COREA DEL SUR – Gyeongju

Acaso una de las cosas que más disfruto en los últimos años a la hora de viajar es la de poder ir intercalando entre ciudades grandes lugares más pequeños que te permiten disfrutarlos con mucha más calma y tranquilidad. Será que una se va haciendo mayor pero las poblaciones chiquititas me acaban aportando una cantidad de satisfacciones que a veces echo de menos en las megaurbes. Por eso, tras el palizón que nos habíamos pegado en Seúl (porque la verdad, en pocas ocasiones hemos andado tantísimo, jornadas maratonianas de diez y doce horas), me apetecía un montón llegar a un lugar como Gyeongju, donde practicamente puedes ir a todos los lugares caminando. Eso por no hablar de su principal atractivo y acaso el más importante: estar considerada la ciudad más bonita de Corea, no obstante es conocida como “el museo sin murallas”.

 

Como os comenté en la entrada de los preparativos previos al viaje, para movernos entre Seúl y Gyeongju (separadas por 375 kilómetros) usaríamos el KTX, el Korea Train Express. El precio aproximado del billete al cambio unos 40 euros. Cuando volvimos de Corea, nos acordamos un montón de este trayecto en tren ya que precisamente vimos la película “Tren a Busan”, que en Corea había batido records de audiencia al ser la primera película coreana que rebasa los diez millones de espectadores y que relata un apocalipsis zombie precisamente en el trayecto ferroviario que hicimos nosotros. La industria cinematográfica en Corea del Sur es un negocio que mueve miles de millones al año pero ya hablaremos de ella en la etapa de Busan, una de las capitales del mundo del cine a nivel internacional.

 

El trayecto, de apenas dos horas, se nos pasó volando. Nos llamó la atención que, como en los trenes japoneses, las camareras hicieran una reverencia a los pasajeros al salir del vagón y que ningún revisor viniera a tomarnos nota de nuestros billetes. Anoto que en Gyeongju hay dos estaciones de tren: el KTX llega a la nueva (que se llama Singyeongju) y se encuentra a las afueras de la ciudad. En la misma puerta tienes los autobuses que te llevan a Gyeongju (son el 50, 60, 61, 70, 203 y 700). Casi todos te dejarán en la Express Bus Terminal (el trayecto desde la estación apenas dura 20 minutos, si tienes dudas de donde apearte pregunta al conductor). Nosotros fue donde nos bajamos ya que nuestro hanok estaba a apenas diez minutos andando de la estación de autobuses.

 

En la etapa de Seúl ya os hablé un poco de los hanok, que son las casas tradicionales coreanas. Todavía quedan bastantes en Corea, sobre todo en pueblos pequeños, y alojarse en uno de ellos es una experiencia que recomiendo sin dudarlo a cualquiera que visite el país. Los hanok, además, cuentan con un curioso sistema de calefacción subterráneo, el ondol, que va bajo el suelo de madera y mantiene este calentito; es un sistema tan eficiente que se utiliza también en muchos pisos coreanos de construcción reciente. Al mismo tiempo, para el verano los hanok cuentan con un sistema de aire llamado maru que conserva el frescor en las habitaciones. Sobra decir que los coreanos duermen y comen en los hanok sobre el suelo, por lo que entrar sin zapatos es una obligación.

 

A nosotros cuando hemos ido a Japón nos ha encantado alojarnos en ryokan, por lo que en Corea queríamos hacer lo mismo en un hanok. Asi que nos pusimos a la búsqueda y captura y vimos que en Gyeongju había unos cuantos. Reservamos el Hanok Sodamjeong a un precio estupendo: 50 euros la noche. Cuando llegamos a media mañana y nos encontramos con que era aún más bonito que en las fotos, no cabíamos en sí de gozo: habíamos acertado de lleno.

 

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Al ser un alojamiento totalmente familiar, resultó que cuando llegamos no estaba la chica que lo regentaba pero nos había dejado una banderita española en la puerta de nuestra habitación junto a la llave y una hojita de instrucciones respecto al wifi, aire acondicionado, desayunos y demás y avisándonos que se pasaría por la tarde para comprobar que todo estaba bien. La chica resultó ser un encanto y hablaba inglés perfectamente. Sólo una anotación: tenéis que pagar en efectivo, no admiten tarjetas de crédito. Al tener sólo cuatro o cinco habitaciones (cada una con su baño privado) nos pareció un lugar muy tranquilo, sólo tuvimos de vecinos a una familia coreana y unos mochileros franceses. Además, cuentas con una cocina de uso común y un jardín precioso donde poder tomarte la cerveza por la noche.

