“Canta Irlanda:un viaje por la isla esmeralda” (Javier Reverte)

Aunque debo reconocer que el listón puesto por sus novelas en el continente negro es muy alto (no sé la de veces que he leído maravillas como “Vagabundo en Africa”, “El sueño de Africa” o “Los caminos perdidos de Africa”), también, en mi opinión, sus últimos libros de viajes publicados, “El río de la desolación”, “Colinas que arden, lagos de fuego” y “En mares salvajes” habían supuesto un pequeño bajón en la bibliografía del que es el explorador español por excelencia. Reverte parecía haber perdido esa chispa de espontaneidad que siempre ha inundado sus relatos; sin embargo, este recorrido por la isla verde, esa que dicen que es el punto del planeta más cercano al cielo, me ha supuesto una reconciliación con sus andanzas. Reverte vuelve a ser Reverte, ese periodista-escritor que como siempre y sin compañero de viaje ninguno, vuelve a llevarnos a algunos de los países más fascinantes del mundo.

Javier Reverte analiza la antigua Eire en dos largos viajes, uno, en el que tuvo su primera aproximación a la irish culture, y otro en el que regresa años después a Irlanda, con sus notas bajo el brazo. Con la excusa de seguir la estela de James Joyce, creador de “Ulises” y orgullo de los locales, Reverte aterriza oportunamente cuando están a punto de comenzar las celebraciones del Bloomsday en el mes de Junio, cuando miles de irlandeses salen a la calle a homenajear a Joyce y Dublín se viste de fiesta. Es el punto de partida perfecto para un viaje que comienza en la capital pero que sucesivamente se va adentrando en esa Irlanda rural de pueblos escondidos, donde aún se palpan los vestigios celtas, vikingos y normandos, donde no se concibe una aldea, por minúscula que sea, sin su pub correspondiente, donde San Patricio continúa siendo un héroe más que un santo y cuyos milagros oscilan entre la realidad y la leyenda. Una Irlanda hermética, patriota y al mismo tiempo renegadora de sus vicios (el alcohol y la religión), sufridora como pocas naciones, con más emigrantes viviendo fuera que en la propia Irlanda, millones de muertos en hambrunas y el sufrimiento provocado por la segregación de Irlanda del Norte, cortesía de sus vecinos británicos. Acantilados abruptos, verdes praderas, mares bravíos y, sobre todo, mucha música. Porque eso es lo más bonito de Irlanda, un país que pese a la tristeza que arrastra, encuentra en la música el mejor consuelo de sus penas: raro es el irlandés que no toca más de un instrumento, raro el pueblo que no ve amenizadas las noches de sus pubs por alguna banda tocando. Un fructífero viaje por uno de los lugares del mundo que mejor ha sabido salvaguardar sus tradiciones y que no atrae sólo por sus embriagadores paisajes sino aún más por el inigualable carácter de un pueblo con una personalidad única.

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