MARRUECOS – Tánger y Assilah

Once años habían pasado ya desde la primera vez que pisé Tánger. Fue mi primer viaje a Marruecos y aunque el shock cultural nada más llegar pueda impresionar un poco (esas calles llenas de gente, de mucha gente, de gritos, de basura, de olores embriagadores y otros no tanto), lo cierto es que guardo muy buen recuerdo de aquella primera aventura marroquí. Con el paso de los años he regresado al país en varias ocasiones, a ciudades como Marrakech, Fez, Meknes o Essaouira. Pero Tánger, pese a no ser de las ciudades más bonitas de Marruecos, me dejó una impresión muy grata en un montón de aspectos y estaba deseando volver y revivir todos aquellos primeros recuerdos.

Para mi marido era su primera vez en Marruecos pero le había contado tantas anécdotas y experiencias de mis viajes allí que estaba deseando conocerlo. Así que aproveché que se acercaba su cumpleaños para darle una sorpresa y regalarle un viaje a Tánger y Assilah. Esta vez, en vez de llegar en ferry como hice en la primera ocasión, optamos por volar desde Madrid con Ryanair (90 euros ida y vuelta cada uno). El trayecto fue algo caótico ya que coincidió que estaban en huelga los maleteros de Ryanair en Madrid y a la ida salimos una hora y media tarde y a la vuelta casi dos. Mi apoyo, sin embargo, para los trabajadores de la compañía, que bastante carga tienen con que les quieran bajar 300 euros el sueldo sin darles explicaciones. Tanto el personal de tierra como las azafatas se portaron inmejorablemente.

 

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Una hora de trayecto y ya estábamos en tierras marroquíes. En cinco minutos pasamos los trámites de aduanas. El aeropuerto Ibn Battouta, muy chiquitito (apenas hay una quincena de vuelos diarios) se encuentra a unos 20 minutos en coche de la ciudad. Para evitarte regateos innecesarios con los taxistas, a la salida hay un listado con las tarifas correspondientes para las distintas partes de Tánger. A nosotros llegar hasta la medina nos costó 150 dírhams (al cambio 15 euros, un euro equivale a diez dírhams más o menos). Aunque cambiamos dinero nada más llegar al aeropuerto, el resto del viaje tiramos de cajeros.

Para el alojamiento esta vez habíamos reservado un lugar de lo más especial: Tánger Chez Habitant (situado en Rue Ben Aliem 5, se encuentra justo a la entrada de la medina, cerca de la Rue de la Kasbah). Es una casa antiquísima que han rehabilitado dos franceses, Olivier y Hicham. Tiene cuatro plantas:la del segundo piso (donde estábamos nosotros y que nos “pertenecía” entera) consta de habitación, balcón, salón y cuarto de baño (ahí abajo os dejo una foto). Vamos, que era como tener un apartamento para nosotros solos. El desayuno, totalmente casero, con crepes, fruta fresca, croissants calentitos, té y yogures, se servía en la azotea, por lo que desayunábamos con las vistas del mar en el horizonte. Quedamos encantados tanto con la casa como con el trato recibido. Así que sí, lo recomendamos a todos los que viajeis allí. La reserva la podéis hacer directamente en su página o por Booking y calculad unos 70 euros por noche y pareja.

 

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No me voy a enrrollar tanto con Tánger ya que en este mismo blog tenéis otra entrada con el viaje que hice la primera vez donde podréis encontrar información de los lugares a visitar, así que mi recorrido por la ciudad será algo más efímero. No obstante, tengo que recalcar que me encontré la ciudad bastante cambiada, en este caso para bien, sobre todo en el paseo marítimo, donde se nota que se ha invertido un montón de dinero y se han abierto un montón de restaurantes, discotecas con piscina y lounges. Y eso es sólo el principio, ya que vimos un plano del proyecto que se va a llevar a cabo en la zona del puerto, la mayor parte financiado por jeques de Arabia Saudita. Darse una vuelta por el paseo marítimo en las horas de menos calor, sobre todo al atardecer, es una de las mejores experiencias tangerinas. El paseo siempre está plagado de gente, de niños que corren, de vendedores, de parejas que pasean agarradas de la mano (sí, en ese sentido se nota bastante que Tánger está mucho más occidentalizada que las ciudades del sur del país). En esta zona, por cierto, os animo a ir a comer o cenar La Pérgola: se lo recomendó a mi marido un compañero de trabajo por tener uno de los mejores pescados de la ciudad y efectivamente, cenamos de lujo y por cuatro duros.

