la brisa, debido a las altas temperaturas que suelen registrarse en las tierras de Texas, sobre todo en verano. En el patio trasero contaban con una cisterna para recoger el agua de la lluvia, ya que esta era más agradable al tacto que la que se almacenaba en los pozos. Como podéis ver, en las diferentes estancias se ha mantenido el mobiliario original.

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En las casas adyacentes pudimos observar cómo antiguamente se llevaban a cabo todas las tareas relacionadas con la agricultura, de una manera totalmente artesanal.

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La Renner School fue transportada desde una comunidad rural al norte de Dallas, donde los alumnos cursaban desde primer hasta séptimo grado. La pintura gris de las paredes ha logrado aguantar impertérrita casi dos siglos. En aquella época, eran muy pocos los niños que se podían permitir una educación ya que la mayoría de las familias, sin recursos económicos, necesitaban de su ayuda laboral para salir adelante, por lo que el curso escolar se solía desarrollar entre las cosechas de otoño y las siembras de primavera.

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Así eran los hospitales en Texas a mediados de 1800

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Precioso mural en la Main Street. Cada pueblo tenía su calle principal, que generalmente era una carretera que conectaba con otras comunidades y alrededor de la cual se construían los edificios más importantes de la población, como hoteles, bancos y tabernas.

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Y hasta tenían, como no, su propio saloon, ese que tantas veces sale en los westerns y donde los cowboys borrachos acababan estampándose en la cabeza sillas y botellas, después de unas cuantas partidas de billar y naipes. No se permitía la entrada a las damas de la época por considerarlo un lugar demasiado sórdido para las señoritas.

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Las “tiendas de abarrotes” eran uno de los comercios más populares en el siglo XIX. En estas tiendas uno podía encontrar practicamente de todo, desde productos frescos y enlatados a ropa y medicamentos. Los dueños generalmente fiaban a los clientes, por lo que el papel de estas tiendas era fundamental en el desarrollo económico de los pueblos. Además, constituían el punto de encuentro para que los vecinos charlaran acerca de las últimas novedades acaecidas en la comunidad.

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Algunas fotos más del Dallas Heritage Village

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¡Qué mejor souvenir de Dallas que un bolso con sus correspondientes pistolas!

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Antes de dejar Dallas, sólo una recomendación, ya que hablamos de compras. Creo que os he comentado en otras entradas de blog lo fan que soy de la cadena de tiendas Buffalo Exchange, donde puedes encontrar ropa de segunda mano de marcas chulísimas por cuatro duros y en perfecto estado. Os aconsejo que os acerqueis al 3424 de Greenville Avenue a echarle un ojo al local de Dallas porque es grandísimo y os vendrá estupendamente para las compras o incluso llevar algo de recuerdo.

Nos vamos ahora a Fort Worth, la segunda ciudad más grande de Texas, aunque realmente lo más relevante para visitar se encuentra en su distrito histórico, Stockyards. Cuando aquí llegó el ferrocarril en 1876, este pasó a convertirse en uno de los centros ganaderos más importantes de todo el país (recordad que la carne de res texana está considerada una de las mejores del mundo). A principios de 1900 se vendían aquí más de un millón de cabezas de ganado por año. Y es que hay que recordar que pese a que nosotros somos más de verdura, los estadounidenses son unos grandes consumidores de carne (así les pasa luego, que hay infartos a cascoporro): sólo hay que echar un ojo a uno de los programas más populares de su televisión, “Crónicas carnívoras”.

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Actualmente se mantienen en pie casi 50 edificios históricos que recuerdan aquella época. Cuando llegueis, os recomiendo que os vayais hasta el final del distrito, ya que allí podréis dejar el coche en un parking totalmente gratuito y ahorraros unas pelillas (está en la calle del estadio donde se celebran los rodeos los viernes y los sábados).

La verdad que si hay un lugar que rememore de manera bastante fidedigna cómo era la vida de los cowboys (y las cowgirls, que también las hay) antiguamente, este es Stockyards. Se la conoce como “la ciudad donde comenzaba el Oeste”, ya que tras el Red River ya se encontraba el territorio donde vivían los indios, y aunque es cierto que para mi gusto está muy turistizada (la mayoría de los edificios actualmente se han convertido en salones, restaurantes y tiendas de souvenirs) aún se logra conservar ese ambiente de antaño. Eso sí, os recomiendo que si hacéis este viaje y buscais ropa western, la compréis en Nashville que es mucho más barata que aquí, en Stockyards los precios eran intocables precisamente por la cantidad de turistas que atrae.

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Este de aquí abajo es el Cowtown Coliseum, donde como os comentaba antes se siguen celebrando rodeos (la entrada no es cara, unos 15 dólares, teniendo en cuenta que el espectáculo dura unas dos horas).

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En las calles de Stockyards aún se pueden ver a auténticos cowboys

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Cada día, a las once y media de la mañana y a las cuatro de la tarde, se puede presenciar el Fort Worth Herd Longhorn Cattledrive, donde los cowboys dan un paseo por Stockyards acompañados de sus reses. Intenta estar puntual porque el paseo no dura más de diez minutos.

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En las calles de Stockyard se puede ver la placa dedicada a Wyatt Earp, uno de los personajes más legendarios de la historia del Old West, conocido por la mano dura que se gastaba con los delincuentes y a quien se han dedicado tantas y tantas películas.

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La decoración de los bares, tanto la exterior como la interior, es francamente espectacular…

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La antigua estación de ferrocarril de Stockyard es actualmente una galería llena de tiendas y bares (aunque hay un tren turístico que aún sigue en activo).

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Y para rematar el día, os aconsejo que lo hagais en el Billy Bob’s Texas, os aseguro que no he estado en un bar más alucinante en la vida. Este honky tonk gigantesco (ya os hablé de los honky tonks en la etapa de Nashville) tiene la extensión de varios campos de fútbol (de hecho cuando estuvimos hasta estaban ofreciendo un concierto), cervezas a precios populares, lo que era de agradecer, y es aquí donde las noches de los fines de semana, como veis en la fotografía, los texanos y las texanas se acercan a bailar country y de paso, a ver si ligan. Era un espectáculo ver a las parejas bailando en una pista enorme, con la gente de seguridad pendiente de que nadie las moleste. Dentro del recinto puedes encontrar decenas de mesas de billar (no os exagero, yo llegué a contar cerca de treinta), toros mecánicos, tiendas… ¡aquello no se acababa nunca!

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Y lo mejor, que a la salida te encuentras varias paredes forradas con las huellas de las manos de muchos de los ilustres visitantes que han pasado por el Billy Bob’s Texas!

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