“Finlandia: Suomi para los amigos” (Manuel Velasco)

Una de mis máximas antes de viajar a algún país, sobre todo si lo visito por primera vez, es empaparme literariamente hablando antes de partir. Intento combinar las lecturas de tres tipos: una, la de escritores locales, independientemente de su argumento; dos, libros de historia que me ayuden a comprender el pasado y presente del país en cuestión; tres, literatura de viajes especializada. En el caso de Finlandia, el de dentro de unos meses en realidad no será mi primer viaje allí ya que hace años estuve en Laponia, pero quería irme impregnando de la gélida y particular esencia de los fineses;  a lo largo de los años he leído varios libros de autores finlandeses, desde los más célebres – “Sinuhe el egipcio” de Mika Waltari a la obra completa de Arto Paasilinna, uno de mis autores favoritos – a otros menos conocidos como las novelas de Sofi Oksanen, Daniel Katz o Tove Jansson (ultimamente he descubierto también a Minna Lindgren con ese divertidísimo “Tres abuelas y un cocinero muerto”). A nivel histórico os recomiendo también el completo “Historia de Finlandia” de David Kirby. Sin embargo, a la hora de buscar literatura de viajes, Finlandia parecía ser uno de los países europeos más desconocidos. Finalmente, acabé encontrando en la biblioteca “Finlandia: Suomi para los amigos”, de un viejo “conocido”, Manuel Velasco, un autor especializado en culturas nórdicas (ya escribí la reseña hace unos meses de su libro “Territorio Vikingo” y de quien hay que destacar otras novelas norteñas como “La saga de Yago” o “Erik el Rojo”).

En apenas 200 páginas, Velasco resume a la perfección la idiosincrasia de Suomi, que es como conocen a Finlandia los locales. Un país que durante siete siglos ha sufrido el yugo sueco, hasta el punto de que en la actualidad aún existen muchas poblaciones donde se hablan ambos idiomas, de hecho el sueco es el segundo idioma oficial y lo habla un 5% de los fineses. Conocido como el País de los Mil Lagos (en realidad hay muchos más, se calcula que 200.000) y con una minúscula población que apenas ronda los cinco millones de habitantes, Finlandia es probablemente uno de los países europeos que cuenta con más territorio vírgen, debido precisamente a tres razones: la escasa población citada anteriormente, el mimo con el que los fineses tratan al Medio Ambiente (un ejemplo para el resto de los europeos) y su alto nivel de vida, que echa para atrás a las hordas de viajeros, a excepción de en verano, cuando las temperaturas son más cálidas o la región de Laponia en Navidad.

Manuel Velasco comienza su periplo en la capital, Helsinki, una de las capitales europeas más pequeñas (poco más de 600.000 habitantes) y por ello tan accesible para el viajero, que puede permitirse el lujo de recorrerla en sólo un par de días. Pese a lo pequeñita que es, Helsinki tiene fama (como Reykjavik) de ser una de las ciudades escandinavas más animadas, repleta de clubs y cafeterías: los finlandeses, en cuanto ven el más mínimo rayo de sol, se lanzan a las calles. Conservando un Patrimonio de la Humanidad como es la fortaleza de Suomenlinna, construída por los suecos, el curiosísimo Templo de la Roca (donde realizan habitualmente conciertos debido a su excelente acústica), multitud de museos, la preciosa isla boscosa de Seurasaari, con un museo al aire libre parecido al que hace poco visitamos en Oslo o su animadísimo puerto, donde es habitual encontrarse un mercado local donde probar el salmón fresco o las cerezas, Helsinki es una acogedora ciudad que rinde culto absoluto al orgullo nacional: la sauna.

La sauna (sí, la palabra es finesa) es posiblemente el invento finlandés más conocido más allá de sus fronteras. En el país hay tres millones de saunas, bastantes más que automóviles (cada finlandés “toca” a una sauna y media).  Estas no están concebidas unicamente como un medio para relajarse y eliminar toxinas (un antiguo refrán finés reza que “la sauna es la farmacia del pobre”) sino que además constituyen el ideal refugio social para los finlandeses: si uno quiere cerrar un negocio, mejor hacerlo con los respectivos socios entre vapores.Y una recomendación si cuando viajas a Finlandia es tu primera vez en una sauna auténtica (cuando digo auténtica, me refiero a las de madera, no a las eléctricas): no te olvides del löyly, una práctica común en la que se vierte un cubo de agua sobre las piedras de la estufa y que origina una nube de vapor casi insoportable. Insoportable para nosotros los mediterráneos, claro, los fineses lo llevan la mar de bien. Y si eres valiente y quieres emularles, cuando salgas de la sauna, sumérjete en un lago helado: dicen que es altamente beneficioso para la circulación.

Otra de las curiosidades que Velasco narra en el libro es la del tango finlandés, practicamente considerado el baile nacional. Aunque en realidad poco tiene que ver con el tango argentino (sí se coincide en que la temática de las canciones es el amor y el desamor), el tango en Finlandia es muy popular:se organizan festivales multitudinarios en Seinäjoki, considerada junto a Buenos Aires la capital mundial del tango, constantemente se retransmite esta música en las emisoras locales y hay multitud de concursos, tanto de cantantes como de bailarines.