 

Ya que he citado a La Pérgola, quiero mencionar que una de las cosas que me llamó la atención al entrar fue darme de bruces con una barra y su respectivo barman sirviendo copas. Eso es en lo que he notado bastante diferencia respecto a anteriores viajes a Marruecos: pese a que el islam les impide beber alcohol, cada vez es más habitual encontrar lugares (orientados a extranjeros, claro) donde puedes encontrar vino, cerveza y licores potentes. Me refiero al hecho de que sí, otras veces he logrado poder beberme una cerveza, principalmente en cafeterías de hoteles de alta gama, pero a precios astronómicos. Sin embargo, esta vez hemos encontrado muchas veces cerveza en los menús y bastante asequibles, como a tres euros y medio la botella. Lo más curioso es que hasta hemos bebido cerveza marroquí como la que veis aquí abajo, la Casablanca, que llama la atención que fabriquen su propia cerveza cuando en teoría los locales no la beben (y digo en teoría porque conozco a más de un musulmán que sí bebe en la intimidad de su casa). Supongo también que el rey y sus ministros, sabedores de que en Marruecos el turismo está sufriendo un retroceso debido a la proliferación de grupos islamistas (el país está en alerta máxima por el tema ISIS) , están permitiendo y hasta propiciando una relajación cada vez más aguda respecto a facilitar al extranjero poder tomarse una cerveza o un cubata en muchos sitios. Para bien o para mal, venimos de una cultura, la occidental, para la que el vino en la comida, el copazo en la sobremesa y las birras en cualquier momento del día no es algo habitual sino casi indispensable. Y el gobierno marroquí lo sabe y se adapta a la situación.

 

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He mencionado antes el tema del terrorismo y merece también unas líneas. Partiendo del hecho de que aún hay mucha gente que cree que Marruecos es un país inseguro, cuando las estadísticas reales dicen que el índice de delincuencia es mucho más bajo que en España y ves al triple de policías por las calles, tengo que decir que a nivel personal nunca me he sentido insegura en Marruecos, incluso siendo mujer y viajando hasta en una ocasión con otra amiga las dos solas. Comprendo que el shock cultural que supone el país para muchos viajeros sumado a lo que nos cuentan en los telediarios, que dan una versión bastante distorsionada de la situación social de Marruecos, pueda influir en que a veces dé algo de yuyu meterse por ciertos callejones de las medinas y más cuando todos los que te cruzas, desde niños a ancianos con garrota, te están ofreciendo chocolate. Pero de veras, para bien o para mal, el marroquí tiene auténtico pánico a la policía de su país, incluso más que a la nuestra, porque allí lo de que no se te pueda partir un brazo en una comisaría es muy relativo. Por lo tanto, es muy raro que alguien te vaya a hacer nada, aunque eso no significa ir con el bolso abierto tan campante. Así que en ese sentido, creo que podéis estar tranquilos.

 

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Sin embargo, respecto al auge de grupos islamistas, Marruecos se lo toma muy en serio y probablemente sea el país del mundo que más los va a reprimir con mano dura. Por el importante motivo de que el país depende en un grado muy alto del turismo. Y ya bastantes turistas se espantaron después de la explosión de unas bombas hace años en una cafetería de Marrakech. Por lo tanto, ahora los policías van escoltados con dos militares con metralletas y te los encuentras cada dos por tres por las calles de Tánger. La vigilancia de los principales focos de gente como puerto, zocos, avenidas principales y plazas más concurridas es sencillamente brutal. Y os recuerdo que en un país como el nuestro, con menor seguridad policial, hemos tenido un atentado con 200 muertos, cosa que no ha ocurrido en Marruecos. Asi que os recomiendo que cuando os cruceis con estos tríos imponentes (son tiarrones de casi 2 metros) no le deis importancia: si están ahí, bueno es.

