La historia real que inspiró el libro “Hacia rutas salvajes”

La mayoría de la gente conoce la historia de Chris McCandless gracias a la película que dirigió Sean Penn en 2007 basada en la increíble vida de este americano que llevó su amor a la naturaleza hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, yo aprovecho para recomendaros el libro que inspiró el film, “Into the wild”. Su autor, el periodista Jon Krakauer, durante muchos meses siguió la estela del viaje de Chris, entrevistando a las personas que tuvieron contacto con él los dos últimos años de su vida y reconstruyendo su aislamiento elegido gracias al diario que se encontró junto a su cadáver. Pese a que en un principio los últimos meses de aventuras de McCandless parecían una incógnita, gracias a esta concienzuda investigación hemos podido saber qué pasaba por la cabeza de este hombre días antes de morir y cómo se desenvolvió en un territorio hostil. Tan hostil que acabó costándole la vida.

Chris McCandless en ningún momento fue un pionero. Otros tantos como él a lo largo de siglos buscaron una comunión perfecta con la naturaleza, se alejaron de la civilización y fallecieron devorados por esa misma naturaleza bajo la que buscaban amparo. De hecho, Krakauer realiza un análisis exhaustivo de algunos de los casos más conocidos, las increíbles historias de ascetas que al final acabaron convirtiéndose en los héroes-referencia de Chris. La ironía está, sin embargo, en el hecho de que precisamente el escritor que más inspiró a McCandless, Jack London, creador de “Colmillo blanco”, ese que pregonaba a los cuatro vientos la maldad de la vida en sociedad y que animaba a perderse en parajes inhóspitos, acabó muriendo en su casa con 40 años y alcoholizado. Pero suponemos que esto a Chris le importaba poco.

Hagamos un repaso de la vida de McCandless para entender un poco por qué lo que hizo al final de su vida generó tantas opiniones a favor y en contra. Chris (quien en un intento de renegar de su pasado cambió su nombre a Alexander Supertramp) llevó una vida “normal” hasta los 22 años, estudiando en la universidad condicionado por el carácter autoritario de su padre. Sin embargo, en el momento en que consiguió su licenciatura, se rebeló contra ese mismo padre, al que acusaba de adulterio y cuya figura tanto marcó su infancia. Chris quiso romper con todo su apego a los bienes materiales, cogió una mochila con lo más básico, rompió con su familia y empujado por el amor a la naturaleza que le inculcó su abuelo, con quien hizo sus primeros pinitos como alpinista, se embarcó en un larguísimo viaje por México y Estados Unidos. Su rechazo al dinero y las cosas superfluas era tal que quemó en un acto simbólico los pocos billetes que tenía en el bolsillo y abandonó su coche en mitad del desierto. Pese a vivir como un nómada la mayor parte del tiempo, durmiendo en cualquier sitio y negándose a aceptar cualquier ayuda que le ofrecieran, sin embargo luego caía en la contradicción de coger trabajos temporales en lugares como MacDonalds para ir tirando.

 

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La meta final de Chris era Alaska. El estado más salvaje de los 50 que conforman los Estados Unidos, donde han muerto tantas y tantas personas en su búsqueda de la libertad o la exploración. Chris llegó a Fairbanks a mediados de Abril y se embarcó en un viaje sin retorno en el que cometió un buen puñado de errores fatales que le costaron la vida. El primero y más importante, sobrevalorar su capacidad de supervivencia, pasando de echar en la mochila brújulas ni mapas ni ropa de abrigo ni víveres. Tan sólo un pequeño rifle, un par de navajas suizas, un saco de cinco kilos de arroz, unas botas de agua que le quedaban grandes y unos cuantos libros, entre ellos un manual de flora de Alaska que le sirvió más mal que bien para identificar los frutos silvestres que eran comestibles y del que aprovechó las últimas páginas en blanco para escribir el diario que acabaría convirtiéndose en su testamento.