 

Gyeongju es una ciudad pequeña (poco más de 270.000 habitantes) y, sin embargo, su patrimonio histórico, de incalculable valor, han hecho de ella la ciudad más atractiva de Corea, al menos a nosotros fue la que más nos gustó. Fue capital del reino de Silla entre los siglos VII y IX y justamente los restos arqueológicos de este periodo son los que han otorgado a Gyeongju su importancia en la historia de Corea del Sur. El reino de Silla mantuvo durante tres siglos su hegemonía absoluta en practicamente toda la península coreana y sólo sucumbió ante el poder de la dinastía que lo relevaría, la Goryeo, de donde proviene el actual nombre de Corea.

 

El caballo de Silla, símbolo de la ciudad

 

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Como os he comentado, en Gyeongju, a excepción de las visitas de las afueras, se puede ir practicamente a todos los lugares de interés caminando ya que la mayoría de sus atractivos turísticos se encuentran concentrados en el centro. Su principal reclamo turístico y cultural son los túmulos funerarios del reino de Silla, que se encuentran desperdigados por varios puntos de la ciudad (hay más de 150 en el centro urbano y cerca de 500 en los alrededores). Los túmulos son tumbas utilizadas por diferentes civilizaciones a lo largo y ancho del mundo; su principal característica es que son montones de arena que cubrían los cuerpos de reyes, soldados, nobles o personajes importantes, enterrados junto a sus pertenencias más valiosas, y con el tiempo acababan convirtiéndose en colinas. Podían tener formas muy diferentes unas de otras; en Gyeongju los que predominan son en forma de cuenco, similares a los miles que se han encontrado en Gran Bretaña, muchos de ellos de la época del Neolítico. Los de Gyeongju son bastante más recientes pero aún así muy antiguos, más de 1.500 años han pasado desde su creación.

 

El complejo más importante de tumbas es el Daereungwon Tomb Park, Aquí se agolpan más de una treintena, incluída las del rey Michu, que gobernó durante 23 años y cuyo funeral fue multitudinario. La única tumba abierta al público y cuyo interior se puede visitar es la de Cheonmachong (se traduce como “la tumba del caballo celestial”, su nombre tiene orígen en unas pinturas ecuestres que se descubrieron en los años 70). Dentro de la tumba se exponen varias reliquias de oro, como una corona, unos zapatos y un cinturón de mando; la cantidad de artefactos y utensilios encontrados en las distintas excavaciones se elevan a varios miles.

 

Aunque parezcan colinas, son tumbas…

 

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Algunas de las reliquias que se pueden admirar en el interior

 

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Si en Corea en general apenas hay turismo extranjero, imaginaos ya cuando te mueves a provincias. Si a ello le unes que yo llevo el pelo rosa (lo que a los coreanos les parecía de lo más curioso y todo el mundo me iba diciendo cosas por la calle, en coreano, claro, por lo que sólo me podía limitar a sonreírles) no os extrañará que cuando estábamos visitando los túmulos me “secuestraran” un grupo de quince viejecitas coreanas para que me hiciera fotos con todas. Lo de las abuelas coreanas es un fenómeno digno de estudio. Van con unas viseras gigantescas (nunca habíamos visto nada igual, estuvimos hasta pensando sin comprar alguna en plan souvenir frikoide) y normalmente se mueven en grupos de entre diez y quince. Y son tremendas. Como oses interponerte en su camino hacia los asientos reservados de metro o autobús te empujan, te pellizcan y te dan manotazos. Yo al principio pensaba que era increíble la cantidad de viudas que había en Corea pero mi chico llegó a la conclusión de que tenían maridos pero preferían quedarse en casa y mandarlas a todas juntas a dar una vuelta mientras ellos disfrutaban de los partidos de baseball.