 

Así de bonito es el anochecer en Tánger…

 

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Volviendo al tema de la seguridad, voy a comentar una anécdota que nos ocurrió la primera noche. Por un descuido, nos perdimos dentro de la medina y por más vueltas que dábamos no había manera de encontrar nuestro hotel. En Marruecos es algo muy habitual que cuando te pierdes, des una propina a alguien para que te ayude a encontrar el camino (me ha pasado un montón de veces). El caso es que un chaval se brindó a echarnos una mano, incluso llamó a nuestro hotel desde su propio teléfono. Cuando llevábamos media hora dando vueltas por un montón de callejones a cual peor mi marido tenía una cara de “a mí esto me huele a chamusquina”. Sin embargo, le aclaré que no ocurría nada, que esas callejuelas pueden impresionar al principio pero inseguridad ninguna. Y efectivamente, al rato por fín estábamos en la puerta de nuestro hotel gracias a la ayuda del chavalín este. Otra muestra más de que Marruecos es un país muy seguro en cualquier aspecto.

Una de las cosas que más me gustó del lugar donde nos alojábamos es que estaba a sólo diez minutos andando del Hafa Café, mi rincón favorito en Tánger. Ya en el blog de mi primer viaje a Tánger os hablé largo y tendido sobre él pero nunca está de más recordarlo. Y es que esta curiosa tetería-restaurante, que descansa en las vertiginosas terrazas del acantilado de la bahía de Tánger, lleva abierto casi un siglo (se inauguró en 1921) y desde entonces ha sido el favorito de locales y visitantes, por aquí han pasado gente como Jimmy Hendrix, los Beatles, Rolling Stones (a los Rolling les gustaba también mucho el Café Babá), Bob Marley o Jim Morrison. Todos los días nos acercábamos una o dos veces a tomarnos un té con hierbabuena mientras contemplábamos en la lejanía las costas españolas. Mi consejo es que vayas al atardecer, que es cuando se obtienen las mejores vistas.

Por cierto, las tumbas fenicias siguen siendo un vertedero y nadie se ocupa de ellas pese a su incalculable valor arqueológico…

 

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Os continúo remitiendo al blog de mi primer viaje a Tánger para tener una guía más completa de los principales puntos a visitar. Por un lado está la ciudad nueva, con el Boulevard Pasteur y sus cafés coloniales, siempre hasta arriba de gente. Sin embargo, yo me sigo quedando con la ciudad vieja, todo ese trajín que rodea siempre al Grand Zoco, y los Jardines de la Mandoubia, donde los marroquíes se tumban en la hierba en cuanto empieza a apretar el calor. Las calles de esta zona siempre están llenas de tenderetes improvisados y son un trasiego contínuo de caminantes. Perderse aquí y en los laberintos de la medina son las mejores formas de mezclarse con el bullicio de la ciudad. También es el barrio más auténtico (y uno de los más pobres) de Tánger, aún hay muchas casas donde no llega el agua corriente y es habitual ver a muchos niños cargando con carretillas.

Un apunte más: en el Petit Zoco, el Zoco Chico, os recomiendo parar a comer en otro café mítico, el Café Central. Abierto desde 1813, era uno de los favoritos del escritor Paul Bowles, el autor de “El Cielo Protector”, y es el café literario por experiencia. Nosotros aprovechamos para comer allí una de las tardes unos calamares y unas ensaladas marroquíes mientras disfrutábamos del ir y venir de la ciudad vieja.

 

Assilah era uno de los lugares que se me había quedado pendiente la primera vez que viajé a Tánger y vista la cercanía entre una ciudad y otra, decidimos ir a pasar allí uno de los días. Se puede ir en tren pero salen cada hora y además la estación está bastante alejada del centro de Assilah. Asi que nos fuimos al zoco a negociar con los taxistas. Como parecía que ninguno quería bajarse del burro con lo de rebajar el precio (ellos sabían que nos querían cobrar más de lo habitual y nosotros lo sabíamos también) al final acabamos apalabrando el viaje con un viejete que tenía una furgoneta y nos acercó a Assilah por 200 dírhams entre los dos (20 euros). A la vuelta encontramos un taxista bastante majo que cerró con nosotros también el irnos a buscar el domingo al hotel para llevarnos al aeropuerto.

