“El cuerno del elefante:viaje a Sudán” (Paco Nadal)

Pese a llevar muchos años siguiendo a través de El País sus magníficos artículos en “El Viajero” o los interesantes aportes que nos deja en sus colaboraciones en “La Ventana” en la Cadena Ser, hasta hace no mucho no me había puesto con ninguno de los libros de Paco Nadal, el que en mi opinión es el mejor periodista de viajes de este país. Hace unas semanas devoré en un par de días la novela que relataba su aventura mexicana, “Pedro Páramo ya no vive aquí” (con la que ganó el premio Eurostars Hotels) y me dejó tan buen sabor de boca, por su ritmo ameno, rigor histórico y,sobre todo,su incursión en ese México más escondido que no publicitan las guías, que inmediatamente después comencé “El cuerno del elefante”, libro que en un principio publicó La Línea del Horizonte (una de las editoras que más y mejor ha apoyado el género de la literatura de viajes) y que posteriormente reeditó National Geographic. Y me ocurrió lo mismo que con “Pedro Páramo ya no vive aquí”: en poco más de una tarde lo tenía acabado. De esos libros fascinantes, absorbentes, que no te permiten despegar los ojos de las líneas ni un solo instante.

Si Paco Nadal cuenta cada día con miles de lectores que seguimos incansables todas y cada una de sus andanzas, la razón debemos buscarla en la propia afabilidad del autor, un tipo de lo más cercano, siempre en contacto con sus seguidores y que continuamente transmite esa sensación de “persona normal” que, pese a llevar toda su vida entregado al periodismo y moviéndose por muchos territorios ajenos al turismo de masas, sigue encontrándose en sus viajes con los problemas habituales a los que se enfrenta cualquier viajero independiente. Y habla de ellos con total naturalidad, lo cual le honra, sabiendo que muchos escritores de este género pecan justamente de lo contrario, de crearse una esfera paralela que parezca ser incomprensible para el resto de los mortales, es decir, los que no pueden permitirse un par de años sabáticos para recorrer mundo. Se agradece pues que, por tanto, Nadal tenga el buen gusto de recordarnos que, pese a su trabajo, nadie le salva de  las trabas burocráticas en un país donde has de pedir permiso para viajar o hacer fotos,  las inclemencias de un clima infernal o las esperas interminables en rincones perdidos del desierto.

En cualquier caso, la verdad sea dicha, aunque esté más que curtido en lo de viajar por destinos complicados (difíciles no sólo a nivel climático sino aún más en el plano social), hay que reconocerle a Nadal el mérito de atreverse a recorrer Sudán y, para rizar aún más el rizo, prácticamente solo, aunque buena parte del viaje la realice con Mamia, un sudanés que habla un inglés impecable pese a los ambientes de pobreza donde se ha criado y que, sin pedir ni esperar nada a cambio, se embarca con Paco en este recorrido por uno de los países más duros del planeta. Cierto es que esta amistad inesperada surge de la casualidad, sin ningún tipo de planeamiento previo, y quizás por ello la espontaneidad que uno siempre espera de un libro de viajes está más presente que nunca. De este modo, sin comerlo ni beberlo, el entrañable Mamia pasa a convertirse no en un guía improvisado sino más bien en un compañero de viaje que ayudará al autor a acercarse a una realidad, la de Sudán, que apenas nos muestran los periódicos, tan habituados a pasar de largo por las guerras y hambrunas africanas porque, a fin de cuentas, es la misma situación que siguen sufriendo muchos países del continente negro desde hace siglos. Nada nuevo bajo el sol. Y los diarios, ya sabéis, se nutren principalmente de noticias sensacionalistas, de impacto, de esas que te dejan en shock hoy pero que se te han olvidado mañana. Africa, desgraciadamente para los que allí viven, da poco juego a los grandes titulares.

Sudán, con dos millones y medio de kilómetros cuadrados, es el país más grande de Africa y, sin embargo, uno de los menos visitados, pese a contar con importantísimos yacimientos arqueológicos, herencia de la civilización kushita, que dos mil años antes de Cristo ocupaba lo que es hoy Sudán y buena parte del sur de Egipto. Pero mientras sus vecinos egipcios han sabido rentabilizar hasta la saciedad los vestigios históricos que los faraones y sus súbditos nos dejaron para la posteridad, los sudaneses bastante tienen con sobrevivir como para encima estar preocupándose de establecer una industria turística. Con el dudoso honor de ser uno de los países más pobres del mundo, su situación política, un régimen dictatorial comandado por el militar Ahmad al Bashir, quien parece no querer oir hablar de derechos humanos ni de modernización de ningún tipo, unido a la guerra civil que se vive entre el norte del país (musulmanes) y el sur (cientos de tribus que oscilan entre diferentes religiones, entre ellas las animistas y las católicas), han hecho de Sudán un lugar non grato para los extranjeros, pese a que su población tenga fama de ser de las más hospitalarias del mundo.