 

Gyeongju fue uno de los lugares de nuestro viaje donde mejor comimos y a precios imbatibles, solíamos pagar una media de 10 euros por persona y nos homenajeábamos con unos banquetes de impresión. Comento también que es muy popular el pan de Gyeongju, verás que hay panaderías especializadas por toda la ciudad, son unos bollos muy tiernos rellenos de anko, una pasta dulce de judía. Además, puedes encontrar bastantes buffets libres de comida coreana donde probar un montón de platos diferentes.

 

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Un templo que fuimos a visitar (y que, curiosamente, estaba desierto) es el Sunghyejeon Hall. Se construyó con motivo del funeral del rey Gyeongsu. Durante la invasión japonesa a finales del siglo XVI fue quemado hasta los cimientos y vuelto a construir.

 

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Cheomseongdae (que significa “la torre mirando a las estrellas”) es el observatorio astronómico más antiguo de toda Asia. Esta torre de casi diez metros de altura fue construída en una de las épocas de mayor esplendor del reino de Silla, durante el reinado del emperador Seondeok. Es Patrimonio de la Humanidad y Tesoro Nacional de Corea, uno de los monumentos más importantes del país. Consta de 362 piedras, simbolizando los 362 días del año lunar.

 

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El Wild Flower Garden y el Rape Flower Area son unos de los rincones más bellos de Gyeongju y donde a los locales les encanta venir a pasear al atardecer.

 

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Curiosamente, se encargan de mantenerlos en perfecto estado las abuelitas coreanas de las que hablaba antes, que de esta manera se sacan un sobresueldo que las ayude a sobrellevar la vejez. Es triste que un país tan avanzado como Corea al mismo tiempo sea tan inmisericorde con sus ancianos: casi un 50% de los jubilados coreanos viven en situación de pobreza, hasta el punto de que hay muchas mujeres de más de 70 años a las que no les ha quedado más remedio que ejercer la prostitución. Se las conoce como Señoras Bacchus porque esta es la bebida que ofrecen a sus clientes antes de comenzar las negociaciones. En Gyeongju el tema de la prostitución está a la orden del día. El primer día cuando fuimos a buscar un lugar para comer nos encontramos con que todos los aledaños de la estación de autobuses (es decir, en pleno centro) eran love motels uno detrás de otro. Algo exagerado. Al igual que en Japón con las geishas, en Corea existían en la antigüedad las figuras de las “señoritas de compañía”, las kisaeng: no todas eran prostitutas, sólo las más pobres. Esta figura se ha mantenido hasta nuestros días: en muchos karaokes (que en Corea se conocen como noraebang) son muchas las kisaeng de nuestro tiempo que se ofrecen a potenciales clientes; sin embargo, no todas las “transacciones” acaban en relaciones sexuales pues a veces se da casi más importancia al flirteo y los prolegómenos (de hecho, hasta hace no mucho existían bares, los Kiss Bangs, donde pagabas por besar a la chica de turno y de ahí no podías pasar). En cualquier caso, la gran perjudicada acaba siendo, como en otros países del mundo, siempre la misma: la mujer.

 

Típico Love Motel coreano

 

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Seguimos el recorrido por Gyeongju yéndonos hasta uno de los rincones que más nos gustó, el Donggun Palace, también conocido como Anapji Pond.  Este precioso complejo, en el que destaca un precioso estanque de más de 200 metros de longitud en cuyas orillas bebían en la antigüedad centenares de animales exóticos, fue mandado construir por el rey Munmu y se le conocía originariamente como Wolji (el Lago de la Luna). En las excavaciones se encontraron más de 30.000 objetos pertenecientes al reino de Silla. Sirvió como segunda residencia real y fue famoso en sus tiempos por los fastuosos banquetes que los monarcas ofrecían.

 

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Aunque con nuestro mapa estuvimos buscando restos de la fortaleza Wolseong, en la práctica sólo logramos encontrar su antigua ubicación ya que no ha quedado practicamente nada pero nos vino bien para dar un paseo. Se supone que en dicho área, que se encuentra al sur de Gyeongju, también se agrupaban antiguamente otros pequeños palacios.

 

Nos acercamos también a visitar la tumba del rey Naemul, el primero que se concedió a sí mismo el título de Maripgan y responsable de dar a conocer al pueblo coreano muchos de los inventos de sus vecinos chinos y de introducir los ideogramas chinos en la escritura coreana. Se encuentra muy cerca de la Escuela de Confucio de Gyeongju, curiosamente. El confucianismo fue muy popular en aquella época y aún se conservan lugares como Samaso, donde no sólo se impartían sus doctrinas sino que también allí se realizaban los exámenes de oratoria.