 

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Assilah es una ciudad antiquísima, ya habitada en época de los fenicios y posteriormente colonizada por romanos y árabes. Sin embargo, los que la otorgaron su máximo boato fueron los portugueses, que llegaron aquí en el siglo XV y la convirtieron en una ciudad-fortaleza, punto clave en sus negocios comerciales en tierras africanas. De hecho, las imponentes murallas que aún rodean el casco antiguo fueron mandadas construir por el rey portugués , Alfonso XV. Hay tres puertas de acceso en las murallas: Bab Homar (la Puerta de Tierra), Bab el Bahar (la Puerta del Mar) y la Puerta de la Kasbah. En su interior destaca el Palacio Raisouli (que actualmente es el Palacio de la Cultura). Verás que en las murallas aún se conservan cañones de la época portuguesa y que en la entrada por la Puerta de la Kasbah aún perviven casas de la era del protectorado español.

 

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Assilah me recordó muchísimo a Essaouira, pese a que están separadas por unos centenares de kilómetros. Pero ambas, aparte de ser ex colonias portuguesas, están bañadas por el océano Atlántico, conservan esa atmósfera tan bonita de las villas marineras, gozan de larguísimas playas de arenas blancas casi desiertas (al menos en estas fechas) y conservan unos cascos antiguos espectaculares, donde lo que reina es la paz y la calma. La verdad que Assilah fue el típico sitio que te deja con ganas de volver con más tranquilidad y disfrutarla con noches de por medio.

 

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La medina de Assilah, totalmente amurallada, es uno de los rincones más bellos que he visitado en todos mis viajes por Marruecos. Imaginaos (bueno, no hace falta, lo veis aquí en las fotos) un laberinto blanco y azul de pequeñas casas, mezcla de arquitectura árabe y portuguesa, donde apenas te cruzas con otros visitantes. Es curioso porque había muy pocos turistas pero sí trabajadores que se afanaban en pintar las fachadas, me encantó ver con el mimo que las autoridades están cuidando la ciudad vieja, supongo que conscientes de que Assilah se está convirtiendo en uno de los destinos favoritos del que viaja a Marruecos.

 

Mirador de la torre Kirikiya, uno de los rincones más bonitos de Assilah…

 

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Es una delicia pasear por la medina: hay muy poquitas tiendas y los vendedores no agobian en ningún momento. Lo más común es encontrarse con artistas locales que exponen sus obras (casi todas teñidas de ese añil que caracteriza a la ciudad). Y es que Assilah, como Essaouira, es un refugio de bohemios, de escritores, de pintores y de cantantes, quienes parecen encontrar la inspiración perfecta en las orillas de ese mar inabarcable.Otra de las cosas que llama la atención es que, como en Tánger, en Assilah muchos locales hablan perfectamente castellano (Assilah perteneció a España hasta el año 1956).

 

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Tema gastronómico. Curiosamente, los dos restaurantes más relevantes de Assilah tienen origen español: Casa Pepe y Casa García. Nosotros nos decantamos por Casa Pepe, que aunque es algo más caro, también tiene mejor fama. No llevamos reserva previa pero tuvimos la suerte de coger mesa aunque el restaurante estaba hasta los topes. Nos pusimos hasta arriba de fritura de pescado, pulpo y gambas por poco menos de 25 euros por persona: la comida absolutamente espectacular. Os lo recomiendo sin lugar a dudas y así variais un poco de la dieta de couscous y tajine!

No quiero terminar esta entrada de blog sin recomendaros que aprovechéis vuestro viaje a Marruecos para traeros productos naturales hechos con aceite de argán (hay de todo, cremas, geles, jabones, aceites, champús…) En España es un producto carísimo y sin embargo allí encontrarás cientos de herbolarios donde podrás encontrar cosmética y productos de baño a precios más que asequibles.

 

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