Paco Nadal se encuentra en la atípica situación de moverse durante semanas por territorios donde la mera presencia de un hombre blanco en cualquier pueblo perdido da sustento a comidillas vecinales a lo largo de varios días. Como comentábamos antes, Sudán es una nación con un turismo casi inexistente y donde la paranoia está tan firmemente enraizada en las altas esferas políticas que cualquier persona que porte una cámara al hombro puede ser calificada de “sospechoso de espionaje”. Como en otros muchos países sacudidos por gobiernos autoritarios, el viajero asume la triste realidad de tener más miedo de los policías que de los delincuentes potenciales con los que uno pueda cruzarse: que se lo digan a Nadal, que por una nimiedad (tener mal sellado el permiso fotográfico) se ve obligado a recorrer de vuelta 500 kilómetros hasta la población de Dongola para hacer acto de presencia en la comisaría local, con el miedo en el cuerpo de no saber si acabará con sus huesos en la cárcel por un trámite que en cualquier país europeo no tendría apenas importancia. El sudanés medio, especialmente el que vive en el sur y que es el que se encuentra más reprimido y castigado por estos militares sin escrúpulos, no sólo ha de enfrentarse cada día a una situación desesperada de miseria, en la que encontrar una tienda con artículos de primera necesidad (y ahí incluímos lo más básico: alimentos) es algo prácticamente imposible sino que, además, se encuentra bajo el yugo tiránico de unos gobernantes ultrarreligiosos que han prohibido el alcohol en todo el país, incluso a los extranjeros diplomáticos, y que no toleran ningún tipo de oposición política a un sistema que está desangrando, literalmente, a la población sudanesa. El desastre social y humano que ahoga a Sudán ya ha dejado más de dos millones de refugiados.

El primer contacto con el país y la capital, Jartum, no puede ser más desolador: pese a contar con más de dos millones de habitantes, la ciudad, sucia, mísera y destartalada, aún tiene la mayor parte de sus vías sin asfaltar, caminos pedregosos de tierra que anticipan que el panorama en las zonas rurales empeorará aún más si cabe. Sudán ya de por sí cuenta con una extensa parte de su territorio ocupada por el más impiadoso de los desiertos pero en los últimos años la desertización se ha agravado, lo que ha empujado a miles de personas a mudarse a las ciudades más grandes, malviviendo en suburbios y arrabales en los que los más mínimos servicios públicos brillan por su ausencia. Y sí, por supuesto, ahí incluímos los transportes: moverse por el país sin vehículo propio (y muy pocos sudaneses cuentan con uno) se convierte en una odisea. Los pocos aviones existentes tienen las mismas probabilidades de despegar que de no hacerlo y los autobuses interurbanos prácticamente no existen. De este modo, Nadal se ve obligado a viajar como los locales, subido a camiones que se quedan varados cada dos por tres en las arenas del desierto y cuyos ocupantes acaban ejerciendo de improvisados mecánicos.

Aunque Nadal, como buen viajero que es, siempre encuentre una excusa cultural para la justificación de una nueva escapada (en este caso, entre otros puntos claves del viaje, recorrer Nubia, donde se encuentran maravillas antiquísimas como Kawa, yacimiento con ruinas de templos y palacios kushitas, explorar las cámaras funerarias de Nuri o llegar hasta Meroe, donde aún sobreviven varias pirámides), la realidad es que lo que verdaderamente le interesa es el panorama social del país, sus gentes, abandonadas por los gobiernos occidentales y por el suyo propio en el peor de los escenarios. Ante la ausencia casi total de servicio de alojamiento en las zonas más remotas (e incluso en las ciudades más importantes), donde encontrar un hotel espartano es tarea irrealizable, Nadal acabará durmiendo en locandas, las modestas pensiones locales donde camas y personas se hacinan en cuartuchos sin ventilación con unas temperaturas que peligrosamente se acercan a los 50 grados. En estas zonas del país, los sudaneses viven durante las horas diurnas en un aletargamiento casi obligatorio: si además toca época de Ramadán, que coincide con el viaje de Nadal, y no puedes comer ni beber hasta que cae la noche, la situación casi se hace insostenible. Aún asi, Nadal no puede dejar de asombrarse ante la capacidad de supervivencia del pueblo sudanés, quien aún alimentándose a base de tomates, pepinos y garbanzos, hace gala de una hospitalidad extrema (algo muy habitual en Africa, por otra parte, el que la gente te meta en sus casas sin exigir nada a cambio). Sin coincidir apenas con otros extranjeros en su ruta, exceptuando unos cooperantes de diversas ONGs al final del viaje, quienes le alertarán de un intento de golpe de estado en Jartum, Paco Nadal nos trae el relato de primera mano de un viaje durísimo y difícil, que muy pocos se atreverían a llevar a la práctica, para acercarnos a un pueblo que forjó su pasado gracias a la pluralidad cultural y étnica que los caracterizaban. Pero hoy en día, debido a los déspotas de sus mandatarios, estas diferencias culturales han sido utilizadas más para separar que unir y regiones como Darfur vuelven a estar, desafortunadamente, de plena actualidad por los conflictos armados que allí se sufren. Por cierto, Al Bashir anunciaba ayer que se retirará en 2020, cuando finalice su mandato. Pero mucho nos tememos que su predecesor, sea quien sea, se limite a extender aún más un drama humano que debiera haberse solucionado hace ya varias décadas.

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