Velasco ocupa buena parte de las páginas en analizar el arte finlandés: aunque Sibelius fue su compositor más conocido, hoy en día el país a nivel de rock cuenta con artistas de talla internacional, caso de Hanoi Rocks, HIM o Nightwish. Incluso a nivel cinéfilo fueron unos pioneros con el estreno hace años de la mítica “Leningrad Cowboys”, una alocada “Blues Brothers” a la finlandesa que acabó convirtiéndose en película de culto. Velasco incluso tiene tiempo para acercarse a Porvoo, un pintoresco barrio de casas de madera roja a las afueras de la capital donde residía el más conocido poeta finlandés, Runeberg, y alentarnos a adentrarnos en la magnífica obra de Alvar Aalto, el arquitecto finés más internacional y de quien curiosamente se está realizando una exposición estos días en Madrid.

Desde Helsinki, Manuel velasco viajará al archipiélago de Aland, quizás uno de los lugares más “suecos” de Finlandia y donde los locales cuentan con sus propias leyes en lo que a sanidad, educación y seguridad se refiere, hasta incluso tienen su propia bandera y sistema postal. Mariehamn, la capital alandesa, fue construída por el zar ruso Alejandro II: es el mayor orgullo de las islas junto a Pommern, un legendario velero que ha acabado convertido en museo naval y cuyo excelente estado de conservación impresiona a los visitantes. Las islas Aland, con su exuberante naturaleza, son uno de los lugares favoritos de los suecos para veranear: el museo al aire libre de Jan Karlsgarden, con antiguas edificaciones de madera,, el castillo de Kastleholm, la fortaleza de Bomarsund o el puente colgante entre Vardo y Töftö son algunos de los atractivos turísticos a los que son incapaces de resistirse sus vecinos de Suecia.

Otra visita importante es la de Turku, la antigua capital en tiempos de dominación sueca; aquí podrás encontrar el museo dedicado a Sibelius, el río Aurajoki, en cuyas aguas se mece el Suomen Joutsen (el Cisne de Finlandia), un buque-escuela reconvertido en museo, el castillo alrededor del cual creció la ciudad e infinidad de restaurantes donde catar las delicias locales:los arenques. Se suele servirr marinado y para los fineses es un imprescindible en la mesa: recuerdo que en Laponia nos los servían hasta para desayunar.

El siguiente destino, al que Velasco llega en tren, es Tampere, ciudad ubicada entre dos lagos y centro industrial del país, aunque también se la considera la capital cultural, en clara rivalidad con Turku: unos de sus rincones más curiosos son el Museo de Lenin y el Vakoilumuseo, dedicado al espionaje. Además, aquí también se encuentra Rajaportri, la sauna pública más antigua de Finlandia. Desde allí irá a Jyväskylä, lugar natal de Alvar Aalto, centro de peregrinaje para arquitectos de todo el mundo, donde el hockey sobre hielo es el deporte por excelencia y en cuyos alrededores podrás visitar Saunakylä, un museo al aire libre con una veintena de saunas antiquísimas, de las que la mitad se pueden utilizar.

Las siguientes paradas serán Savonlinna, la ciudad de la ópera, antes de trasladarse en avión con la compañía nacional, Finnair, hacia la Laponia finlandesa (qué de recuerdos me trajo esta parte del relato!). Aquí disfrutará de la visión del rompehielos Sampo (un 60% de los rompehielos que surcan el mundo son de construcción finlandesa) y la visita a Rovaniemi, la capital de la Laponia finesa y “supuesto hogar de Santa Claus”: de hecho, este es el motivo principal de que en navidades viajen aquí familias completas que llegan de todo el mundo. Rodeado por renos, que han logrado sobrevivir debido a la prohibición de la caza indiscriminada (aunque, sin embargo, sí es habitual que se consuma su carne, la favorita de los finlandeses), Velasco tendrá contacto con el pueblo saami (no les gusta que les llamen lapones) y con su rudimentaria forma de vida, mostrándonos costumbres ancestrales que han sobrevivido al paso del tiempo. A sólo 20 kilómetros del Círculo Polar ärtico, visitará Kuusamo, donde aún trabajan arduamente los gancheros, las personas que dirigían el transporte de troncos por los ríos, el bonito Parque Natural de Hossa, Lentiira (donde descubrirá el kantele, uno de los instrumentos folklóricos más populares del país) y la región de Carelia, donde se mitifica a los osos, los coros de mujeres son su mejor exponente cultural y donde aún se sigue palpando la influencia soviética. Recorrerá desde allí el Parque Nacional de Koli, considerado el “bosque finlandés por excelencia” (se dice que Tolkien se inspiró en él para escribir “El Señor de los Anillos”), acabando en Herranniemi, con sus curiosos hoteles-cabaña e Imatra, la ciudad fronteriza; las últimas líneas se dedicarán al Kalevala, el mítico poema épico finés que une a los finlandeses contemporáneos con la mitología nórdica de sus ancestros.

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