 

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Aunque la Gyochon Hanok Traditional Village tiene fama entre los propios coreanos de ser bastante turística, a nosotros nos encantó recorrerla. Se conservan bastantes hanok antiquísimos así como una escuela confuciana, la Hyanggyo, es donde se encontraba el palacio de la princesa Yoseok y aquí vivieron durante doce generaciones uno de los clanes más importantes de la ciudad, los Choe. Eran de las familias más ricas de la ciudad y donaron grandes fortunas para la construcción de la universidad.

 

Al visitar la villa un domingo y lucir un sol de lo más agradable, nos la encontramos llena de familias coreanas que habían ido a pasar el día: muchas de ellas hasta se habían llevado sus propios picnics. Algunos de los hanok se han transformado en coquetas cafeterías y salones de té que han respetado la estructura original. Mucha gente paseando en bicicleta por sus callecitas: un lugar francamente encantador.

 

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Simpática pareja coreana ataviada con sus hanbok que se ofrecieron a posar para nosotros

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El Wolfjeonggyo Bridge se construyó en el año 760 y servía como vía de comunicación entre la montaña Namsan y el Palacio Real.

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A las afueras de Gyeongju hay un montón de lugares para visitar escondidos en los bosques, ya es a elección de cada uno lo que quiera ver porque al haber sólo un rudimentario sistema de autobuses para llegar a los sitios se te puede ir el día entero. Hay gente que opta por la zona del Lago Bonum (para nosotros demasiado turística), otros la Yangdong Village (ya habíamos visto unos cuantos hanok a lo largo del viaje)… Asi que nuestra elección fue ir a gastar uno de los días en otro de los lugares que más nos gustó del viaje coreano: el Templo Bulguksa.

El viaje hasta el Bulguksa dura tres cuartos de hora largos. Has de coger cualquiera de los autobuses de las líneas 10 y 11 (precio del billete 1300 won), pasan cerca de la Express Bus Terminal. Aunque el conductor no hablaba inglés, en cuanto le mencionamos Bulguksa nos indicó por señas que no nos preocupáramos, que en cuanto llegáramos nos avisaba de donde nos teníamos que bajar.

El día que estuvimos en Bulguksa nos obsequió con un calor sofocante, asi que nada más llegar nos hicimos con un par de botellas de agua helada y a hacer piernas porque el templo se halla en lo alto de una colina, a las faldas del monte Toham. También es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y a nosotros nos pareció una visita imprescindible, un lugar de los que se quedan en la memoria de por vida.

El templo fue construído en el año 751 por orden del rey Gyeongdeok, sobre el asentamiento de un templo previo mucho más pequeño. Ha sufrido con tanta guerra lo que no está en los escritos: desde el siglo XIX ha tenido más de 40 restauraciones. La entrada cuesta 5000 won (unos 4 euros) y nos pareció baratísima para todo lo que disfrutamos posteriormente dentro. Y ya no es sólo lo bonito que sea el templo sino la espectacularidad añadida del entorno donde se encuentra.

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Para la construcción del templo se siguieron las doctrinas dictadas por el Pungsu-jiri (el feng shui coreano), que busca una unión armónica con la naturaleza. Se asienta en una serie de terrazas sobre la ladera de la montaña (la tradición de ubicar templos dedicados a Buda en las montañas tiene su orígen en la India) y el recinto se agrupa en torno a dos patios interiores: en uno de ellos se encuentra el salón Daunjeong y en otro el santuario Geuknakjeon. Los puentes (algunos de ellos con peldaños) son una parte importantísima del complejo ya que simbolizan el paso entre el mundo terrenal y el celestial (los 33 peldaños significan los 33 pasos que se necesitan para alcanzar la sabiduría). Los dos puentes más importantes son el Puente de la Nube Blanca y el Puente de la Nube Azul.

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Detalle del Buda Vairocana, considerado Tesoro Nacional

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Bulguksa, templo budista, tiene la particularidad poco usual de contar con dos pagodas, la Seokgatap (que es esta que veis aquí abajo) y la Dabotap, cuya imagen aparece en las monedas de 10 won.

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Más colorido…¡imposible!

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