Esta arrogancia, este desprecio por la naturaleza, esta excesiva confianza en sí mismo y en sus posibilidades es lo que más criticaron los habitantes de Alaska, habituados a lidiar con una naturaleza cruel que castiga con temperaturas bajo cero, terrenos inexplorados, nubes de mosquitos, osos de 300 kilos y plantas venenosas. Ellos veían en Chris al típico niño de papá (a fin de cuentas venía de una familia adinerada) cuyo último capricho-extravagancia es jugar a vivir como Mowgli. Si Chris hubiera llevado un mapa, hubiera sabido que a apenas unos kilómetros de donde encontró la muerte se hallaban tres cabañas con víveres que le hubieran salvado la vida (estas cabañas, sin embargo, aparecieron totalmente destrozadas, lo que llevó a pensar que el propio Chris hubiera destruido lo que hubiera supuesto su salvación en un ataque de furia, debido a que renegaba de cualquier contacto con la civilización o ayuda extra). Si Chris hubiera tenido las más mínimas nociones de las condiciones climáticas de Alaska, se habría dado cuenta de que el río que cruzó sin problema en Abril, tres meses después se convertiría en un torrente de 30 metros de anchura debido al deshielo, cortándole cualquier posibilidad de regresar a algún pueblo habitado. Si Chris hubiera llevado una caña de pescar, habría conseguido peces que compensaran su exigua dieta alimenticia (cuando le encontraron, su cadáver pesaba 30 kilos). Si hubiera avisado a su familia de su paradero, alguien se hubiera preocupado de rescatarle. Pero Chris McCandless optó por una aventura en versión suicida, yendo contra todas las leyes de la lógica, encaminado a tener el más trágico de los finales.

Chris pasó estos últimos meses de sus 24 años de vida en el refugio que le proporcionaba un autobús abandonado en mitad de la nada. Pese a las condiciones adversas y su actitud temeraria, los primeros meses no le fue tan mal y eso es algo en lo que incide el autor: Chris no tenía problemas mentales y sí mucho ingenio (aunque, a la vista está, este ingenio finalmente no le sirvió de mucho). De hecho, elogia que sin apenas herramientas, lograra sobrevivir 116 días en un lugar donde otros más experimentados hubieran fallecido en similares circunstancias. De un modo u otro se las arregló para cazar a menudo, desde ardillas a ranas y perdices. Incluso en una ocasión abatió un alce aunque la matanza fue en vano ya que posteriormente no logró ahumar los más de cien kilos de carne que le hubieran permitido sobrevivir una larga temporada. Por lo tanto, Chris se enfrentaba a su peor enemigo, el hambre, ya que la carne de las pequeñas piezas que cazaba apenas tenía grasa y gastaba más energía de la que consumía. Comenzó a perder peso de una forma cada vez más alarmante aunque la inanición, curiosamente, no fue la causa de su muerte. Chris murió intoxicado por las semillas de patatas silvestres, ya que aunque una vez desarrolladas como tubérculos son perfectamente comestibles, las semillas de dicha planta contienen una gran cantidad de alcaloides. Cuando unos excursionistas encontraron su cadáver, Chris llevaba 19 días muerto.

Lo más curioso de esta historia es que a raíz de la película son miles las personas que han viajado a Alaska para fotografiarse con el autobús donde Chris pasó sus últimos momentos. Es decir, que precisamente lo que él reivindicaba, huir de la gente y la civilización, ha originado el efecto contrario: grupos de turistas en busca del mito de McCandless pero aprovisionados con ropa de abrigo, comida, linternas y buenas tiendas de campaña. A fin de cuentas, el modo correcto de hacer las cosas si uno no quiere perder la vida. Pero McCandless vivía en un mundo paralelo, totalmente desubicado, y sabiendo perfectamente a lo que se enfrentaba, decidió asumir el riesgo hasta sus últimas consecuencias. Considerado un loco por unos y un iluminado por otros, lo único cierto es que vivió su vida como quiso, pese a que ello supusiera ir contra toda lógica, y murió también como quiso: solo y rodeado por la naturaleza más salvaje, lo que más amaba en el mundo.

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